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La patata caliente de la culpa. 

 noviembre 10, 2020

By  Mariluz Ortega

Estaba yo ayer viendo una serie chorra cuando, de repente, los protagonistas empiezan a hacer algo que me chocó: repartir culpas. Empezaron a volar por el guión frases del tipo: “La culpa la tiene fulanito, porque tal y porque Pascual.” “No, no, no, la culpa la tienes tú por esto por esto y por lo otro”. “Qué va, bonita, cómo voy a tener yo la culpa. No. La culpa es de tu padre, por…” Volaban las culpas por la escena como las balas por una peli del oeste en pleno tiroteo.

Hacía tanto tiempo que no pensaba en términos de culpas, que esta situación me resultó de lo más chocante. Parecía como si la culpa fuera una patata caliente que quemase en las manos de los personajes y la tuviesen que soltar. Por supuesto, entregándosela a otro, no sea que se caiga al suelo y se disuelva. No, por dior. Alguien tiene que quedársela y recibir el castigo. Así se queda todo el mundo contento (menos al que le caen las culpas, claro, que es al que le cae todo el “marrón”).

Lo curioso es que, si hubiera visto esta misma serie hace 20 años, me hubiera parecido de lo más normal. Tan normal como seguramente le habrá parecido al 99,99% de sus espectadores.

Estamos tan acostumbrados a la culpa, que no la vemos como una especie de anomalía dañina ni somos capaces de detectar su toxicidad. O bien la repartimos con una alegría insensata pensando que si se la queda otro, a mí no me toca, o bien (si tenes la “mala suerte” de haber asumido ese patrón) te vas quedando tú con las culpas del mundo sin replantearte siquiera lo que estás haciendo. (Que de eso también hay y doy fe de ello en mis carnes, que lo llevo en el mote familiar).

Lo más curioso es que, salvo el “problema” de “ a ver a quién le colocamos la culpa esta vez”… no se soluciona nada más. Nos creemos que, con colocarle la patata caliente a otro (que más que una patata caliente, a veces la tratamos casi más bien como una granada de mano a la que acabamos de quitar la anilla), ya está todo resuleto. Pero no nos damos cuenta de que la culpa es de un pegajoso…

Por mucho que se la quieras colocar a alguien, la culpa siempre se queda siempre contigo. Aunque solo sea ocupando ancho de banda en tu mente, mientras le das vueltas al tema y sigues rumiando una y otra vez todas las justificaciones que se te ocurren para colocarle la culpa a otro. Esto tiene un efecto fatal: que vuelves a atraer de nuevo lo mismo para darte la razón.

Y es que, al final, la culpa es como un boomerang: siempre vuelve. Por lo general, la situación generadora de culpa se reproduce, como un mal bicho. Y tú vuelves a mandar la culpa fuera. Como siempre buscamos tener razón, generamos más situaciones parecidas inconscientemente, solo para tener seguir teniendo razones para seguir culpando al otro. Y no nos damos cuenta de lo que sufrimos en el proceso. Porque esa situación es molesta (si no, no generaría culpas ni tendrías la necesidad de soltarlas).

¿Te acuerdas de la Ley del Espejo y de la responsabilidad? La solución a todo esto sería muy sencilla (que no fácil): reconocer mi parte de responsabilidad en lo que sea que haya pasado. (Había escrito “hacerme cargo” y no me había dado cuenta de la connotación de “carga” que lleva la frase hecha). Si yo me hago cargo y veo qué parte de la situación es responsabilidad mía y desde dónde la he detonado, tengo alguna opción de desactivarla. Si sigo echando balones fuera… estoy renunciando a esa posiblidad y sigo reproduciendo más y más y más de lo mismo.

Echarle el cargo a otro es más fácil y cómodo, por supuesto. Pero no resuelve nada.

