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El potencial de la era de la postverdad 

 noviembre 15, 2020

By  Mariluz Ortega

La verdad no existe, solo a quién quieres creer.”

Quien me iba a decir a mí que encontraría el resumen perfecto a gran parte de mi aprendizaje con la pandemia ¡¡en un trailer de un video juego!! En este caso, del último lanzamiento de “Call of Duty: Black Ops Cold War” creo.

La frase es demoledora y no puede ser más actual.

Vivimos en una era en la que la información abunda tanto que estamos infoxicados. Una era en la que surge un término que no sé si existía el siglo pasado: desinformación. Una era de falsas noticias. Una era en la que es posible crear vídeos falsos en los que la impostura del personaje y de su voz están tan bien hechos, que no puedes discernir lo real de lo artificial. Una era en la que internet nos proporciona un buffet libre de justificaciones de todo tipo y para todo tipo de creencias.

Una era en la que el periodismo persigue el clic en lugar de la verdad o la noticia.

Una era paradójica en la que te puedes “informar” con un solo clic pero resulta prácticamente imposible llegar al origen de ninguna noticia para comprobar su veracidad. Y eso si llegas siquiera a tomarte la molestia de intentarlo.

En una era así, efectivamente, todo depende de a quién decides creer. Hay miles de posibilidades a tu disposición y tú eliges. Puedes creer incluso que la Tierra es plana en contra de toda evidencia.

Para más inri, los algoritmos de las redes sociales fomentan nuestras burbujas personales mostrándonos más de aquello que nos “gusta” o nos “disgusta” con tal de que nos haga reaccionar, lo que nos puede ofrecer una sensación irreal de llevar razón.

Parece una locura pero, si lo miras fríamente y desde una perspectiva más elevada, esta situación puede ayudarte a darte cuenta de que, en efecto, “la verdad no existe”. Si utilizamos esta toma de consciencia en positivo, a lo mejor dejamos de pelearnos por defender cada uno nuestra verdad y empezamos a plantearnos qué es lo que lleva a cada uno a creer lo que cree.

Esto nos coloca en una posición de lo más incómoda. Es como si ya no existiera tierra firme bajo nuestros pies en ningún sitio. Todo el terreno se vuelve pantanoso e inseguro. Aquello que te resultaba escrito en piedra e inamovible, resulta que no lo es tanto.

Estar en esa incertidumbre no es nada fácil y puede llevarnos fácilmente a la violencia. Nuestra historia lo demuestra.

Desde esta posición de incertidumbre somos más vulnerables que nunca a la manipulación porque esa incertidumbre es tan incómoda que “nos vendemos” a cualquiera que nos ofrezca un atisbo de certeza sin siquiera cuestionarla. Lo único que queremos es salir de terreno pantanoso y, a ser posible, teniendo un chivo expiatorio claro que cargue con la culpa.

Uffff. Qué tranquilidad da haber encontrado un culpable ¿verdad? Aunque sea mentira.

Nos resulta muy cómodo vivir con certezas y nos cuesta muchísimo abrir los ojos a determinadas verdades porque es muy doloroso reconocer una equivocación. Antes de reconocer la posibilidad de estar equivocados en nuestra creencia, somos capaces de eliminar por completo cualquier vestigio de evidencia que la ponga en riesgo.

Haremos lo que sea con tal que de no se nos desmonte nuestra creencia. Somos capaces de torturar, de matar, de hacer la guerra y de llegar al genocidio con tal de tener razón, defendiendo una creencia que muchas veces ni siquiera nos hemos llegado a plantear.

¿Y si vamos más allá de la mente y sus creencias? Supondría una verdadera revolución empezar a vivir la vida de otra manera.

A lo mejor la pregunta clave no es si soy o no una oveja sino “¿a qué rebaño pertenezco?” y, sobre todo “¿qué puñetas hago yo en un rebaño?”

A lo mejor podemos seguir siendo seres humanos sociables y gregarios sin vendernos a los pastores que intentan enfrentar unos rebaños contra otros.

A lo mejor podemos utilizar esta coyuntura para dejar por fin de jugar a las ovejas.

 

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