enero 13

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El perdón

Hoy he leído algo que me ha vuelto a traer a la mente el tema del perdón.

Entiendo que no todo el mundo resonará con esta forma de verlo, pero de todos modos te la comparto, por si te apetece darle una oportunidad y hacer algún experimento.

A ver por dónde le meto yo mano a esto…

Estamos acostumbrados culturalmente a poner siempre las culpas fuera. A buscar culpables y chivos expiatorios, tanto a nivel individual como a nivel colectivo. Es como si, con solo colgarle a alguien o algo el sambenito de la culpa, pudiéramos respirar tranquilos. Le dejamos al culpable todo el muerto de la culpa (que pesa, de ahí lo de “recaerá sobre ti el peso de la Ley”) y nosotros, como que nos sentimos más ligeros.

¿Verdad?

Pues… yo no estoy tan segura. Alimentar la hoguera de la culpa sale muy caro y es un gasto brutal de energía. No sé si esa hoguera irá a gas natural, a gasoil o a electricidad, pero caro, sale seguro.

Voy a poner un ejemplo extremo, porque los extremos se entienden mejor. Pongamos que “el patriarcado” tiene la culpa de todo. Del capitalismo, de la opresión de las clases, de la opresión de las mujeres, de la pobreza y el hambre en el mundo… de todo. La persona que piensa así, no se limita a decir “anda, qué curioso, parece que el patriarcado tiene la culpa de todo” y a seguir con su vida. No. Esa hoguera necesita alimentación continua para seguir ardiendo y alumbrando con un foco enorme la presencia del culpable para que sea “castigado”.

Al final, alimentar esa hoguera de la culpa termina consumiendo tu tiempo y tu vida porque todos tus esfuerzos terminan encaminados a justificar que el patriarcado tiene la culpa DE TODO.

Soltar eso… da miedo. Voy a ser muy bestia, pero supondría algo así como reconocer que toda tu vida has estado haciendo el gilipollas alimentando esa hoguera. No es nada fácil. Además… ¿cómo vas a dejar al culpable sin castigo?

Sea como sea, haciendo esto, estás poniendo el foco de todo FUERA. Fuera de ti. Al culpar de todo al patriarcado, le estás dando tu poder. Estás todo el tiempo alimentando al sistema, aunque tú creas estar siendo anti-sistema. Y te estás poniendo en el lugar de la víctima indefensa, con lo que eso desempodera.

Pero claro, ¿cómo vas a perdonar tantas atrocidades? ¿Se va a quedar tanto crimen sin castigar?

Una vez más, estas preguntas nos indican que seguimos con el foco puesto en el afuera.

Perdonar no tiene nada que ver con castigar o dejar de castigar sino simplemente con dejar de alimentar esa hoguera. Con recoger tu energía y empezar a utilizarla para ti, para tu vida. Con dejar de cargar con el peso de la condena. En el ejemplo, tendría que ver con dejar de gastar energía contra el patriarcado y ponerla en empezar a crear otra cosa diferente, libre de las taras que ves en ese sistema.

Esto es algo difícil de entender, hay que vivirlo. Y no es fácil. Pero puede merecer la pena.

Sostener la acusación de otro como culpable, pesa. Pero no le pesa al otro. Al otro le da igual que tú le condenes y le consideres culpable… es a ti a quien pesa todo esto. Eres tú quien gasta energía buscando motivos para justificar esa condena.

Condenar sale muy caro, aunque no te des cuenta. Sostener el rencor hacia algo pesa un montón y consume todas tus energías en luchar contra algo, en lugar de utilizarlas de manera creativa para crear otra cosa. Y además, a veces, alimenta el sistema o al condenado porque le das atención, energía y poder.

Perdonar no es más que soltar todo esto y volver a ti. Y te beneficia única y exclusivamente a ti. El otro, por bárbaro que sea lo que te haya hecho… ni se entera. Ni de tu perdón ni de tu condena. El perdón no tiene nada que ver con el otro, tiene que ver contigo.

Y efectivamente, no es nada fácil soltar esto y puede llevar su tiempo (que dependerá básicamente de nuestra resistencia a hacerlo).

