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Nos hemos quedado sin osito. 

 noviembre 19, 2020

By  Mariluz Ortega

Nos hemos quedado sin nuestro osito de peluche.

Me di cuenta ayer y resulta devastador. Cuando salí del dentista me dieron cita para revisión dentro de seis meses. Hace un año, esto me hubiera parecido de lo más normal, pero ayer, después de casi 9 meses de coronavirus, me parecía irreal poder planificar algo a seis meses vista. No sé si estaré viva, si tendré dinero, si tendré el mismo horario que tengo ahora… Ni siquiera sé si el dentista estará abierto o si (de estar viva) tendría la libertad de movimiento necesaria para acudir a la cita.

Que sí, que hace un año podría haber pensado exactamente lo mismo porque nadie conoce el futuro, es verdad. Pero este año, después de todo lo que hemos pasado, lo tengo tan presente y tan claro, que la propuesta de un cita a seis meses vista me parecía casi demencial.

Esa seguridad ficticia que otorga la rutina y que hace unos años la mayoría de nosotros dábamos más o menos por sentada, se ha ido a hacer puñetas en estos meses. No tenemos ni la más remota idea de cómo rayos saldremos de todo esto. Apenas sabemos qué pasará mañana. Ni siquiera podemos tener seguro algo tan tonto como si nos dejarán salir de casa o no. Nos han arrancado nuestro osito de peluche favorito y lo han tirado por la ventana.

Hoy no sabía sobre qué escribir y además me siento de bajona. Y entre unas cosas y otras me he dado cuenta del batacazo moral que supone esta pérdida de seguridad.

Cuando somos niños, muchas veces nos aferramos a algún objeto que nos da esa sensación de seguridad: el chupete, un peluche en particular, una mantita… Ese objeto sin el cual no podemos dormir. Ese que nuestros padres no se pueden dejar ni de coña en casa cuando viajamos bajo peligro de tener que volver a buscarlo si no quieren que les montemos el pollo del siglo y no les dejemos en paz. Ese objeto, por lo que sea, nos da seguridad.

Desde el punto de vista racional de un adulto, resulta ridículo. Ni que el osito de peluche fuera un guardaespaldas tamaño armario empotrado, por el amor de dior… Que es un osito de peluche, no es ni mucho menos Rambo ni Terminator.  Pero para nosotros es algo familiar que nos ayuda a sentirnos tranquilos y seguros. Es absurdo, pero funciona. Sin el osito, el niño llora. Con el osito, el niño se tranquiliza y se duerme. ¡No le toques el osito!

Me temo que el osito ha salido volando por la ventana y ha aterrizado directamente en la hoguera. Esa falsa sensación de seguridad en la rutina que habíamos mantenido a duras penas a pesar de la dureza de la crisis ha volado por los aires y no sabemos si en algún momento volverá. Nos vemos obligados a ser adultos y a domir sin osito. O sea: a lidiar con la incertidumbre y con la falta total de seguridad. Las consecuencias psicológicas a nivel social no se están haciendo esperar: ansiedad, angustia, rabia…

Ayer tenía una sensación extraña, como si todos estuviéramos atravesando en conjunto un paraje de suelo inestable, arenoso, pantanoso, engañoso, con arenas movedizas. Seguramente aún no es momento de construir nada porque, en un terreno así, no parece que nada pesado o estable se pueda sostener. Una humilde tienda de campaña y poco más. Y siempre vigilando que el terreno no cambie.

Así veía ayer el presente y el futuro cercano.

A lo mejor tenemos que crear formas de construcción más versátiles, dinámicas y adaptativas.  (Y respetuosas con el medio ambiente, me chiva alguien por aquí).

Llevando esta metáfora más allá… me recuerdo a mí misma tener mucho cuidado con los sustitutos de los ositos (falsos ídolos de oro): el alcohol, los juegos e incluso Netflix pueden ser considerados como ese sustituto que los padres (o las figuras de poder en este caso) te dan para que te calles y te olvides de tu osito.  Llámalo osito, llámalo sanidad pública, educación o incluso libertad.

 

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