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Príncipes y princesas azules y viceversa. 

 noviembre 12, 2020

By  Mariluz Ortega

El otro día me llegó otra de mis “ideas locas” a colación del príncipe azul de los cuentos.

Supongo que originalmente la elección de dicho color tendría relación con la realeza y aquello de tener o no la sangre azul, pero mi mente friki hizo una vez más un par de asociaciones extrañas.

1. El color azul es el más comúnmente utilizado en logos y escaños correspondientes a los partidos más conservadores.

2. Es el color del frío, del hielo. (¿Será por eso que representa a los conservadores? ¿Porque el frío conserva?  Será solo casualidad, pero mola.)

Me di cuenta entonces de que, cuando hablamos de encontrar a “nuestro príncipe azul”, podemos estar yendo mucho más allá del hecho de encontrar a una persona que cumpla una serie de atributos tanto físicos (altura, peso, color de pelo, ojos, belleza) como de estatus (un príncipe que tenga la vida bien resuelta).

En los cuentos nos dejan siempre en el “y se casaron y fueron felices”. Ahí es donde se nos congela la imagen. Nos quedamos siempre con la foto fija de la boda feliz, congelada y en conserva.

Encuentro mágico -> boda exprés -> felices para siempre.  Esa suele ser la fórmula.

¿Y si es eso lo que andamos buscando?

No me refiero a la boda, sino a la imagen conservada, a la estabilidad. Bueno, no. Más bien a la SEGURIDAD.

¿Buscamos un príncipe perfecto o más bien un príncipe (o una relación) que no cambie nunca y no tenga fallos para que así no tengamos que mover un solo dedo de aquí a la eternidad? A lo mejor nos estamos creyendo que vamos buscando unas características que creemos que nos harán felices pero lo que ocurre es que vamos buscando la comodidad y no tener que cambiar.

Ahora que lo escribo… ¿te suena lo de “alguien que me acepte tal y como soy”? Pues a lo mejor es una frase (o una idea) con trampa. Sobre todo si tú no le aceptas a él como es y no aceptas tampoco que ninguno de los dos estáis esculpidos en piedra y que (por ley de vida) vais a ir cambiando sí o sí.

No se vayan todavía, que aún hay más.

A la vista de la Ley del Espejo… ¿es posible encontrar a un príncipe azul «perfecto» e inamovible si todo el tiempo te estás encontrando contigo y tienes una sombra llena de cachivaches desconocidos?

Como dirían los chicos de ahora (salvo que haya cambiando la moda): resulta de lo más “rayante”.

Esto revienta completamente la burbuja del príncipe azul y esa maravillosa e idílica relación que está ahí, en un futuro, esperándote… ¡Mentira todo! Te encuentres con quien te encuentres, te estarás encontrando contigo y te tocará currar de lo lindo. Sobre todo cuando pase la caraja hormonal y empiecen a salir cosas del desván del inconsciente.

Enterarte de que los Reyes son los padres a lo mejor es menos traumático que enterarte de esto, pero mira, así vas avisada a la relación y al menos tienes una oportunidad de encararla sabiendo lo que te espera.  Es la mejor manera de sacarle partido y aprovecharla para crecer.

Al final llego a un conclusión muy curiosa: los príncipes/princesas azules no se encuentran, se “trabajan”. Se entrenan. Se van formando poco a poco y con el tiempo. Es más, el príncipe/princesa azul de tu cuento eres tú mism@. A lo mejor pasas por 5 o 6 espejos diferentes (llámalos «ranas») para encontrarlo pero, si lo logras, seguramente todas tus aventuras habrán merecido la vivencia.

Por supuesto, esto no es más que una teoría. Tendré que contrastarla.

Y pensando en ello (y para variar) me asaltan otras reflexiones: ¿tiene mi idea de príncipe azul alguna relación con mi masculino ideal?  ¿Qué relación tiene ese ideal con mi masculino interior de verdad?  Y lo que es peor (me acabo de dar la puntilla a mí misma): ¿mi príncipe azul interior se enamoraría de mí?

No sé tú. Yo con esto tengo ya para unos cuantos años de terapia, así que me voy a poner a trabajar en ello, a ver si consigo una compatibilidad mínima entre ambos, que así me va.

Cuéntame: ¿cómo lo ves tú?

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