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No guardo recuerdos de este lugar. 

 noviembre 23, 2020

By  Mariluz Ortega

Hoy me ha pasado algo rarísimo.  He cogido el autobús de la línea de siempre para volver del trabajo a casa y, durante la primera parte del trayecto, todo me parecía normal.  De repente, miro alrededor y no reconozco nada del lugar que estábamos atravesando.  Para colmo de males, el autobús se para en una marquesina en la que no figuraba el número de línea que se suponía que yo había tomado (en Madrid, cada marquesina de parada de autobús tiene un cartel indicativo de las líneas que tienen parada en ella).

En primer lugar, he sentido desconcierto y confusión.  Incluso un poco de parálisis.  ¿Cómo es posible?  Enseguida, mi mente ha buscado una explicación lógica y, dado mi habitual despiste, lo más lógico era pensar que me había equivocado de autobús. Pero me fijé bien en el número de la línea antes de subir porque me subía en una parada compartida por varias líneas y no quería equivocarme.  Hubiera jurado que me había subido en el bus de la línea correcta.

Mientras, volvemos a pasar por otra parada en la que no figura el número de mi línea, así que me he levantado para bajarme del bus, sin saber dónde rayos estaba ni cómo orientarme para llegar a mi casa (tampoco podía estar muy lejos, la verdad, me había despistado solo un par de paradas).  Entonces mi mente se ha puesto a calcular soluciones: ¿pregunto a alguien? (Qué corte ¿no?)  ¿Busco una parada compartida con la línea que me interesa? ¿Vuelvo hacia atrás? ¿Me busco un taxi y me quito de tonterías?

Curiosamente, lo que me tranquilizó fue reconocer a otro viajero con el que he coincidido otras veces.  Enseguida he pensado «ah, vale, si él va en este mismo autobús, a lo mejor no me he equivocado, mejor me espero un poco«.  Efectivamente, poco tiempo después vi que el autobús hacía parada en una marquesina en la que figuraba la línea correcta y (detalle importante) no figuraba el número de línea de las dos paradas anteriores.  Menos mal.

A ver, tampoco se hubiera acabado el mundo por un error así (no es la primera vez que me subo al autobús equivocado, por eso fue la primera opción que me vino a la mente).  No habría terminado en la Patagonia precisamente.  Como mucho, me hubiera desviado un poco de mi ruta y hubiera tardado un poco más en llegar a casa, pero ahí habría quedado todo.  Sin embargo, el estar el terreno desconocido me alteró no solo por el hecho en sí, sino porque me estaba juzgando por la equivocación.  Estaba entrando en el «cómo se puede ser tan tonta»  cuando, en realidad, no había hecho nada incorrecto.

De hecho, tenía una pista clarísima que pasé por alto dando más fuerza a la hipótesis de mi equivocación que a la realidad.  Poco tiempo antes de encontrarme en un entorno que no reconozco como el habitual de la línea, escuché que el conductor hablaba con alguien (no sé si por el móvil o por alguna línea de comunicación interna) diciendo algo como «chicos, hay un coche mal estacionado en….»  A posteriori deduzco que no podía pasar por donde habitualmente pasa esta línea en concreto y que por eso buscó una vía alternativa durante un tramo del recorrido.  Justo el tramo que yo no reconocí como familiar.

El susto puede parecer desproporcionado, pero…  resulta que tuve una experiencia relacionada que me resultó bastante traumática.  Hace ya cosa de 25 años, volvía a casa en cercanías y, en lugar de coger la línea en el sentido correcto, la tome en el sentido contrario y me fui un sábado a las diez y pico de la noche hacia la zona universitaria.  Yo iba tan feliz, pensando que iba para mi casa cuando el revisor me pide el abono transportes.  Tan tranquila, se lo doy.  Mi abono de zona A no correspondía a la zona que estábamos atravesando.  Me pregunta a dónde voy, se lo digo y me suelta «pues vas en sentido contrario.  Bájate en la siguiente y te cambias de andén, que ya es el último tren que va en ese sentido.  Y súbete en el vagón de delante para ir más cerca del conductor, que a estas horas los trenes vienen vacíos».

Me bajo.

En una estación de tren de una zona universitaria un sábado por la noche.

V A C Í O.

Pero desierto, vaya.  No había NADIE.  Ni revisores, ni taquilleros, ni pasajeros.  El escenaro perfecto de una peli de terror.

Yo, de natural miedoso, me pasé todo el tiempo que tardó en llegar el tren con los congojos en la garganta.  Ya ves tú… ¡si no había nadie!  Nada más que una pardilla (yo) que ha visto demasiadas películas inquietantes.

Más de una hora después, tras esperar el tren, llegar a mi barrio, coger otro autobús y llegar a mi casa, cuando me abrieron la puerta me preguntaron: «¿qué te ha pasado? Estás blanca.»  ¡Más de una hora después!  Imagínate el susto que llevaría yo en mi cuerpo todavía…  Pues ese susto es el que se ha apoderado de mí hoy cuando me he dado cuenta de que no sabía donde estaba.

Esto nos pasa muchas veces, cuando reaccionamos de una manera aparentemente desmesurada a algo que nos ocurre: no estamos reaccionando a la situación presente sino en función de una experiencia pasada.  De hecho, muchas alergias se explican y dejan de producirse localizando un suceso de este tipo.

Ahora me río, pero he pasado un rato interesante con la tontería.  El fallo en la matrix ha durado solo unos minutos, pero todo mi sistema se ha puesto en alarma.  Y todo por aquella equivocación tonta de hace tantos años…

 

 

 

 

 

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