La Santa Inquisición y el mecanismo de la Proyección. Mirando a los ojos al Inquisidor Interno.

Que razón tenían los Monty Python con aquello de que “nadie espera a la Inquisición Española”… Ni siquiera los españoles. Ni siquiera yo me esperaba encontrármela estos días, pero héla ahí, campando tan pancha por nuestras ventanas.

Esto me va a servir para poner un ejemplo palpable del mecanismo de la proyección en acción y también nos va a permitir mirarnos parte de nuestra sombra como sociedad y humanidad.

Porque esto de la Inquisición ya forma parte del inconsciente colectivo. A lo mejor si tú no llevas ese programa activo, el tema te resbala. Pero si, como yo, tienes el programa muy a flor de piel, es posible que lo que vas a leer te toque alguna fibra.

Utilizo la Inquisición como ejemplo por poner uno; no es el único, pero es uno que todos conocemos.

¿A qué me refiero con el programa inquisitorial? En este caso, sobre todo, al de la denuncia. Desde todos sus prismas: el denunciante, el denunciado, el marco legal que facilita las cosas sin tener en cuenta factor atenuante alguno y las consecuencias del asunto en sí.

Pongámonos en la época de la Inquisición, que queda un poco más lejos y levanta menos ampollas (podríamos irnos a la Guerra Civil sin ir más lejos, pero prefiero no hacerlo porque esas heridas siguen abiertas y sería más fácil perder la neutralidad).

Imagina que soy tu vecina y me mola tu casa. Y tus tierras. Y tu marido. Pero el muy c***ón te escogió a ti. Yo no sé qué te vio, de verdad, pero el caso es que se casó contigo y eso no te lo perdonaré nunca… Porque ese hombre tendría que haber sido para mí.

Hace ya 10 años, pero no me lo quito de la cabeza.  Voy a misa todos los domingos y sigo a rajatabla las normas de nuestra Santa Madre Iglesia.  Soy casta, santa y pura.  No he hecho nunca nada malo y por eso sé que esto solo puede tener una explicación: eres una hija de Satanás. Por eso me quitaste a mi Paco, debiste embrujarle con malas artes, no hay otra explicación. Ya lo dijo hace unos meses el señor cura.

Dios me ha dado hoy una señal. Actúo en su nombre y como buena cristiana. No se puede permitir tener una bruja así en la comunidad. Mañana mismo se lo diré al párroco. Seguro que Dios me da su bendición.

¿Ves qué fácil? Con un marco legal que me ampara y me ayuda a justificar mi envidia cochina y mis ganas de venganza, me convenzo a mí misma de que estoy actuando por el bien común y te jodo la vida. Y seguro que, encima, me llevo un aplauso.

 

Mírale, si es que nos parece hasta guapo… Y necesario, claro.

Esto forma parte de la condición humana y se ha dado en todas las épocas, y más en tiempos difíciles de guerras y dictaduras en las que no hace falta ni policía porque todos hacemos de espías de todos. Todo el mundo puede ser denunciado por cualquier tontería y con cualquier excusa.

Imagínate el estado de ansiedad que esto genera y qué difícil puede llegar a ser mantener las formas cuando las normas se recrudecen.

Hay que ver, las ganas con las que lapidamos al primero que pillamos. O linchamos al que toca cuando los ánimos se exacerban sin preguntar siquiera ¿verdad? A la que nos dan un poquito de permiso, en situaciones de presión como esas sacamos al inquisidor/castigador a pasear con una facilidad que asusta.

El caso es encontrar un chivo expiatorio y todos nos quedamos más tranquilos.  Aunque no solucionemos nada, pero nos hemos desahogado.  Si estuviéramos en la Edad Media, seguramente habríamos buscado ya alguno por el tema este del virus.  En aquellos tiempos solía tocarles siempre la china a los mismos: los judíos, los herejes, las brujas…

Por eso me parece estupendo estar al loro hoy en día, que estos momentos en los que vivimos son muy proclives a que pasen cositas de este estilo si perdemos la conexión con el corazón y el presente y se nos va la pinza.  Menos mal que parece que vamos siendo un poquito más conscientes.

