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Comparación y autoreferencia. 

 noviembre 16, 2020

By  Mariluz Ortega

Preparando las Consejas de hoy me he dado cuenta de algo curioso y es de cómo el hábito de compararnos nos saca de la autoreferencia.
Es habitual que nos acostumbremos a ser comparados con otros desde que somos pequeños: que si ya podrías estudiar tanto como tu primo pepito, que si ya podías ser tan ordenada como tu hermana, que si mira qué bien se le da el atletismo a tu vecina… Yo he llegado a pensar en algún momento que mis padres hubieran prefierido tener a cualquier otro niño del mundo mundial como hijo en lugar de a mí, simplemente por estas comparaciones.

Si, como yo, tienes una tendencia natural a mirar solo lo que te falta, esto te puede llevar a no ver nada bueno en ti y a sentir que no tienes espacio en el mundo, a que no existe lugar para ti. Y eso, encillamente, no es verdad.

El hábito de compararnos con los demás que adquirimos como herencia de nuestros padres (seguramente porque ellos también se criaron en la comparación), es algo que dejaremos también en herencia a nuestros hijos si no lo corregimos de alguna manera.

Es curioso que nos den un manotazo en la mano cuando nos metemos el dedo en la nariz (porque es una costumbre muy fea) pero que no hagamos lo mismo con la comparación, que es más fea todavía y tiene efectos mucho más dañinos. Es un vicio como otro cualquiera y es muy difícil de quitar. Peor que dejar de fumar.
Uno de los mayores problemas de esta comparación aprendida desde la cuna es que te acostumbra a buscar referencias fuera. Buscas siempre “ser como… x” porque eso es lo que te enseñan. Esto se te mete en los circuitos neuronales y sigues haciendo lo mismo a medida que vas creciendo e incluso cuando eres mayor. Se puede traducir en “tener lo mismo que x” y, por supuesto, en pura y dura envidia, a la par que en una autoestima que brilla por su ausencia.

Darle la vuelta a esta tendencia me parece ahora mismo como colocarte en un lateral de un buque transatlántico e intentar darle la vuelta a golpe de pedaleo, como el que agarra un flotador con las manos en la piscina y se dispone a hacer largos tirando de pierna. Pero se puede. Es cuestión de prestar atención y darle un manotazo a tu mente cuando te pilles en la comparación. Hasta que consigas darle la vuelta al barco y dirigirlo a la autoreferencia.

¿A qué me refiero con la autoreferencia? A algo muy sencillo pero que, por falta de práctica, tal vez no nos parezca fácil: a conocernos a nosotros mismos. A saber qué se nos da bien y reconocerlo. A saber lo que nos gusta y lo que no. Lo que queremos hacer y lo que no. A aprender a cuidarnos desde el amor a nosotros mismos. A SER NOSOTROS MISMOS y a hacer así, del mundo, un lugar más variado y rico.

A lo mejor dar la vuelta al barco a puro golpe de pierna es imposible, pero seguro que en algún lugar del barco hay una escalera y podrás subir a la sala de máquinas, localizar el timón y dar media vuelta. Si no sabes, alguien te podrá enseñar. Llámalo “la vida”, llámalo “terapeuta”… O llámalo X pero ¡¡ por dios, sube a esa escalera !!

Ojalá tu barco sea un barquito de papel, una canoa o, como mucho, una barquita remera.

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