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La ley del columpio. 

 noviembre 18, 2020

By  Mariluz Ortega

Antes de la era de internet, los móviles y las nintendos, los niños jugábamos a las canicas, a la olla, al látigo… y a los columpios. Seguro que te has montado alguna vez en un columpio. A lo mejor no en uno de estos modernos y de colorines que pueblan los parques infantiles, sino en alguno más rudimentario, de los que disfrutábamos hace ya muchos años. Uno columpio hecho con una tabla o un neumático como asiento y un par de cuerdas para colgarlo de la rama de un árbol, por ejemplo.

Si no tenías a nadie que te empujara, te buscabas la mañas para llegar lo más alto posible, pero molaba más cuando alguien te daba impulso desde tu espalda porque podías llegar más alto. Si eras peque y aún no sabías columpiarte, necesitabas a alguien que te empujara sí o sí y siempre gritabas para que te empujaran más fuerte porque (si te gustaba la sensación), cuando más alto, más divertido.

Seguro que también has visto miles de videos de “accidentes columpísticos”. Lo típico que alguién empuja a lo bestia el columpio, se despista o no está al tanto o es demasiado joven para entender cómo va la cosa y… en el retroceso, el columpio le mete una leche que se lo lleva por delante y lo tira al suelo. Todos se parten de la risa salvo el que se lleva el columpiazo.

Lo curioso es que con la vida también pasa esto. Utilizando un lenguaje coloquial, bien podríamos decir aquello de “hay que ver, cómo se columpia la vida”. Siendo un poco más formales, podríamos hablar del “efecto péndulo” o de que “todo los que sube, baja. El concepto es básicamente el mismo.

Veámoslo con un par de ejemplos.

El primero: la relación entre la religión y la ciencia.

Durante siglos la religión regía todas y cada una de las facetas de la vida (al menos en occidente). Dios era la causa última de todo y cualquiera que se atreviera a contradecir esto y a investigar una causa de un proceso como algo no divino, era considerado un hereje y ponía su vida en grave peligro. ¿Que había peste? Castigo divino. ¿Que caía un rayo? Castigo divino. ¿Que tenías una buena cosecha? Dios así lo había querido. Intentar entender los mecanismos de la enfermedad o incluso el funcionamiento del cuerpo humano era poco menos que blasfemo. ¿Cómo se podía atrever nadie a ponerse en el lugar de Dios para intentar descifrar sus caminos inexcrutables?

Las autoridades eclesiásticas (con la ayuda de todos) empujaron el columpio de la humanidad hacia la fe con una fuerza descomunal. Pero la gravedad es una cabrita y todo lo que sube acaba cayendo y, en algún momento, la fe fue perdiendo fuerza y el pensamiento racional empezó a empujar al columpio hacia el otro lado con tanta fuerza que ahora nos encontramos en una situación parecida a la anterior pero con el columpio en retroceso. Ahora todo lo que no sea científicamente demostrable, parece que no tenga derecho a existir ni a plantearse.

Ojalá ciencia y espiritualidad pudieran fusionarse. Tengo mis esperanzas puestas en la cuántica. Pero, conociendo al ser humano, todo puede ser que el columpio vuelva a desplazarse de nuevo hacia delante, aunque esta vez la fe esté disfrazada de ciencia.

Otro ejemplo: el machismo-feminismo.

Seguramente en algún pasado tan lejano que no tenemos de él ni el recuerdo, las mujeres se pasaron siete prueblos oprimiendo a los hombres y abusando de su “poder” como reproductoras y única conexión con la diosa madre tierra. Como resultado, los hombres se tomaron la revancha y empujaron el columpio con tanta fuerza que se quitaron a las mujeres de en medio durante milenios. Ahora parece que el columpio viene de retroceso y amenaza con llevarse por delante a cualquiera que lo estuviera empujando. Si no ponemos un poquito de consciencia en el asunto, es posible que todo se desmadre de nuevo y se vuelva a un feminismo despótico.

Es la naturaleza del columpio.

En un nivel más personal, ocurre algo parecido. Cuando quieres salir de una forma de comportamiento, es bastante habitual que le peges tal impulso al columpio que te pases al otro extremo. Y puedes pasarte así mucho tiempo: rebotando de un extremo al otro.

¿Qué podemos hacer para evitar estos excesos? Fácil: dejar de impulsar el columpio. Dejar de empujarlo. Ni para un lado, ni para el otro. Dejar que la gravedad haga su trabajo y al final el columpio se quede en equilibrio.

Entonces ¿por qué no lo hacemos? Pues no lo sé. Creo que, aunque nos guste mucho decir aquello de “la virtud está en el camino del medio” y hablemos de neutralidad, nos va la marcha. Y es que estar sentado en un columpio parado no es nada divertido.

Mira que nos gusta enredar a los humanos…

Sea como sea, ahora que ya conoces esta «Ley del columpio», ya puedes ser consciente de la fuerza con que lo estás empujando.  Si necesitas ponerte en órbita y tú controlas el impulso, dale con fuerza pero, si si estás empujando a algo o a alguien y de vuelta te derriba… ya sabes por qué fue.

Cuéntame: ¿cómo lo ves tú?

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