Desaprender jugando.

Seguramente te suene a chino lo de desaprender jugando. Sobre todo lo de “desaprender”, que lo de jugar lo tenemos todos bastante integrado (aunque un poco olvidado).

Todos los niños saben jugar

Dice mi familia que, cuando era pequeña, me sentaba en la puerta de la casa de mis abuelos, en el pueblo, y no me cortaba un pelo en decirle a cualquier niño o niña que pasara por allí: “hola ¿quieres jugar conmigo?

Imagino que a ti te habrá pasado lo mismo.

jugando

No tienes más que salir a cualquier parque y observar a los niños pequeños para ver que casi todos son así.  Les importa un pimiento la raza, la edad, el estatus o cualquier otra puñeta de esas que tanto nos importan a los adultos.  Sólo quieren jugar. Con otros niños, con mascotas, con muñecos, con mayores, con una caja de cartón… incluso contigo.  😉

Se involucran al 100% en lo que estén haciendo, presentes, sea lo que sea lo que hagan (reír, llorar o patalear).

Los niños aprenden jugando.

Configuran sus cuerpos y sus cerebros jugando.

Lo cual significa que:

La forma natural de aprendizaje del ser humano es el juego.

Y no solo del ser humano.  Los perros, los gatos, los lobos…  todos aprenden sobre el estatus, la caza, la lucha y casi sobre todo, de la misma manera: jugando.  Observa a los cachorrillos de cualquier especie (sobre todo mamíferos).

Un niño puede llenar y vaciar un cubo de arena diecisiete veces y volver a llenarlo y vaciarlo otra vez como si fuera la primera (hasta que lo domina y lo deja de lado). Puede ver treinta veces la misma película sin cansarse. Puede sacarte de tus casillas pidiéndote que le leas el mismo cuento todas las noches durante un año entero (y no te saltes una coma…)

Los niños se dejan llevar por la curiosidad y la intuición para aprender.  No tienen ideas preconcebidas sobre lo que pueden hacer y lo que no.  Sobre todo en los primeros años.  Por eso los peques entre 1 y 3 años hacen esas trastadas.  Hacen lo que les divierte y les fascina, mientras les divierta y les fascine.

Así, ellos mismos eligen a qué quieren jugar (qué quieren aprender o entrenar) y cómo.  Aprenden a su ritmo, el ritmo natural de cada uno.  Ese ritmo que perdemos cuando entramos en el colegio y nos obligan a seguir todos las mismas pautas.

Afortunadamente hay ya muchos métodos de enseñanza alternativos al tradicional que tienen esto muy en cuenta.  De hecho, sistemas educativos punteros como el finlandés, basan su éxito en ese respeto al ritmo y la curiosidad de cada cual.

 

Desaprender jugando

Cuando aprendes por curiosidad y por placer, aprendes más y aprendes mejor.  El aprendizaje pasa de ser una obligación a un disfrute.

No dejamos de jugar por ser mayores, nos hacemos mayores porque dejamos de jugar.

En algún momento, de manera paulatina y sin darnos cuenta, pasamos de un inocente e infantil “hola ¿quieres jugar conmigo?” a un adulto y cargado de connotaciones “por favor, no juegues conmigo”.

¿Cuándo pasa el juego a ser algo tan negativo?

Al crecer, pasamos del aprender jugando a “la letra con sangre entra”, a aprender sufriendo, a golpe de disciplina, tesón y sacrificio, por obligación y no por gusto.

Jugar pasa a ser cosa de niños, no de adultos serios y responsables (consolas aparte). Hay que madurar, ganarse la vida, ser respetable, fuerte, racional, lógico…

Desaprender jugando

Jugar para ganar y aprender para aprobar.

Bueno… En realidad, los adultos sí jugamos.  Pero nuestros juegos suelen tener un componente competitivo: el mus, el póker, el fútbol…  La asociación juego-aprendizaje brilla por su ausencia.

No sé a ti.  A mí me condicionó mucho el paso por el sistema educativo.  Casi 20 años inmersa en el sistema “estudio-examen-titulación” me llevaron a jurar (en plan Escarlata O’Hara) que nunca jamás me metería a aprender nada más en mi vida simplemente por no pasar más exámenes.

Así de harta terminé.  Qué triste.  Porque, en realidad…

A nuestro cerebro le encanta aprender porque le encanta la novedad. 

