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Cómo saber quién eres. 

 noviembre 4, 2020

By  Mariluz Ortega

¿Quién eres? ¿Alguna vez te has hecho esa pregunta? Y, lo que es más importante: ¿qué te respondes cuando te la haces?

Podemos jugar un momento, si quieres. Coge lápiz y papel y dedica unos minutillos a responder a la pregunta antes de seguir leyendo.

Si te digo la verdad, yo aún no tengo una respuesta válida que se salga de los típicos clichés de “soy luz”, “soy un alma encarnada en una experiencia humana”, “soy hija de Dios”, etc. Todas respuestas muy bonitas y muy válidas pero todas prestadas y pocas veces sentidas de verdad (salvo tal vez la última, sobre todo si te implicas en UCDM).

Lo que sí voy averiguando con el tiempo es lo que no soy y, como creo que algunos de esos “descubrimientos” son bastante universales, te los voy a compartir aquí, por si te ayudan también a tachar cosas de tu lista.

1. No eres tu nombre y tus apellidos.

Aunque se utilicen para identificarte en documentos oficiales y para llamarte cuando la cena está lista, eres mucho más que eso.

Es cierto que tu nombre refleja de alguna manera tu vibración (en el mejor de los casos) y que tus apellidos hacen referencia a tus orígenes y a tu árbol. Pero si le dices a cualquiera “soy fulanito de tal y tal”… te podrá buscar en el censo, es cierto, pero no va a tener ni repajolera idea de “quién eres” en realidad.

Como ves, cuando me refiero a “quién eres” me estoy refiriendo a tu esencia.

2. No eres tu profesión.

Es muy habitual que tendamos a definirnos por lo que hacemos. Soy médico, soy informática, soy enfermero, soy abogada… Cuando más prestigio tiene la profesión, más lo hacemos. (Es más habitual definirnos por “soy cirujano cardiovascular” que por “soy repartidor de pizzas”). Pero eso tampoco te define. Define a qué dedicas tu vida laboral o qué has estudiado, pero eso no tiene por qué decir nada de ti necesariamente.

3. No eres tu aspecto.

Que seas morena o rubia, alta o baja, gorda o delgada, joven o vieja, tampoco te define. Son datos que pueden ayudar a que tu cita a ciegas te reconozca la primera vez que te vea, pero poco más.

Tú no “eres” gorda. Si puedes adelgazar, simplemente habitas temporalmente un cuerpo con sobrepeso, pero no “eres” ni gorda ni delgada. Eso son atributos de tu cuerpo, no de tu esencia.

4. No eres lo que tienes.

Esto incluye tus posesiones, tu estatus e incluso tu estado civil. Nada de ello te define. Más bien yo diría que lo cierto es justo lo inverso: tienes lo que eres. De hecho, lo que eres en esencia es lo único que tienes de verdad porque eso que eres por definición no te puede ser quitado.

5. No eres lo que los demás piensan de ti. Y, por supuesto, tampoco lo que tú piensas de ti mismo.

No eres estúpido, ni listo, ni tímida, ni lanzada, ni borde, ni cariñoso, ni valiente ni cobarde, etc. etc. etc. Porque no eres ninguna de estas cosas todo el tiempo. A veces te comportas de manera cariñosa y a veces borde. A veces te comportas con valentía y otras no. Estas cualidades definen tu carácter o tu personalidad temporalmente pero ¿crees que definen tu esencia?

En definitiva, no eres tus etiquetas.

Porque si algo tienen en común todas las cosas que he ido enumerando hasta ahora es eso: todas son etiquetas. Etiquetas identificativas. De hecho, la primera seguro que la has utilizado tal cual más de una vez. ¿Nunca has llevado una pegatina con tu nombre en la solapa en una reunión social, por ejemplo, como una manera sencilla para que los demás te identifiquen?

