Los chicos también lloran.

El movimiento feminista se queja (y con razón) de la tremenda opresión a la que se han visto sometidas las mujeres a lo largo de la historia, como resultado del patriarcado imperante.  Pero lo que pocas veces nos paramos a pensar es en si los hombres han sufrido también por culpa de este sistema patriarcal.

Y la respuesta es que sí.  Y mucho.  Incluso de maneras más sibilinas, porque se supone que “ellos” han tenido el poder, el dinero, los privilegios…  Pero todo disco tiene su cara B y el patriarcado no puede ser menos, por muy rayado que esté.

En realidad, ese poder y esos privilegios, por lo general, estaban (y siguen estando) en manos de un círculo muy reducido de personas.

La herida masculina.

Desde la perspectiva femenina, esto que os voy a contar puede resultar bastante difícil de entender.  Desde el punto de vista de las mujeres, los hombres han tenido siempre toda la libertad, los privilegios, el poder, han hecho lo que les ha dado la gana.  ¿De qué puñetas se pueden quejar?

Pues… de esto, por ejemplo.

los chicos también lloran

Si las mujeres hemos sido animales de cría, ellos han sido tradicionalmente “carne de cañón”. Al servicio de los mismos o parecidos intereses.  Piezas prescindibles del sistema.  Obligados a enfrentarse al peligro.

La guerra es solo un ejemplo de tantos.  En las más feroces carnicerías se han llegado a segar generaciones enteras de jóvenes al servicio del interés de la nación de turno.

A nosotras nos tocó esperar y llorar, la soledad de la viudez o la soltería, el terrible dolor de la pérdida.  En tiempos más modernos (las grandes guerras del siglo XX), incluso fabricábamos las armas que mataban a nuestros esposos, hermanos e hijos.  Pero ellos eran los que acudían al campo de batalla a morir.

No tenían opción.  O morían a manos del enemigo o fusilados por desertores.

Nuestra esclavitud (la de las mujeres) solía ser sexual o doméstica.  Ellos han sido esclavizados a lo largo de los siglos como fuerza de trabajo o de guerra, obligados a trabajar hasta la extenuación o a luchar y morir por espectáculo o por deporte.

Nosotras trabajábamos de sol a sol (y más) en casa.  Ellos hacían lo mismo, pero fuera.  A veces, trabajábamos juntos (sembrando, segando, cosechando).  Pero, por lo general, de su trabajo dependía que toda la familia pudiera comer.  Y muchas veces no hacían ese trabajo por gusto, sino por obligacion.

Las tornas están cambiando.

Ahora hay mujeres militares y hombres amos de casa.  Culturalmente, muchas cosas están cambiando, los papeles de hombres y mujeres cada vez están más difuminados y borrosos.  Gracias a la lucha de muchas mujeres (y también de muchos hombres), en occidente cada vez tenemos más libertad para elegir qué queremos hacer y qué queremos ser, pero eso también genera confusión y vacío.

Todavía hay muchos tabúes asociados con la masculinidad, que mantienen las heridas masculinas sin sanar.

El dolor de esas heridas y su frustración, suelen encontrar siempre la misma vía de expresión, la única que ha sido tradicionalmente aceptable para los hombres: la violencia.

Hay un componente biológico importante en este tipo de manifestaciones, claro.  La testosterona influye.  Los hombres son los machos de la especie al fin y al cabo.  Por muy racionales que seamos, seguimos siendo animales con instintos.

Pero también hay un componente sociocultural muy grande: a los hombres se les ha privado tradicionalmente de cualquier otro canal de expresión.

Nosotras hablamos (hasta con las piedras si hace falta).  Desde nuestra “sororidad”, nos contamos todo: nuestras frustraciones, nuestros problemas, nuestros sentires… TODO.  Llamamos a un amiga o quedamos con ella y hablamos durante horas si es preciso.  Y, si tenemos que desahogarnos más, siempre nos queda el recurso del llanto.  Lloramos hasta quedarnos secas y nos quedamos tan a gusto.

Pero ¿y ellos?

Los chicos también lloran.

Va a ser que no mucho.  Sigue sin estar bien visto.

De bebés, vale.  Pero cuando empiezan a tener cierta edad, a los niños se les entrena para no llorar, para tragarse sus emociones (las madres, las primeras) y ser inmunes a ellas.  Y llega un momento en que están tan desconectados de lo que sienten que ya no saben ni lo que sienten.

Como mucho, cuando sienten incomodidad, dan bocados y patadas.  Reales o virtuales.  Y, por supuesto, se sienten muy incómodos ante cualquier demostración emocional.  Ellos tienen la tendencia de hacer, de ayudar, pero también de entender.  Y ver llorar a una mujer puede superarles porque ni lo entienden, ni saben qué hacer.

Y salen corriendo.

Y aquí viene la guinda del pastel de esta herida masculina.  Chicas, esto va a escocer, lo siento.