Le chifla descubrir cosas nuevas.  Para él, la novedad es casi una adicción.  Y lo hace por puro placer, no para aprobar un examen.

 

El “aprendizaje” condicionado por nuestro sistema educativo tradicional.

Este condicionamiento es el sistema “estudio-examen-titulación” y lo tenemos muy bien instalado.  Tanto que, incluso cuando te pica el gusanillo “espiritual” o de desarrollo personal, sigues en la misma dinámica.

Inconscientemente, hay una parte de ti que espera la iluminación como el que “se saca” un título.  Compulsado y firmado por el Rey y todo (el subconsciente es así de chulo).

Así, te dedicas a hacer millones de cursos, viajes y cosas “raras”: meditación, Reiki, chakras, Registros akáshicos, India, Machu Pichu, Egipto…  Lees todos los libros y vas a cuanta conferencia se pone a tiro. Venga ayunos, venga cantos de mantras, venga retiros, venga sanaciones.  Un poco como si acumularas créditos académicos.

Pero la cosa no funciona así.  Y llega un momento en que te das cuenta de que llevas años coleccionando formaciones y conocimientos y no has cambiado casi NADA.  Ni has llegado a la iluminación, ni al Nirvana, ni leches.   Sigues igual de ceporra y cayendo en lo mismo de siempre.

A veces te desesperas y te dan ganas de mandarlo todo a la porra.  Pero sigues acumulando créditos como para siete doctorados, porque es lo que estás acostumbrado a hacer.  Porque hay algo que te sigue impulsando.

Y es posible que te des cuenta de que, en realidad, en tiempos de Buda todos estos cursos no existían.

¿A ver si va a ser que tampoco hacen falta?

No digo que no molen.  Ni que no sirvan para nada.  De hecho, yo sigo aprendiendo porque me encanta.

Pero hay veces en que me plantego ¿para qué puñetas buscar tanta iluminacion ni tanta gaita si sigo siendo igual de desgraciada en mi vida “normal”?

De aprender a desaprender.

Y un día, así como por casualidad, te encuentras con que hay gente que dice que no hace falta que le metas más conocimientos a tu mente, que ya estás iluminado, que sólo tienes que darte cuenta de que lo estás, que eso sólo es posible en el aquí y ahora, y que a lo mejor lo que te toca es: “desaprender”.

 

O sea: ¿Peeeeeeerdona?

Oiga, que todo el tinglado de educación que tenemos montado es para “aprender”, que de “desaprender” no hay nada en ninguna parte… ¿Cómo coñññññio se hace eso? (Perdón por el taco, es fruto de la intensidad del momento).

Entras en el típico blucle-barrena mental: “¿Y entonces? ¿Las meditaciones, las sanaciones, la energía? ¿Los diplomas? ¿Mi gurú? ¿Mi maestro? ¿A dónde voy? ¿Cómo que dentro? ¿Que aquí y ahora ni qué ocho cuartos? ¿Eso dónde está? ¿Cómo se llega? ¿Y cómo sé lo que tengo que desaprender? ¿Cómo? ¿Eh? ¿Cómo? ¿Pero no era el llegar a la iluminación la que lo iba a solucionar todo?

Hala… A cambiar el destino en el GPS otra vez.

Porque claro, si lo de “aprender” en lo espiritual tiene ya su tela de por sí (que Maestros hay muchos, pero discípulos que “lleguen” no hay tantos, ahí hay algo que no cuadra), lo de “desaprender”, ya ni te cuento.

¿Cómo se desaprende?

Tú te apuntas a una academia de idiomas para aprender inglés, y te enseñan inglés.  Puedes ser más o menos hábil con los idiomas, pero te lo enseñan. Te apuntas a una academia de baile para aprender ritmos latinos, y te enseñan salsa.  Pero…

¿A qué “desacademia” te apuntas para “desaprender” si ni siquiera sabes qué es lo que tienes que desaprender?

Que OJO, desaprender y olvidar no son lo mismo.  Ni mucho menos.

A todo esto, el nivel de respuesta mental suele ser más o menos el que sigue:

Vamos, que ni repajolera idea ni del qué ni del cómo.

¿Qué es desaprender en realidad?

Cuando te metes un poco más en profundidad en el asunto del “desaprendimiento” te das cuenta de que se trata de dar con creencias limitantes y cosas así, que te están jodiendo la vida sin que te estés dando ni cuenta.