La condena y la culpa son un vicio, porque te permiten seguir echando balones fuera y seguir pendiente de lo que hicieron y hacen otros. Mientras haces esto, no te ocupas de tu vida. Y ocuparse de la vida de uno y recuperar el poder de esa manera… es algo que por lo general evitamos hacer. Da miedo. ¿Y si nos equivocamos? ¿Y si el otro queda sin castigo? ¡¡ Es que mira lo que me ha hecho !!

No voy a entrar en lo de intentar ver desde dónde ocurrió lo que ocurriera, porque eso ya es harina de otro costal y levanta muchísimas ampollas. Tampoco entraré en si sostener el rencor puede causar enfermedades o no. Que cada uno haga lo que más le resuene con eso.

Y, que quede claro, tampoco estoy diciendo que los que roban, violan, matan, engañan, etc. se vayan de rositas. Para nada. Cada uno hemos de asumir las consecuencias de nuestros actos.

Pero perdonar es simplemente soltar ese peso, esa condena de estar continuamente culpando al otro, continuamente buscando razones para justificar que él tiene la culpa de todo (ya sea “él” una persona o un sistema). Soltar ese lazo que te une a tu perpetrador. Un lazo que, al seguir sosteniéndolo, te convierte de alguna forma a ti en perpetrador de ti mismo como víctima y que genera cada vez más y más dolor, rabia y rencor. Y más peso. ¿Qué necesidad tienes de seguir haciendo eso? Perpetuar algo así te impide avanzar, te quedas atascado en ello. Y mientras, la vida pasa de largo…

El perdón te libera a ti. Y te permite seguir en paz con tu vida. No lo haces por el otro, ni por el sistema, ni por nadie. Lo haces por ti. Y no tiene nada que ver con ninguna religión.

Visto así, podría decirse incluso que el perdón es algo «egoísta».

Cuanto más grave nos parece la ofensa, más nos suele costar aplicar ese perdón. No es lo mismo perdonar un pisotón en el metro, que un asesinato, por supuesto. Pero el pisotón en el metro es un buen ejemplo…

Si eres del tipo “rencorosillo”, seguro que has experimentado (te lo digo por experiencia, que no soy ninguna santa) eso de ir todo el día reconcomiéndote con el “mira el gilipollas este, que me ha pisado y ni me ha pedido perdón ni nada, quién se habrá creído que es, desde luego… hay que ver, cómo es la gente, bla bla bla… bla bla bla… bla bla bla…”. Y luego, se lo vas contando a tu pareja, a los compañeros de trabajo y a cualquiera con el que te encuentres ese día a la mínima ocasión “mira el gilipollas de mierda este, el pisotón que me ha pegado esta mañana y ni me ha pedido perdón, desde luego, es que hay que ver cómo es la gente…” Y lo publicas en twitter. Y en el Facebook.

Toooodo el día dándole vueltas a un pisotón que duró ¿cuánto? ¿dos segundos? ¿Realmente merece la pena? Con ello ganas atención como víctima, claro, y buscas a los que se alineen contigo y te den la razón y también recuerden todos los pisotones que sufrieron en el metro por parte de gilipollas que ni pidieron perdón.

¿Soluciona algo? Ni mijita.

Ayyyy, pero nos mola tanto esta solidaridad victimista… Y perdonar significa soltarla, por eso nos cuesta tanto perdonar, aunque sea perdonar una chorrada como un pisotón en el metro (o sea, dejar de darle vueltas al pisotón todo el santo día).

Por cierto, la próxima vez que pises a alguien en el metro y digas “huy, perdón”, recuerda que te estás perdonando también a ti mismo, para no cargar la culpa todo el día (que algunos también somos de esos…) No es que estés pidiendo que el perdón te lo dé otro (que libre es de tirarse todo el día en plan “menudo gilipollas me ha pisado esta mañana en el metro, ¡y encima me pide perdón!”) sino que, en plan inmediato, te estás perdonando desde ya a ti mismo, que seguramente no te levantaste esa mañana con la intención de hacer daño a nadie.

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En relación a las relaciones.

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