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Políticos triple E. 

 noviembre 14, 2020

By  Mariluz Ortega

En esta época tan claramente marcada por la incompetencia y la corrupción de la clase política, me ha encantado esta idea de «la triple E».

Se la he escuchado esta mañana al coronel Pedro Baños.  Ante la pregunta de cómo pensaba él que tendría que ser un político «en condiciones», su respuesta ha sido que tendría que cumplir con las tres «E»:

  • Estética.
  • Ética.
  • Épica.

Yo me lo he hecho extensivo a los seres humanos en general porque, al fin y al cabo, los políticos que nos gobiernan son un reflejo de todos los que los votamos.  Una especie de «muestra visible» de la especie.

Vistas así, las tres E no parecen tener mucho sentido (salvo, tal vez, la ética), así que te las desgrano un poco más.

ESTÉTICA. 

Contrariamente a lo que puedieras pensar, esto no tiene que ver con que los políticos lleven traje o se vistan de determinada manera, sino con algo que falta «a espuertas» en todos los gobiernos del planeta (al menos, que yo sepa):  la TRANSPARENCIA.

No es de recibo que no puedas fiarte de algo tan cotidiano como las cifras del coronavirus.  Hoy te dan unas y, dentro de quince días, las consultas y ves que han cambiado.  Las cuentas no cuadran por mucho que lo intentes.  Sumas las cifras de fallecidos por comunidades, por ejemplo, y no te da la cifra de fallecidos del global de país.  ¿Cómo es posible?  Todo se maquilla.  Se maquillan los datos con carácter retroactivo, se maquillan las fotos y se maquillan hasta las palabras (de la dictadura de las palabras, hablaré en otro momento).

Nos hemos acostumbrado tanto al photoshop que ya pretendemos photoshopear la vida misma, al más puro estilo «1984» de Orwell.

No sabemos qué se hace con el dinero de nuestros impuestos, por ejemplo.  Y han conseguido que ya incluso ni nos importe ni protestemos.  Se construyen hospitales de emergencia cuando no hay personal para atender los que ya funcionan y hay hospitales con alas cerradas, pero nadie dice nada.

La opacidad de las gestiones de los gobiernos es total.  Es casi más fácil conectar con el más allá que saber qué se cuece tras la cortina del poder.  Y eso genera una desconfianza total.  Un descrédito absoluto y una decepción a juego.

¿A quién vas a votar si todos parecen iguales?  No por su credo político, sino porque al final, no hay transparencia.  Y la crisis del coronavirus nos lo ha dejado más claro que nunca.  Mira que tenemos niveles de administraciones: la europea, la estatal, la autonómica y la municipal.  Pues no parece que ninguna haya dado pie con bola y todas se dedican a echar la pelota al tejado de la otra, no sea que se equivoquen y asuman alguna responsabilidad.

ÉTICA.

El coronel Baños hacía referencia con esto a la necesidad de HONRADEZ absoluta.  Íntimamente asociada con la transparencia y, al igual que esta, totalmente ausente en general.  Estamos tan acostumbrados a que cada día salgan a la luz casos de corrupción cada vez más flagrantes y delirantes que hemos perdido la capacidad de sorpresa.  ¡Lo consideramos normal!  Y lo peor es que, si lo normalizamos «en ellos», también lo estamos normalizando en nosotros.

Honradez, honestidad y transparencia.  A lo mejor me equivoco pero ¿a ti te suena haberlas visto mencionadas en algún programa de algún partido?

ÉPICA.

Hay algo que parece que todos hemos olvidado, tanto políticos como votantes: los cargos que ocupan los políticos son cargos de SERVICIO PÚBLICO.  A los políticos les pagamos entre todos y están a nuestro servicio.  Deberían ser buenos gestores y mirar por nuestros intereses.  En lugar de eso, hay una cosa que se llama «hacer carrera política» y muchos se acercan a los cargos públicos únicamente por el beneficio que pueden sacar de ello.

