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¿Utilizar tus relaciones como un cajero automático? 

 octubre 29, 2020

By  Mariluz Ortega

Sigo con el reto de escribir del tirón un artículo por día.  Este es artículo del día 2.

Hace ya bastante tiempo me encontré con una de esas típicas anécdotas protagonizadas por niños que me pareció graciosa y a la par me dio que pensar.

Imagínate la típica situación en la que un niño le pide algo a uno de sus padres y recibe la típica contestación que habrás recibido tú miles de veces: “es que no tenemos dinero”.

La respuesta del pequeño fue tan radical como lógica: “pues vas al cajero y lo sacas”.

Una de las típicas ocurrencias de niño pequeño que nos hacen gracia a todos porque los mayores sabemos lo que hay detrás de los cajeros pero los niños, no. Para ellos, el cajero automático es simplemente un artilugio al que la gente va a sacar dinero y ya está. No se plantean nada más.  Vista así, la respuesta del niño tiene una lógica aplastante.

Lo curioso es que esta visión inocente del niño es la que parece que tenemos los mayores con respecto a la vida en general, que tratamos a la Tierra y sus recursos e incluso a nuestras relaciones como si fueran cajeros automáticos.

El niño no tiene en cuenta que el dinero no se saca del cajero sino “a través” del cajero. El dinero, en realidad, se saca de una cuenta del banco en la que, previamente, alguien ha tenido que ingresar ese dinero.

El adulto no tiene en cuenta que otras muchas cosas que obtiene, también han tenido que ser ingresadas previamente.  Te pongo algunos ejemplos «tontos».

El adulto occidental medio abre cualquier grifo de su casa, y sale agua. Pero no se plantea de dónde sale ni cómo se trata. No se plantea que, para que ese agua llegue a su grifo, hay toda una estructura detrás de embalsado, tratamiento y distribución. Y claro, si llueve, se queja porque es incómodo. No llega a conectar el agua que sale de su grifo con el agua que cae del cielo porque todo este proceso que lleva el agua del cielo a su casa es algo de lo que no es consciente.  Seguramente una mujer africana que tiene que recorrer kilómetros para conseguir un poco de agua sucia para todo uso tendrá una idea muy diferente de la lluvia.

El adulto occidental medio pulsa cualquier interruptor de su casa y la luz se enciende. Y tampoco suele pensar demasiado en la procedencia de esa luz. Salvo que viva en España, claro, donde la luz está tan cara que a lo mejor se lo piensa dos veces antes de abusar de su consumo. Pero es raro que se pregunte de dónde viene, de si se produce de manera ecológica y de por dónde pasa.

Lo mismo sucede con la comida del súper. Como adultos occidentales medios, vamos al súper y compramos cualquier cosa sin plantearnos de dónde viene, qué impacto tiene cómo está envasado o si tenemos otra opción.  ¿Quién cuida de las gallinas que ponen los nuevos que nos comemos?  ¿Quién ha cultivado los vegetales que terminan en nuestro plato? ¿Quién ha matado (y cómo) los animales que nos comemos en forma de delicioso jamón?

La sociedad de consumo, en general, va por la vida sacando recursos del cajero. Y las relaciones no son una excepción. Sobre todo en estos tiempos modernos de aplicaciones como Tinder.

Nos acercamos a una relación como si esta nos fuera a proveer de manera de mágica de todo aquello que creemos que nos tiene que dar: cariño, apoyo, ternura, compañía… o incluso orgasmos. Pero… ¿hemos ingresado algo en la cuenta de esa relación? ¿O somos como el niño de la anécdota?

Siempre se ha dicho que las relaciones hay que cuidarlas. Igual que se cuida una planta o una mascota. A mí la anécdota del cajero me ha hecho pensar en ellas como en una cuenta corriente en la que ambos participantes tienen que invertir si quieren disfrutar de ella.

Si no inviertes en tu relación (si no ingresas nada en su cuenta). ¿Qué crees que pasará?

A veces ocurre que puedes vivir un tiempo de las rentas. Si tienes la suerte de vivir una relación que ha tenido mucho impulso de inicio y que tiene una gran inercia, puede que no tengas que preocuparte mucho por ella. Pero la mayoría de relaciones no son así. Si no invertes en ellas, llega un momento en que acudes al cajero con tu tarjeta y te encuentras con la desagradable notificación de que la cuenta está vacía y la relación ha terminado.

Todas las metáforas de este tipo tienen pegas y esta no es una excepción. ¿Es una relación una cuenta conjunta? ¿Qué pasa si uno ingresa y el otro no? ¿O si uno saca más que el otro? Pero no iba por ahí mi interpretación, sino más bien a la rapidez e inmediatez con la que sacamos dinero de la cuenta sin plantearnos todo lo que hay por detrás del cajero y viendo solo nuestra avidez por sacar.

Nunca he utilizado aplicaciones tipo Tinder, la verdad. Solo las conozco por series y películas. Pero me resulta llamativo el uso que muestran de ella. Tienes la aplicación en tu móvil, buscas en el catálogo alguien que te encaje y, si tú también le encajas a la otra persona, quedas y… ya está. En plan cajero automático o máquina de tábaco. Al más puro estilo “sus orgasmos, gracias”. Nada que ver con el encuentro que describía ayer ¿verdad?

Habrá gente para todo, desde luego. Si aplicaciones como estas tienen éxito es porque de algo servirán. ¿Tú las utilizas? ¿Te resulta satisfactorio ese tipo de relación? Visto desde fuera, parece un tipo de relación de consumo rápido, casi de usar y tirar.  Como todo en esta vida, el uso dependerá mucho del usuario.

Sea como sea, quería dejarme en este escrito una nota mental para recordarme que la vida puede que sea un cajero automático, pero no tal y como lo ve el niño de la anécdota, sino tal y como lo ve un adulto plenamente funcional.

A partir de ahora pensaré en todas las maneras en las que puedo realizar “ingresos en mi cuenta emocional” y no solo en lo que puedo “sacar”.  Que algunos cajeros también sirven para hacer ingresos en cuenta (sobre todo ahora que las sucursales bancarias están, cada vez más, en peligro de extinción).

Lo que me lleva a pensar en el agradecimiento, pero eso lo dejaré para mañana.

Cuéntame: ¿cómo lo ves tú?

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