Y aquí es donde entra el mecanismo de la proyección.

Que estás tú metida en tu casa aguantando a tu marido, dos niños que parecen dos gremlins a remojo después de la media noche, a tu cuñado y a tu suegra. Y hace una semana que no ves el sol porque, como eres madre, prefieres que sean otros quienes vayan a la compra, saquen al perro o bajen la basura, que «lo necesitan más que tú» y así se airean un poco.

Y cumples religiosamente con los horarios de aplausos a los sanitarios. Y estás con la lejía todo el día, que no te quitas el olor ya de las manos por mucha crema que te eches. ¡Si hasta echas de menos ira a la oficina! Y una tarde, te asomas a la ventana y ves a alguien que ha salido sin perro ni bolsa de la compra y sin aparente excusa.

Y, claro, totalmente indignada por la injusticia y cargada de razón, coges el teléfono y llamas a la policía. Y le denuncias. Normal ¿no? O nos quedamos todos en casa, o no nos quedamos ninguno. Para eso están la leyes. Para que se cumplan.

Vale, sí. Es cierto. Es de una irresponsabilidad suprema que, en medio de una pandemia, algunos hayan cogido los bártulos y se hayan ido a la playa. O que todavía te encuentres corrillos de gente en la calle comentando la evolución de la epidemia. Pero voy a lo de la proyección: ¿qué te jode en realidad? ¿Que esa persona esté en la calle? No. Te jode que tú no estás en ella. Y, como no estás, no quieres que nadie más esté.

Ojo que es muy sutil esto.

No estoy defendiendo que en medio de una situación de emergencia de este tipo cada uno haga lo que le dé la gana, insisto. Lo que me ha llamado la atención es cómo de claramente este ejemplo nos muestra el mecanismo de la proyección.  Un mecanismo que nos hace erigirnos crueles jueces a la mínima de cambio.

Y sentirnos superiores nos gusta tanto…  El ego se pone las botas en esta situación.

el inquisidor interno

Te suena lo de la ley del espejo ¿verdad? Esa ley por la cual, lo que te molesta del otro es porque tú también lo tienes. Y, en la mayoría de las ocasiones, lo que más nos molesta es que otros hagan tan ricamente aquello que nosotros no nos damos permiso para hacer.

Y esto lo he visto tan claro con el tema de salir a la calle en este estado de alarma.  Es como si no tuviéramos otra cosa que hacer que estar en la ventana todo el día, en plan “vieja del visillo”, vigilando que nadie más salga a la calle.

Es sutil de narices. Pero es.

Mucho ojito al inquisidor interno que, como decían los Monty Python, se te escapa de las manos cuando menos te lo esperas.  Para más inri, este personaje es de lo más manipulable porque tiene tantas ganas de hoguera, que aprovecha cualquier oportunidad que se le presenta.

Esto también lo vemos en las redes sociales (sobre todo en tuiter).  Con la excusa del anonimato, el inquisidor y el acusador campan a sus anchas por esas redes de dios (disfrazados de haters y troleando a todo el que se mueva).

Ahora que eres consciente, puedes mirártelo. En esta y en otras circunstancias. Cuando alguien haga algo que te moleste… mira a ver por qué te molesta. A lo mejor es porque a ti te gustaría hacer lo mismo pero no te lo permites.

No siempre es así, por supuesto. Ponlo en contexto. Pero cuando lo es, darte cuenta puede ayudarte a “soltar” eso que tanto te molestaba y hasta puede que llegues a reírte de ello.

Con lo del contexto me refiero a que no me vengas con extremos (que yo también lo hago). En plan “entonces ¿si alguien mata a mi vecino es que yo también tenía ganas de matarle y no me lo permito?” No voy por ahí. Esto es simplemente una oportunidad más de darnos cuenta de nuestra sombra que, tanto a nivel personal como colectivo, todavía es mucha y tiende a salir a pasear más disfrada de “legalidad y razón” en tiempos de crisis como esta.

Al ser un mecanismo inconsciente, este de la proyección inquisitorial puede ser fácilmente utilizado para manipularnos.

Si tienes algo que decir, aprovecha y cuéntanos.

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