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Los botones emocionales. 

 noviembre 7, 2020

By  Mariluz Ortega

Hay que ver, lo que le gusta un botón a un niño pequeño ¿verdad? A la que puede andar, va pulsado y toqueteando los mandos de la tele, los de la lavadora y los de cualquier aparato con teclas que se le ponga por delante.  ¿Qué tienen los botones que resultan tan irresistibles? ¿Será el atractivo de averiguar para qué sirven? ¿Será que nos puede la curiosidad? Parece algo superior a nuestras fuerzas ¿verdad?

Supongo que por eso, en pleno taller presencial AC (antes del coronavirus), me vino una imagen muy curiosa: la de cada persona como una maquinita llena de múltiples botones invisibles de llamativos colores, carteles y formas. Cada botón dispara un programa inconsciente que salta como un muelle en cuanto lo tocas.  Es algo automático sobre lo que no parece que tengamos control alguno.

El portador de la maquinaria no sabe que lleva ese tablero de mandos a la vista de todos porque sus mecanismos son inconscientes. De hecho, los botones no se ven… pero se sienten. Y son tan poderosamente llamativos para los demás, que muchas veces no podemos evitar acercarnos y pulsarlos “inocentenemente”, desatando a veces un auténtico infierno.

Por supuesto, esto de pulsar botones ajenos (triggers, que lo llaman en inglés) también lo hacemos inconscientemente y no es poco habitual que los botones se realimenten. Es decir, que yo pulso un botón tuyo y eso hace que tú pulses uno mío y así saltan nuestros programas automáticos que, por lo general, se complementan.

Es asombroso asistir como espectador a este fenómeno. Ver cómo alguien que normalmente no dice ese tipo de cosas, suelta a otra persona un comentario aparentemente inofensivo (pulsando así su botón) que hace que esa otra persona se pique (porque se ha puesto en marcha su mecanismo automático) y se revuelva, soltanto entonces otro comentario que a su vez pulsa el botón de la primera y hace saltar su propio mecanismo automático.

Cuando te toca vivirlo en tus carnes, a lo mejor no tiene tanta gracia, porque estos mecanismos suelen estar relacionados con experiencias dolorosas. Pero este tipo de interacciones, utilizadas consciente y deliberadamente, pueden aprovecharse para desactivar estos mecanismos (solemos llamar “sanación” a este proceso).

Gracias a este “dedito inocente”, el portador de la maquinaria puede observar el mecanismo que el botón ha disparado para desactivarlo. Asímismo, la persona que ha pulsado el botón, puede también observar por qué ha tocado precisamente ese botón y no otro (muchas veces, utilizando el espejo puede aprovechar también para desactivar sus propios mecanismos).

No sé si a ti te habrá pasado. A mí me ha ocurrido más de una vez, que me encuentro diciéndole a alguien algo que normalmente yo no le diría a nadie. Es como si esa persona estuviera pidiendo a gritos que alguien le diga eso en concreto. Como si llevara un botón enorme, iluminado y con letreros parpadeantes gritando “púlsame, que necesito ver el mecanismo que detono”. Y tú, inconscientemente, sigues la sugerencia y pulsas.

A veces simplemente observas desde lejos la explosión nuclear que acaba de detonar tu comentario y lo flipas. Otras, te quemas las pestañas y te toca averiguar quién te manda a ti tocar ciertos botones ajenos.  Muchas, la onda expansiva detona botonoes propios.  Sea como sea, siempre puedes aprovechar para aprender de la experiencia.

Ahora que te lo cuento… madurar sería algo así como conectar con el artificiero interno para que acompañe a esa parte de nosotros un tanto insensata que va pulsando botones sin más a diestro y siniestro. Este “artificiero interno” lo vamos incorporando a medida que crecemos, nos observamos y nos hacemos responsables de nuestros procesos internos y posee los conocimientos y equipación necesarios para cortar el cable correcto y evitar así que la bomba explote la próxima vez por mucho que alguien siga presionando el dicho botón.

No sé por qué me ha venido a la mente este arquetipo moderno del “artificiero interno”. Porque mi mente es así de friki, eso seguro. Probablemente también porque debo tener la creencia de que los programas hay que desactivarlos con cuidado.

Aprovecharé para ir tomando consciencia de la miríada de botoncitos brillantes, coloridos y apetitosos que debo llevar a la vista de todos y que el artificiero interno se vaya ganando el sueldo. Vive dios que, durante la pandemia, ha trabajado horas extras a porrillo. Y eso que nos hemos pasado meses encerrados… no lo parece, pero las redes sociales tienen los dedos muy largos.

Cuéntame: ¿cómo lo ves tú?

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