Que a veces no tienes prosperidad porque algún ancestro tuyo se fundía la paga en putas, por ejemplo, y por alguna parte del inconsciente familiar se ha quedado grabada a fuego la creencia de que “mejor no ganar dinero, que mira tú la que se lía”.  Por ejemplo.

O que de pequeña te decían tanto “ay, quita, si es que no vales para nada, ya lo hago yo” que se te quitaron las ganas de intentar hacer nada nuevo por los siglos de los siglos.  Por ejemplo.

Y que son estas cositas tan lindas las que tienes que desaprender.

Aaaah, vale.

Así, en lo que te decides a darte cuenta de que ya estás iluminado, te vas entreteniendo para quitarle un poco de peso a tu vida (por ti, por todos tus compañeros de clan y por ti el primero).

Desprogramación.

Pero también te das cuenta de que algo que has aprendido y que tienes incrustado y grabado a fuego en tus caminos neuronales, a lo mejor no se desactiva así como así.  A ver, que tuviste que llenar de arena tu tarrito cuarenta veces cuando tenías dos años para aprender cómo se hacía…

De hecho, a veces 

parece más fácil desactivar una bomba de un millón de cables en el último minuto, que desactivar una creencia o cambiarla por otra.

Es como intentar borrar un video de internet: una vez subido a la nube y compartido por doquier en vaya usted a saber qué servidores, es difícil de erradicar.  Te crees que lo has borrado de Youtube pero resulta que alguien lo subió a Facebook y que diez personas se lo descargaron y que lo subieron a otra plataforma y lo enviaron por whatsapp y… ¡¡ Buf !!

Algunas creencias además son realmente capullas (de nuevo, perdón por la expresión) y no veas cómo se esconden… Sobre todo si forman parte del “patrimonio” familiar, esas suelen ser las peores.

O si están tan aceptadas en tu cultura y tu sociedad que para ti son tan naturales como el respirar y ni te planteas su existencia; están tan bien camufladas que en la vida dirías que son creencias también.

camaleon

 

Pues vale.  ¿Y cómo le metemos mano a esto?  Porque no es ni mucho menos una ciencia.  De hecho, el título del libro de Corbera “El Arte de Desaprender” no puede estar mejor puesto…  Es todo un arte.

Oye ¿y si jugamos?  Ya que aprendemos jugando… A lo mejor podemos desaprender jugando también.

Desaprender jugando.

Ya, claro, ya no tenemos tres años, no podemos jugar igual.  Pero sí que podemos sacar partido a tanto curso y tanta historia que hemos incorporado en todos estos años y hacer de ello Juego Consciente.

¿Qué diferencia este juego del que jugábamos cuando pequeños?

De pequeños, entrábamos enseguida “en situación”.  Nos bastaba un “¿valía que?” para entrar en materia.  De mayores no cuesta un poco más así que nos montamos un teatrillo en forma de escenario, disfraz, rituales, psicomagia, etc. para entrar.

Aparte de eso, de pqueños nos metíamos al 100% en el papel.  Así entraba todo al inconsciente y así nos programamos.  Ahora queremos desprogramarnos.  Así que tiene que haber un consciente, un vigilante, un observador.

  • En ese Juego Consciente hay un tú (llámale ego, personaje o llámale X) que es el que se pone a jugar en automático, mediante un teatrillo, un ritual, una meditación, una acción…
  • Pero también hay otro tú “de guardia” y vigilante (llamale observador, conciencia o llámale X’), que va a tomar nota de todo lo que esa acción lleva detrás.  Este, el que está “de guardia” y siempre atento y vigilante es el que marcará la diferencia y nos ayudará a “pillarnos” (si nos dejamos) en programas, creencias, comportamientos aprendidos, emociones guardadas, etc.

Sí, pesado, te lo puedes imaginar así, mira que eres friki…  (Se lo digo a mi subconsciente).

Mi subconsciente es la hostia, de verdad.  Jajajaja.  No te pierdas la letra de la cancioncilla de marras, por lo menos el principio.  ¡¡ Te juro que no tenía ni idea hasta que no me he metido en el Youtube a buscar el video !!

“Some people stand in the darkness
afraid to step into the light”

(Alguna gente se queda en la oscuridad, con miedo de dar un paso hacia la luz).

 

Me parto.

Pues eso.  Que si te vienes a jugar.  Tenemos todo un Bosque Mágico para nosotros, podemos jugar a cualquier cosa.  😉

¿Are you ready?  “Don’t you worry, it’s gonna be alright…”

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