Mandar no es fácil.  No todos sirven.  Gestionar dineros públicos tampoco.  A cualquier otra profesión, se le aplica el famoso dicho de «ay, Manolete… si no sabes torear ¿p’a qué te metes?» menos a la política.  La incompetencia y la corrupción están a la orden del día y a nadie nos sorprende.  Me repito más que el ajo, pero es que es el pan nuestro de cada día.  Los políticos son los CEO de la empresa de nuestra nación y no tienen a nadie que les vigile ni a quién rendir cuentas.  Hacen lo que les da la gana y salen impunes de cualquier desmán.  Insisto: lo vemos cada día.

¿Por qué ponemos a políticos en cargos públicos?  ¿Qué relación tiene ser un buen político (tal y como lo veo ahora, ser político se trata más que nada de seducir a los votantes a cualquier precio) con ejercer cargos de gobierno?  ¿Qué hace un político en un ministerio de economía o en uno de sanidad?  ¿No debería haber profesionales de probada valía del ramo en cada cargo?  ¿Tú pondrías a un político a arreglarte la caldera o el motor de tu coche?  ¿Por qué les dejamos entonces que gestionen los dineros que juntamos entre todos?  Alguien que gestiona dinero tendría que ser una persona de honradez intachable y con sólidos conocimientos sobre economía.  Si no fuera así, no le dejaríamos nuestros ahorros.  Y, sin embargo, hacemos esto cada día: les damos el dinero y el cargo a personas que sabemos que no tienen ni idea de cómo gestionarlo.  (El problema es que no nos educan para tener nosotros mismos esos conocimientos, pero eso es harina de otro costal).

Hay ejemplos honrosos de buena gestión de fondos públicos como puede ser el caso de Noruega, pero parece la excepción que confirma la regla.

Desde luego, yo no he estudiado políticas y no sé mucho del tema.  A lo mejor estaría más guapa calladita.  Además, podemos esgrimir es cuestión de la condición humana y que esto ha pasado en todas las épocas.  Pero sí que tengo derecho a observar y reflexionar y también a expresarme (al menos, de momento, no sé yo cuánto durará).  Desde esa observación parece todo tan asbsurdo…

¿No será que votamos a los políticos igual que elegimos un equipo de fútbol?  ¿Asistimos a una campaña electoral igual que vemos el «Sálvame»?  Nunca había hecho estas asociaciones de ideas pero, mientras escribo, cada vez se me parecen más los unos y los otros.  Voto a mi partido igual que me gusta que gane mi equipo.  Me da igual si juega bien o mal y ni me planteo lo que van a hacer.  Solo quiero que ganen.  Por «tradición».  A lo mejor votar a alguien para un cargo público debería parecerse más a elegir a alguien para formar parte de tu empresa.  ¿Podrías tu empresa al cargo de un ladrón o un mentiroso?  Probablemente no querrías a alguien así ni para fregar tu escalera.  Y, sin embargo, le votas.

No es fácil estar al frente de un cargo de servicio público.  Requiere de cierta madera heróica (supongo que de ahí lo de la E de «épica») y sin embargo, parece que los héroes han sido sustituidos por vividores y caraduras en el «mejor» de los casos (cuando no directamente por psicópatas).  ¿Te parece excesivo lo de «heróico»?  A mí, no tanto.  Si te ha tocado alguna vez ser algo tan tonto como presidente de tu comunidad de vecinos, te habrás dado cuenta del marronazo que supone.

No deja de ser sospechoso que ejercer un cargo resulte tan deseable.  Supongo que el poder es tan goloso que todo lo tuerce…  Y, en lo que a política se refiere, el servicio no aparece por ninguna parte.  Es el poder el que se lo ha comido todo y lo ha pervertido con su glamour.

EXCELENCIA.

Es curioso que tradicionalmente nos hayamos dirigido a algunos altos cargos como a «su excelencia» cuando, en la mayoría de los casos, esta excelencia brillaba por su ausencia.  Estoy de acuerdo con el coronel Baños: la Excelencia de nuestros políticos debe contener la triple E.  Y no solo la de los políticos, sino también la nuestra.  Que el espejo espejito mágico está siempre ahí para recordarnos que «como es adentro, es afuera».  Lo de la épica a lo mejor no es para todos, pero la estética y la ética (transparencia y honradez) resuenan en mí como sinónimas de algo que buscamos en esto del crecimiento personal: la COHERENCIA.

 

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