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El yin-yang de la utopía-distopía 

 noviembre 22, 2020

By  Mariluz Ortega

Ayer me di cuenta de cómo el famoso símbolo blanco y negro del yin-yang se aplica prácticamente a todo.  Es un símbolo que describe de manera muy gráfica y sencilla el funcionamiento de la dualidad.  Y esta dualidad se aplica también al tema de lo utópico-distópico.

A ver si consigo explicame.  Como te comentaba ayer, a veces me pregunto si no vivimos un presente distópico.  Por lo general, ponemos el tema de la distopía en el futuro, pero llevamos unos mesecitos que parecen más de ciencia ficción distópica que reales (en cuanto a realidad que todos conocíamos).  Y no hace falta irse al covid… Esta realidad distópica ya lleva tiempo entre nosotros.  Cada vez tenemos menos privacidad y estamos más vigilados pero esto se disfraza de mayor acceso a la información y foros de expresión.

Hoy en día somos menos anónimos que nunca. Nuestros gustos e intereses están en manos de las grandes compañías gracias a algo tan inocente y aparentemente gratuito como las redes sociales, las diferentes apps, la mensajería electrónica, etc. Toda la información recaudada a fuerza de clic pasa a formar parte de ese Big Data que, como todo en esta vida, puede ser utilizado de una manera o de otra dependiendo de las intenciones de quien lo utilice.

Esta ingente cantidad de datos no solo se puede utilizar para entender al consumidor, sino también para manipularle mostrándole según qué información dependiendo de sus gustos. Gustos que el propio consumidor ha suministrado de manera inconsciente a través de sus búsquedas en google, sus “me gusta” en redes sociales, etc. Súmale a todo esto la cada vez mayor presencia de inteligencias artificiales para gestionarlo todo y ya tienes otros cuantos posibles futuros distópicos servidos mucho más cercanos al presente de lo que nos gustaría.

Ahora no solo somos consumidores sino que también somos el producto. La información sobre nosotros que proporcionamos a través de nuestros clics vale su peso en oro y por eso tenemos google, whatsapp, facebook, instagram, youtube, etc. sin pagar (aparentemente) ni un céntimo de euro. Porque la información que todas esas aplicaciones obtienen de nuestra actividad y que luego los anunciantes pueden utilizar para vender sus productos pagando bien a las plataformas, son un pago más que suficiente para que estas se erijan en los grandes imperios de la nueva era de la información.  Algunas plataformas van incluso más allá y, si quiere utilizarlas sin la molesta interrupción de la publicidad, tienes que pagar.

Ninguna de estas redes son gratis aunque lo parezcan. Tú eres el producto y viven de la publicidad. Te dejan utilizar sus recursos a cambio de la información que les entregas. Tú no eres realmente el dueño de la información que dejas allí. Y, por lo tanto, por escandaloso que te parezca, pueden silenciarte en cualquier momento, pueden aplicar censura… Estás utilizando sus medios y estás en su casa. Estás en sus manos, vaya.  Para más inri, las redes son adictivas. El chute de dopamina que recibes con cada like o seguidor, te puede hacer red-dependiente sin que te des cuenta. Prueba si no a desinstalar tu red favorita del móvil y cuenta cuántas veces haces el amago de acudir a él para consultarla. Twitter, Facebook, Instagram… Haz la prueba. Seguro que son muchas más veces de las que te imaginabas o de las que te gustaría.

¿Nos hemos hecho adictos a la información y la hiper conexión?  ¿O estamos más desinformados y desconectados que nunca?

El futuro distópico planteado por “Wall-e” con una humanidad más pendiente de su dispositivo móvil que de un contacto real no está tan lejos como pensamos. A veces no sé si nos estamos descontectando de la Matrix o si nos estamos conectando a otra de un nivel superior. Es difícil de decir. No hace falta que te implanten ningún chip. Ya estás enganchado a tu teléfono y llevas ese chip contigo a todas partes, ofreciendo incluso información sobre tu localización.

La falta de privacidad no viene solo de nuestra participación en redes sociales, sino también por la cada vez más amplia vigilancia a la que estamos sometidos con la presencia inadvertida en nuestras calles de multitud de cámaras con patrones de reconocimiento facial. El equilibrio entre el derecho a la privacidad y esa supuesta seguridad que estos mecanismos nos proporcionan, está más en entredicho que nunca.

Todas estas reflexiones no vienen por un ataque de pesimismo sino por “ANON”, la peli que vi ayer y que me hizo pensar de lo lindo. (Echaba de menos ver una peli así, la verdad).

En el futuro distópico que presenta esta película, todo lo que vemos y escuchamos es grabado y está a disposición del público. Así, por ejemplo, si el asesinado ve a su asesino, la identidad del asesino es inmediatamente reconocida y este puede ser arrestado en tiempo récord. La “excusa” del sistema es tener a raya el crimen. ¿Te suena? No hay ningún tipo de privacidad en un mundo así. Todo lo que haces es del dominio público y queda registrado. Ni siquiera puedes mentir, no tiene sentido hacerlo cuando lo que dices puede ser compobado.

Como te puedes imaginar, la mayor amenaza para este sistema es el anonimato. Como dicen en algún momento de la película “si no sé quién eres, no te puedo controlar”.

Esto de la “excusa” ocurre siempre. Es como la falsa bandera que se puede encontrar detrás de todo. ¿Cómo puede incrementarse la dureza del sistema de vigilancia? Con la excusa de proporcionarte una mayor seguridad. ¿Cómo puede ser que cedas tus datos gratis? Con la excusa de darte medios para conectarte, acceder a todo tipo de información y comunicarte con los demás. No hay mejor manera de conseguir implantar un sistema distópico que disfrazarlo de utopía. Si te presentan la utopía de un mundo 100% seguro, será más probable que mires hacia otro lado y omitas su contrapartida distópica.  Si te presentan la utopía de tener toda la información del mundo a tu disposición, será más probable que mires a otro lado mientras utilizan la tuya a saber con qué fines.  Pero ambas partes son inseparables, como el yin y el yang del famoso símbolo.

Es más, la una está contenida dentro la de la otra. O, como bien resume el refranero español: “hecha la ley, hecha la trampa”. Si tienes la tecnología necesaria para grabar todo lo que cada persona ve y oye, también tendrás la tecnología para editar esa grabación y, tarde o temprano, podrás hackear las grabaciones y borrar determinadas cosas, cortarlas, pegarlas y manipularlas.

En cada yin está la semilla del yang y viceversa y todo se va moviendo de un extremo al otro eternamente. No hay un equilibrio fijo, es algo dinámico. Es alucinante la potencia de un símbolo gráfico tan sencillo.

Por ejemplo, si dejas las redes sociales como medio de comunicación, tarde o temprano hay elementos que, amparados por el anonimato, las aprovechan para dar rienda suelta a sus instintos más primarios y para fomentar el odio o bien, desde otros puntos de acción y con planes más maquiavélicos, las redes son utilizadas para manipular a sus usuarios. Algo que aparentemente resultaba tan utópico como conectarnos a todos y darnos un medio de expresión, se vuelve peligroso y entonces aparecen cosas como la censura o la corrección política y la libertad se apaga. O más bien… queda como un germen que tarde o temprano brotará en otra parte o de otro modo y todo volverá a empezar.

¿Tendrá algún tipo de final este ciclo? ¿Se puede trascender o este vaivén eterno forma parte inseparable e ineludible de esta, nuestra dualidad? ¿Es inevitable que toda utopía lleve aparejada una distopía y viceversa?

Cuéntame: ¿cómo lo ves tú?

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