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El amor y otras drogas. 

 noviembre 5, 2020

By  Mariluz Ortega

Este artículo puede herir tu sensibilidad más romántica.

Que lo sepas.

No te quejes luego de que no aviso…

Si sigues leyendo, es bajo tu responsabilidad.

Ea.

Siempre que relleno un cuestionario de esos de las páginas de contactos tipo meetic, llega un momento en el que tengo que especificar mi grado de romanticismo y elegir entre “muy romántica”, “bastante romántica”, “poco romántica” o “nada romántica”. Si hubiera algo por debajo del “nada romántica”, seguramente sería mi casilla. En la escala Kelvin del romanticismo, me da a mí que debo de andar bastante cerca del cero absoluto. De ahí que pueda tener los ovarios de escribir este artículo. Así que… empecemos.

¿Qué es el amor?

Creo que en realidad no tenemos ni puñetera idea de lo que es el AMOR de verdad, así, en mayúsculas. Por eso, cuando nos econtramos con esta pregunta, solemos tomarla por el lado del amor romántico y confundir amor con enamoramiento cuando, en realidad, el enamoramiento no es más que una caraja hormonal y química de mucho cuidado. Segregamos tantas sustancias terminadas en -ina cuando nos enamoramos, que yo no sé si las segregamos al enamorarnos o si el enamoramiento es el nombre que le ponemos a un síndrome con cuadro clínico propio.

Esa cara de atontaos y de flipaos que se nos pone, esas cosas raras que sentimos en el estómago, esos corazoncitos flotando en el aire… Si no hubieras visto una peli romántica en tu vida, tú ves a alguien así y lo primero que haces preguntarle qué se ha fumado. ¿O no?

Nos sentimos tan bien que queremos que nunca se acabe. Queremos más y más de esa persona de la que estamos enamorados. Queremos tenerla cerca, no separarnos nunca de ella. Nunca. Y te juras amor eterno con tu churri y te casas hasta que la muerte os separe.

Si, por lo que sea, en ese momento de subidón total, te quedas sin tu churri porque te deja o por lo que sea… Lo pasas fatal. Anda que no se han escrito libros y poemas y canciones y de todo ¡¡¡ hablando del mono !!! Y no me refiero a las canciones canis de los 70 o los 80 (“más chutes, no”), sino a las canciones románticas que suenan en la radio a todas horas. Que si “no puedo vivir si ti”, que si “sin ti no soy nada…” Si no están hablando de un síndrome de abstinencia en toda regla, que venga dios y lo vea. Y utilizamos todo tipo de metadonas como sustitutivos: chocolate, helado, alcohol… Lo que sea para no sentir ese malestar tan chungo que sientes cuando te quitan tu dosis.

Aún si tienes suerte y consigues que el suministro de droga no te falle, todos sabemos lo que pasa con las drogas ¿verdad? Que llega un momento en que quieres más y tienes que subir la dosis porque ya no te hacen el mismo efecto que al principio. Pasa incluso con los medicamentos (que también son drogas y acaban en -ina). Lo curioso es que, cuando el subidón se pasa, llega la bajona. Y entonces empiezas a ver al objeto de tu enamoramiento de otra manera. Como cuando te despiertas de una borrachera en un sitio que no conoces y no recuerdas ni cómo llegaste hasta allí. Con lo simpática que te parecía la gente y lo mucho que querías a todo el mundo cuando todavía estabas con “el puntito” ¿verdad?

Hay gente que, pasado el enamoramiento, es consciente de lo que ha pasado y se queda para averiguar si es posible construir una verdadera relación más allá de la caraja química. Pero esos cada vez son menos. Es más habitual que, pasado ese tiempo, un día veas que tu pareja ya “no te pone” (es que el vocabulario que utilizamos es muy fuerte, Mari) y te preguntes qué puñetas viste en esa persona que te hizo enamorarte tan perdidamente. Y entonces decimos aquello de que “el amor es ciego”. Cuando en realidad lo que pasa es que, cuando estás enamorado, “llevas un ciego” de narices.

Lo más normal es que, en esta etapa de bajona, la gente vaya a buscar su droga a otra parte donde no esté tan adulterada porque quieren volver a sentir ese subidón. Y aquí viene la revelación que tuve el otro día y la razón por la que escribo este artículo.

Esa persona maravillosa de la que te has enamorado no es tu droga ¡¡ es tu camello !!

Como te lo cuento (menos mal que ya estaba sentada en el autobús cuando me di cuenta porque si no, me habría caído de culo).

Por eso, cuando empieza la bajona y las dosis ya no surten el mismo efecto, muchos se buscan otro proveedor (otro camello). A esto se refieren todos los dichos del tipo “un clavo saca otro clavo” o que “la mancha de mora, con mora verde se quita”.

Visto así, te lees “Romeo y Julieta” de Shakespeare y es una novela de narcos. La pobres criaturas querían comprar su droga al cartel enemigo y aquello acaba como el rosario de la aurora.

Coñas aparte, hay algo muy curioso en todo esto y es que, con el tiempo, te das cuenta de que, en realidad, todas esas sustancias que nos hacen sentir tan bien… las generas tú. No te estás pinchando nada. No te estás tomando ninguna pirula. No dependes de ningún camello. Si te sentías así lo mismo que Juan que con Julián, a lo mejor es que no depende ni de Julián ni de Juan.

Y aquí empiezas a plantearte otro tipo de preguntas y a replantearte qué es el amor. Empiezas a reconocer que el único amor que realmente puedes conocer es el que tú sientes. ¿Puedes “replicarlo” a voluntad y sin ayuda de medios externos? Eso dicen los místicos. Santa Teresa de Ávila (y no es la única) se pegaba unos viajes que ni con LSD… así, “a pelo”. Y terminas preguntándote (y esto engancha con el artículo de ayer): ¿a ver si va a ser que soy amor?

Cuéntame: ¿cómo lo ves tú?

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