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Somos lo que comemos. 

 noviembre 20, 2020

By  Mariluz Ortega

Seguro que has leído y/o escuchado eso de que “somos lo que comemos” infinidad de veces. Por lo general lo aplicamos a la comida, a nuestro alimento, y con ello nos recordamos a nosotros mismos que la calidad de lo que ingerimos nos influye bastante y que nunca está de más cuidar lo que entra por nuestra boca.

Yo lo he probado “en mis cannnes” (nunca mejor dicho). Cuando tengo épocas de mala alimentación, demasiado rica en alimentos procesados y/o pesados, mi cuerpo se muere por algo vivo, ligero y crudo (frutas y verduras frescas) y mis niveles de energía (que de por sí no suelen ser para tirar cohetes) se notan alarmantemente bajos. Curiosamente, cuando mejor me siento es después de un semiayuno o de una época más frugal.

Pero no estoy aquí para hablar de esta alimentación sino de otras que solemos pasar por alto. Si los elementos que sacamos de la comida que ingerimos y digerimos pasan a formar parte de nuestro cuerpo, ¿qué hay de lo que pensamos? ¿Qué pensamientos estamos ingiriendo? ¿Llegamos a digerirlos? ¿Produce desechos este proceso de digestón mental?

Estamos sometidos a un nivel tal de infoxicación como nunca antes en la historia conocida del ser humano. Llega un momento en que te llegas a empachar si eres muy ansias (yo lo soy) y no quieres perderte nada. Y entonces tu sistema se sobrecarga y necesitas un ayuno de información. Silencio. A dieta de redes sociales y noticias varias.

¿Será la meditación o un buen paseo el equivalente a la sal de frutas o el bicarbonato? ¿Llegamos a digerir realmente toda la información que consumimos? En mi caso, puedo afirmar tranquilamente que no, ni mucho menos. Hay veces en las que me pongo podcast o vídeo de fondo como “para rellenar” o porque me siento culpable por no estar haciendo algo, pero al final termino por no hacer ni caso a lo que estoy escuchando y así, ni disfruto del ayuno que me puede proporcionar el silencio, ni digiero lo que estoy escuchando. Llega un momento en que me siento totalmente “empachá”. Y la sensación de indigestión informativa es muy parecida a la de la indigestión física. Me siento cansada y un poco empanada.

Y todo esto sin tener en cuenta el componente emocional de la historia. Porque la información no suele estar precisamente compuesta por ciertas cantidades de unidades asépticas de información. Nada más lejos de la realidad. La información suele tener un componente emocional muy marcado y suele estar orientada a provocar una reacción. ¿Y si esa reacción es más tóxica que nutritiva? ¿De qué tipo de emociones nos estamos alimentando debido a las fuentes informativas que frecuentamos?

Si nunca has tenido ningún problema con la comida, la bebida o el tabaco, esto te sonará a chino. Pero si, como yo, tienes tendencia a “engancharte” a cosas de este estilo o a comer de más, a lo mejor puedes entender mejor que cierto tipo de información que provoca cierto tipo de emociones, tiene un componente adictivo y que, sin darte cuenta, te haces adicta a ello y quieres más. “Necesitas” más. O simplemente te atiborras. Aunque no te haga ningún bien. Por costumbre.

También somos lo que “comemos” informativa y emocionalmente. Y en esta época de infoxicación masiva, es fundamental que seamos conscientes de ello para que podamos poner el foco en distinguir lo que nos sienta bien de lo que no.

Esto pasa también con las personas. Hay personas “nutritivas”, con las que quedas y pasas un buen rato y, a la vuelta, te sientes como vivificado, con más energía y con las pilas cargdas. Y hay personas con las que pasas un rato y, a la vuelta, o bien tienes ganas de matar a alguien o bien tienes las fuerzas justas para meterte en la cama. Puede que incluso tengas taquicardias o simplemente te sientas alterado. Y es que nuestros campos energéticos emocionales también nos nutren o nos drenan. Pues sentirte nutrido pero también puedes sentirte devorado. Y aquí también podemos poner nuestro foco para ver con qué personas nos sentimos nutridos de verdad, con qué personas nos intoxicamos y con qué personas nos sentimos como si llevásemos un mes comiendo de macdonalds.

¿Depende de cómo esto yo? Porque igual que no siempre me sienta igual de bien (o de mal) una copa de vino, a lo mejor tampoco siempre me sienta igual de bien (o de mal) una misma persona. Puede que dependa de mi propio estado emocional. Pero si siempre acabo sintiéndome mal con una misma persona independientemente de mi estado inicial… a lo mejor es que algo de lo que estoy ingiriendo informativa o energéticamente de ella, me está sentando mal.

Ocurre también con los ambientes. Hay sitios en los que parece que bebieras agua de manatial fresca y vivificante y otros en los que te sientes como si te hubieras tragado un saco de piedras o como si directamente hubieras comido algo en mal estado. ¿Lo has sentido alguna vez?

Es algo tan sutil… Aunque con la alimentación física puede parecer más fácil identificar qué alimentos te sientan mal, curiosamente, las dos están asociadas. De hecho, el origen de muchas alergias es emocional. Por otra parte, el castellano está plagado de metáforas alimenticias: “qué salado es”, “es una persona muy dulce”, “es un pedazo de pan”, “me estás amargando”, “hace unos comentarios muy ácidos”, etc. Así que, en nuestro idioma más que en otros, lo que decimos puede darnos pistas de qué es lo que energética o emocionalmente no está nutriendo o nos está sentando mal.

Estas y otras muchas interrogantes se me planteaban hoy saliendo de la ducha. Y todo porque llevo un par de días “que no tengo ganas de ná”.

¿Y tú? ¿Cómo lo ves? ¿Notas este tipo de cosas? ¿Hay personas o situaciones que se te “indigestan”?

Cuéntame: ¿cómo lo ves tú?

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