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¿Cómo es tu esfera de luz personal? 

 noviembre 1, 2020

By  Mariluz Ortega

En el primer artículo de esta serie maratoniana de 30 diarios que estoy haciendo, hablaba de la anatomía del encuentro y te decía que, más que ver a cada individuo como un círculo tipo hula hop (o su equivalente tridimensional, que sería algo así como una canica), lo veía más bien como una especie de esfera de luz.

Estas “esferas de luz” tienen una ventaja y es que, al ser resultado de una emanación, no tienen unos límites definidos. Por eso pueden juntarse, mezclarse y relacionarse sin que sus fuentes (nuestros seres) cambien ni choquen con nada (al fin y al cabo, lo que más abunda en el Universo es el vacío).

Y lo más genial es que hay esferas de todo tipo y pelaje.

Que yo sepa, no hay ninguna máquina que pueda “traducir” esto a datos, pero para eso tienes tus sentidos. Sobre todo, ese “sexto sentido” que te ayuda a traducir lo que los otros cinco no pueden.

Como suelo decir en los cursos de Registros Akáshicos: cada uno tenemos nuestra propia manera personal e intransferible de traducir mentalmente eso que no precibimos directamente con los sentidos. En el caso de los Registros, podemos llamarlo “información”. 10 lectores diferentes abren los Registros a una misma persona y hacen la misma pregunta y, probablemente, entregaáan la misma información en esencia, pero de 10 formas diferentes, cada uno a la suya.

De la misma manera, somos capaces de “traducir” el estado o la cualidad de las esferas de los que nos rodean. Y lo mismo les ocurre a los demás con las nuestras. Algunos lo traducen en colores. Otros en emociones. Yo, en imágenes frikis (y lo bien que me lo paso) así que, de ahora en adelante, os hablaré en ese idioma.

En mi forma de percibir, hay esferas que se sienten cálidas y acogedoras como una habitación con chimenea encendida en una cabaña invernal. Son esas personas a las que abrazas y te dan ganas de quedarte a vivir en ese abrazo. Otras esferas son como el trono de hierro de juego de tronos, puntiagudas, punzantes, metálicas, frías y peligrosas. Un poco como esas bolas medievales llenas de pinchos que algunos caballeros utilizaban para triturar a sus adversarios. Pinchan.

Curiosamente, a un nivel inconsciente, todos reconocemos el estado de las esferas ajenas. De alguna forma “sabemos” cuando el otro está enfadado, feliz, triste o de bajona. Y lo mismo les pasa a los demás con nosotros. Por mucho que nos creamos que somos capaces de esconder lo que sentimos… aunque nuestras caretas intenten disimularlo, nuestras esferas no mienten.

En la anatomía del encuentro decíamos que nos relacionamos a través de estas esferas.

Hay esferas con un radio de acción enorme de personas con un carisma brutal. Sus esferas parecen tener un núcleo magnético que hace que todo el mundo se gire a mirar. Pero también hay esferas que tienen casi una invisibilidad total y sus emanadores pueden pasar inadvertidos entre las multitudes, casi como si fueran el hombre invisible.

Si mirásemos cómo interacturamos los humanos los unos con los otros desde el espacio, al más puro estilo del científico que observa la vida minúscula en un microscopio, tal vez podríamos ver las dinámicas de relación entre las esferas. Porque estas dinámicas se dan y, seguramente, tienen también sus leyes.

Una esfera narcisista probablemente termine rodeada de admiradores. Una esfera victimista, se verá atraída por esferas maltratadoras (y viceversa). Nuestras esferas a veces encajan tan bien como 2 piezas contiguas de un puzle perfecto.

Dependiendo de la experiencia que la esfera busca, puede encontrarse con su esfera complementaria y también verse atraída por esferas muy parecidas a la suya para así “formar piña” (es más fácil encontrar esferas y situaciones deprimentes para una esfera deprimida que para una eufórica y optimista).

De alguna forma inconsciente, nuestras esferas se reconocen. Ahora lo llamamos “patrones”, pero el refranero popular solía referirse a este fenómeno como “Dios los cría, y ellos se juntan”. Podría decirse también que en alguna culturas han llamado a esto “destino”.

En realidad, son las leyes de las esferas, actuando. Solo que no solemos ser conscientes de ello. Y, sobre todo, no solemos ser conscientes de cómo está nuestra propia esfera. ¿De qué color es? ¿Qué está emitiendo? ¿Con cuánta intensidad? ¿Cómo de intenso es el “campo gravitatorio de tu esfera”? ¿Es acogedora o está en modo punkarra?

Para eso solemos necesitar de otras esferas. Porque (y aquí es donde está el truco del almendruco), todas las demás esferas son un espejo de la nuestra.

Sí, queridos. Con la Ley del Espejo hemos topado. Le dedicaré un artículo a ella solita pero baste decir que todas las demás esferas que nos encontramos nos están hablando de la nuestra. Nuestras interacciones con las demás esferas nos van a informar de qué está emitiendo la nuestra en función del tipo de esferas que atraemos y con cuánta potencia. (O sea, qué “patrones” tenemos instalados y cómo de fuertemente instalados están).

Bendita sea esta Ley tan incomprendida a veces, porque nos permite vernos. Si no fuera por ella, nos resultaría complicado.

En teoría, nuestras esferas de luz “deberían” emitir la luz prístina y pura de nuestro Ser, pero no suele ser así para casi nadie. A lo mejor hay 4 verdaderos iluminados que casi van por ahí luciendo sus esferas puras, pero el resto de seres humanos tienen capas y capas y capas de películas más o menos translúcidas opacando y distorsionando esa luz primigenia.

Algunas capas las hemos heredado de nuestra familia y otras las hemos puesto nosotros a lo largo de nuestras vidas como resultado de la interpretación que hemos realizado de nuestras experiencias. Muchos llevamos haciendo esto muchas vidas y el resultado es que casi ninguna de la esferas que vemos son auténticas.

El proceso de crecimiento personal en esta analogía no sería otra cosa que retirar todo tipo de capas superpuestas que hemos interpuesto durante ni se sabe cuántos años y vidas para ocultar (con la intención de proteger) la luz original de nuestra esfera.

Lo curioso es que casi todos nos hemos identificado tanto con estas capas o disfraces que hemos incorporado a nuestras esferas, que nos hemos creído que esa es nuestra luz auténtica.  Pero no.  Y cuando no es nuestra luz auténtica la que emitimos, nos duele.  Es curioso, porque evitar el dolor fue el principal motivo para esconderla.  Pero, a la larga, parece que opacarla duele de una u otra manera.

Tal vez creemos que no es fácil ir por ahí “a fuente descubierta”, mostrándonos tal y como somos ante las demás esferas. ¿Y si nos hacen daño? Entonces, al más puro estilo Barbie, empezamos a comprar complementos para nuestras esferas y empezamos a llenarlas de cosas que nada tienen que ver con ellas. Según nuestras experiencias vamos “amueblándolas” con todo tipo de cachivaches que vamos quitando y poniendo según creemos que necesitamos en función de las otras esferas con las que nos vamos encontrando.

Gracias a las leyes de interacción entre las esferas, podemos averiguar información sobre las nuestras y la Ley del Espejo que ya he mencionado antes es una de las que más nos puede ayudar en esta tarea.

Hablaré de esta Ley mañana, pero mientras, me ha surgido otra pregunta y aquí te la dejo (puedes dejarme tu respuesta en comentarios): ¿crees que es posible vivir en sociedad “a fuente descubierta”?

Cuéntame: ¿cómo lo ves tú?

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