Llevamos siglos manipulando a los hombres desde las emociones.  Utilizando nuestro llanto para hacer con ellos lo que queremos.  Desde conseguir que nos quiten una multa a que nos paguen cosas, no nos abandonen, hagan lo que nosotras queremos, etc.

Ya.  Es la única opción que teníamos.  También lo he pensado mil veces.  Pero si los tiempos están cambiando, nosotras tenemos que ser consecuentes y tenemos que cambiar con ellos y dejar atrás este tipo de comportamientos.

Las así llamadas “armas de mujer“, también son armas al fin y al cabo.  No tienen filo, cañón ni gatillo, pero también hieren.  Desgastan la confianza.  Manipulan.  Y claro, luego nos llaman “zorras”.  Es un insulto que ha terminado adquiriendo un componente de promiscuidad sexual pero que, en esencia, se refiere más a esta astucia manipuladora que tenemos (a mi entender, al menos).

Cariño ¿qué te pasa?  Nada.

Es una situación tan habitual… que ya hacemos chistes de ella y hasta desternillantes monólogos.

En esta situación solemos considerar que es el hombre el que pregunta:  “cariño ¿qué te pasa?”  Normalmente cuando ve que la mujer está molesta o ha cambiado su comportamiento, pero no tiene ni la más remota idea del porqué.

Y es la mujer la que suele responder, muy ofendida: “¿a mí?  ¡Nada!

Nos reímos del chiste porque sabemos que la mujer sabe perfectísimamente lo que le pasa.  Con pelos y señales.  Pero prefiere torturar al pobre hombre para que se devane los sesos porque cree que el hombre “debería saber”.

¿A que te suena la situación?  Seguro que lo has vivido/visto en más de una ocasión.

A lo que no le prestamos tanta atención porque no es tan “gracioso” es a la otra cara de la moneda, que también existe.

Cuando le preguntas a tu chico, tu novio, tu marido, tu “lo que sea” qué puñetas es lo que le pasa y recibes un “nada” que te deja helada y hace que salten todas tus alarmas.  Porque intuyes que le pasa algo y que además es algo muy gordo.  Y aún así ves que, de verdad, el hombretón que tienes delante no sabe ni por dónde coger lo que le está pasando.

¡¡ Realmente no sabe lo que le pasa !!

Y lo más dramático es que, aunque supiera lo que le pasa, lo más probable es que no se lo contara a nadie.  Ni siquiera a ti.  Tal vez por miedo a ver menoscabada su masculinidad.  Y mucho menos aún, que se atreviera a pedir ayuda.

Los hombres han sido educados en el aguantar, en el ser fuertes, en la independencia.  En el tener que poder con todo solos “por cojones”.

¡Permiso para sentir, Señor!

El femenino y la herida femenina están en un buen proceso de sanación.  Cada vez hay más círculos de mujeres, sanación de útero, respiracion ovárica, etc.  Pero…  ¿Qué pasa con la herida masculina?  No podemos sanar la humanidad “a medias”.  Lo masculino también necesita ser sanado.

Los hombres están acostumbrados a “aguantar”, a no expresar, a no decir.  A “tirar” con lo que les echen.

Pues bien.  Ha llegado el momento de cambiar eso si queremos evolucionar como especie.

Ha llegado el momento de que los hombres empecéis a conectar con lo que sentís para poderlo liberar.

Para ti, hombre que me lees, sé que la libertad es una de tus mayores aspiraciones y necesidades.  Y esa libertad pasa por conectar con lo que sientes y aprender a expresarlo, a canalizarlo, a darle salida de una manera sana.  Para conocerte más y mejor, para ser más tú cada día, para no dejarte manipular.

Para que puedas SER COMPLETO.

Pioneros del espacio interior.

Desde hace tiempo siento el impulso de ayudar a que esto suceda.

Por eso creo una ventana de oportunidad para que, como hombre, puedas expresarte y conectar con lo que sientes en un espacio protegido y sin jucio.  Para que puedas sanar esas heridas internas o emocionales que te impiden amar, crecer como hombre o conseguir la pareja que sueñas.

Como decíamos cuando jugábamos al escondite: por ti, por todos tus compañeros, y por ti, el primero.

Te ofrezco participar en un grupo de hombres que buscan lo mismo que tú.  O, si lo prefieres, puedo atenderte de manera privada.

A cala y a prueba, como los melones.  😉  La primera sesión es gratuita.

¿Desde dónde?

Desde mi corazón y desde la vibración de Ávalon que me sostiene y represento, desde la Compasión y el Amor Incondicional.  Con la mayor Honestidad.  Desde el Respeto y el Reconocimiento.  Ejerciendo la labor de contención necesaria para la alquimia.

Más o menos, desde aquí:

 

Ni soy psicóloga ni coach, ni nada así de “oficial”.  Pero si esta vibración te resuena, si la recuerdas, si lo pactaste, si te interesa, si “sabes” que ha llegado tu momento…

Ponte en contacto conmigo.

Este otoño, empezamos a descubrir un masculino nuevo.

Si tienes algo que decir, aprovecha y cuéntanos.