Es de lo más normal que nos intentemos definir a nosotros mismos mediante estas etiquetas porque el cerebro es un yonqui de las etiquetas. Tú le das una etiquetadora de esas de las tiendas y te funde las pegatinas y la tinta en milisegundos. El cerebro es feliz clasificando cosas y dejándolas en su cajita con su pegatina puesta. Para él, haber puesto esa etiqueta es como resolver un problema complicado: una vez puesta la etiqueta, considera el problema resuelto y se puede dedicar a otra cosa con la tranquilidad de que, la próxima vez que se encuentre con lo mismo, reconocerá la flamante etiqueta y no tendrá que esforzarse para resolverlo de nuevo.

Llámalo etiqueta, llámalo juicio… Todos vamos como posesos poniendo etiquetas por el mundo porque nuestros cerebros lo disfrutan. Y no hay nada más difícil que quitar una etiqueta. De verdad, no sé qué clase de pegamento utiliza nuestro cerebro pero, una vez que planta una etiqueta, te cuesta dios y ayuda quitarla. Como mucho, pegas una nueva encima de la vieja.

¿No me crees? La primera impresión es una forma automática de etiquetado de nuestro cerebro. A veces con razón y a veces sin ella, nada más conocer a alguien, tu cerebro lo intenta clasificar y, según a quién te recuerde o por el feeling que te dé ese día o por lo que sea… le plantas la etiqueta. Lo haces inconscientemente, pero ahí se queda. Y si en ese momento etiquetas a esa persona de pesada o de borde o de aburrida o de lo que sea, te va a resultar difícil volver a quedar con ella.

No será raro que busques apoyos para confirmar tu etiqueta, por supuesto. Seguro que preguntas a alguien “¿oye, fulanita no te parece muy pesada?” Las confirmaciones de grupo tienen un poder sobrenatural sobre la calidad del pegamento de la etiqueta. Cuanto más confirmado esté, más difícil de quitar será. Si el consenso social es suficiente, no quitas la etiqueta ni a presión y con agua caliente.

Tal vez las etiquetas más difíciles de retirar sean las que nosotros mismos hemos confirmado. Te agarras a ellas desde dentro y llega un momento en que ni siquiera te das cuenta de que las llevas puestas. Por eso te identificas con ellas y tiendes a utilizarlas para definirte. Pero insisto: tú no eres tus etiquetas. De hecho, creo que podría definir el proceso de crecimiento personal como el de deshacerse de todas estas etiquetas.

Lo malo es que hay etiquetas que llevan tanto tiempo contigo y están tan bien pegadas que te has identificado con ellas. Por eso las utilizas para definirte. Ni siquiera las ves como tales y te crees a pies juntillas que eres borde o que eres torpe o que eres brillante o que eres… lo que sea.

Y las etiquetas (incluso las “postitivas”) tienen un efecto secundario tremendo del que nadie se da cuenta y es que son limitantes. No te dejan ser su opuesto. Si eres buenísima y te identificas con esa bondad, es probable que no te permitas nunca ser “mala”. Si te consideras torpe, no serás capaz de mostrar habilidad en ningún campo o, si lo muestras, ni si quiera lo verás.

La mayoría de nosotros vamos cubiertos de pegatinas como los coches de rally. Somos auténticos álbumes de cromos con patas. Empezamos con las etiquetas que nos cuelgan de pequeñitos y luego vamos añadiendo más y más etiquetas de todo tipo a medida que crecemos. Pero ya va siendo hora de retirarlas ¿no te parece?

¿Cómo puedes reconocerlas? Por las reacciones de los demás (para eso está la Ley del Espejo). Un poco como ese juego en el que te escriben el nombre de un personaje en un postit, te lo pegan en la frente y tú tienes que ir haciendo preguntas a los demás para adivinar ese personaje. Los demás ven tus etiquetas y reaccionan conforme a ellas. Sobre todo las jodidas, las que tú te has puesto y con las que te has identificado; las que condicionan tu comportamiento desde dentro.

Pero recuerda: no eres tu etiquetas.

Cuéntame: ¿cómo lo ves tú?

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