Mira si no cómo está el panorama político hoy en día. Y no solo en nuestro país. Es muy raro que algún político se responsabilice de sus decisiones. Suelen echar balones fuera y acusar a otros de hacer lo mismo que ellos están haciendo. Todos. De todos los partidos y colores. Más que políticos, parecen calamares, a la que ven una mínima posibilidad de asumir una responsabilidad por algo, huyen dejando un rastro de tinta de lo emborrone todo (la típica cortina de humo). Ni te cuento lo difícil que es encontrar decisiones argumentadas. Los únicos argumentos que se ven son las descalificación y los muy maduros “y tú más”, “pues anda que tú”, “pues fulanito también lo hace” o “es que menganito me tiene manía”. Muy de patio de colegio todo.

Pero no nos olvidemos de que los políticos nos están haciendo de espejo, así que … podemos aprovechar para mirarnos todo esto, que para eso lo tenemos bien a la vista.

Yo he aprovechado esta serie para mirarme todavía las tendencias culpabilizadoras que tengo (que ahí están las hdp). Cuanto más te crees que vas avanzando en el camino de crecimiento pesonal, más sibilino se hace el ego y te las clava con un estilazo que ni te enteras, pero te las clava. ¡Menudo es! De repente te ves echando pestes de tal o cual político o de tal o cual ideología o de tal o cual equipo de fútbol… y ¡zas! Has caído en la trampa con todo el equipo. Inconscientemente les estás culpando de algo para quitarte tú el muerto de encima.

Dicen que no hay mejor defensa que un buen ataque ¿no? Pues eso. Te pilla alguien en un renuncio y lo “solucionas” acusándole de algo. Es una locura.

Mira, otro escenario en el que ver todo esto: el coronavirus. Andamos buscando culpables como pollos sin cabeza ero no nos ponemos a solucionar de verdad el problema. Y antes del virus, teníamos la crisis. La crisis nos daba mucho juego para jugar a “a ver a quién le colocamos la culpa”. A un partido, al otro, a los bancos… Y después de jugar a este juego de “arreglar el mundo” tú te sientes como un bebé. Limpio, Inmaculado. Cargado de razones. Más a gusto que dios, sí. Pero… ¿qué has solucionado?

N A D A.

Nos las hemos dado de listos un ratito y las cosas siguen igual que estaban. Porque la responsabilidad se confunde mucho con la culpa y nadie quiere asumirla y, mientras nadie la asume, las cosas siguen como estaban. Es la pescadilla que se muerde la cola.

Ojo con las formas sibilinas de culpar a otros… Que la queja es una de ellas y pasa muy desapercibida. Lo he visto con una de las protagonistas de la serie, que se queja y justifica todo el rato y parece que el mundo está en su contra. Y lo único que pasa es que no se responsabiliza de su situación y no se pone manos a la obra para cambiarla.

Ni que decir tiene que me he visto identificada. Of course.

Sibilina que es la culpa.

La culpa se oculta también detrás de cada juicio. Y a veces nos sentimos tan justificados como jueces que no lo vemos. Nos parece que estamos describiendo hechos y no haciendo juicios. Pero el tonito con el que decimos las cosas, muchas veces nos delata.

Uf. Da para mucho esto de la culpa… Y hay que andarse con ojo porque su compañero inseparable (el castigo) nos puede jugar una mala pasada en cualquier momento. Recuerda que no puedes ver la realidad tal y como es, que siempre te estás viendo a ti, como en un espejo. Así que… ¿a quién estás culpando el última instancia? Exacto. A ti. En quien recaerá también el castigo. Aunque solo sea en forma de repetición de circunstancias como a Sísifo.

¿Cómo sale uno de todo este fregao? Pues con el perdón. Que no es otra cosa que la disolución de la ofensa (o sea, del juicio y de la culpa). Parece una tontería, para da para unas cuantas encarnaciones. A saber las vidas que llevamos en ello…

Cuéntame: ¿cómo lo ves tú?

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