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Cómo funciona una sesión de tarot I 

 noviembre 13, 2020

By  Mariluz Ortega

No llevo ni la mitad del reto de escribir un artículo diariamente durante un mes y ya me he quedado sin temas… No sé yo si esto me estará sirviendo de mucho, pero aquí sigo. Y hoy voy a empezar a desgranar algo que tengo pendiente desde hace la torta: explicar (desde mi entendimiento) cómo rayos funciona una sesión de tarot.

Ni son mis manos ni es mi tarot, pero me parece precioso, si lo localizo, me lo agencio.

1. Empezaré desmitificando eso de que los echadores de cartas no son más que unos aprovechados que lo único que hacen es sacar partido de sus dotes de observación para sacarles los cuartos a los incautos de turno que se dejan embaucar por sus cantos de sirena.

Te puedo asegurar que debo de ser uno de los seres menos observadores del mundo mundial. Así que, o soy la excepción a la regla, o lo del tarot es otra cosa.

De verdad, que yo tengo que ver como 4 veces a una persona para reconocerla por la calle… y, si he quedado contigo y nos hemos tomado un café, no me preguntes qué llevabas puesto porque dudo mucho que me haya fijado salvo que me llamara poderosamente la atención. Soy nula analizando a la gente por sus posturas o por lo que lleven puesto, por cómo llevan el bolso o por cómo se maquillan o se arreglan el pelo.

A lo mejor hay gente que echa cartas y es muy observadora y lo aprovecha (y bien que hace), pero hay cosas que salen en una sesión de tarot que no se pueden deducir de ninguna observación por muy observador que seas.

2. Puestos a desmitificar… esto no es una ciencia; es un arte.

Con lo mental y científica (aunque no lo parezca) que soy yo, tenía la ingenua impresión de que había una especie de correspondencia directa cartas-significados. Una especie de maravilloso diccionario tarot-español que te ayudaría a dar respuesta a todas las preguntas posibles.

Ya te puedes imaginar… que no.

Y eso es algo que no se le hace a alguien tan mental como yo. Resulta muy frustrante.

Entiéndeme, que cuando yo me asomé al tarot estaba acostumbrada a las matemáticas y a resolver ecuaciones. Y claro, no es lo mismo para nada. Tú te pones a hacer una derivada y, si controlas unas cuantas reglas y entiendes cómo funciona la cosa, tarde o temprano, la sacas. Pero una lectura se parece más bien a una integral: suele tener una parte indeterminada y necesitas más trucos e inspiración y mucha más práctica.

Vamos, que no hay una correspondencia directa y grabada en piedra entre cada carta y su significado. Sí que hay unas directrices que puedes utilizar cuando te atascas, pero “la chicha” sale cuando te dejas llevar más allá de eso. Por eso es un arte.

Decía mi profesora de masaje “tú apréndete muy bien la técnica y, cuando la controles, te olvidas de ella y te dejas llevar”. Pues esto es un poco lo mismo. Aunque no exactamente igual.

3. Se necesita de un contexto. Cuanto más acotado, mejor. Y este contexto se aplica en dos niveles: el de la persona y su situación y el de las cartas.

En el tarot se maneja un lenguaje simbólico y este siempre necesita de un contexto para ser entendido. Por eso, cuando echo cartas, prefiero tener delante a la persona que me consulta (mientras que en el caso de los Registros Akáshicos lo prefiero al revés y suelo hacer las lecturas a distancia y sin la persona delante).

No sé si alguna vez te has parado a pensarlo, pero el de las matemáticas también es un lenguaje simbólico. Con un significado un poco más concreto, pero simbólico también. Tú ves escrito un “2” y sabes lo que significa un 2 pero, por sí solo, te aporta poca información. ¿Dos qué? ¿Dos ovejas en una cabaña (tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada)? ¿Dos gardenias (para ti, con ellas quiero decir te quiero)? ¿Dos garrotazos? ¿Dos melones? ¿Dos millones de euros?

Ese simbolito: “2” es un concepto abstracto a nos ayuda a identificar la cantidad de algo, pero si no hay ningún “algo” que lo acompañe… por sí solo, no nos dice mucho ¿verdad?

Pues lo mismo pasa con una carta. La persona misma ya aporta un contexto, es cierto. Pero es un contexto ampliiiiiiiiiiiiísimo. Por eso es mejor hacer preguntas. Las preguntas acotan la lectura y proporcionan un contexto en el que te puedes apoyar, por mucho que luego la lectura siga sus propios derroteros.

Vaya, que si te gastas la pasta en una sesión es mejor decir “me gusta una compañera de mi oficina desde hace dos años pero no me he atrevido aún a decirle nada ¿para qué? ¿Qué me pasa? ¿Puedes echar un vistazo?” que decir “mírame el amor” y ante la pregunta “¿te gusta alguien?” responder “no, no hay nadie especial”.

Mal comparado, hacer preguntas genéricas es como ir al médico y no contarle tus síntomas. Cuando más detallados son los síntomas, más le facilitas al médico el diagnóstico. Cuanto mejor es el contexto que aportas y mejor formulada está tu consulta, más probable es que saques el máximo partido de la misma.

Por el otro lado está el contexto simbólico de las propias cartas en sí.

Tú ves una copa en una vitrina de tu casa y no te dice nada. Como mucho, puede que te des cuenta de que hace tiempo que no les das un agua o que te den ganas de ponerte un vinito, o que te acuerdes de alguien con quien te tomaste una copa hace tiempo o algo así. Cuando ves una copa dibujada en una carta de tarot, salvo que sea el de Marsella, que es el original y más complicado (al menos para mí, que soy una friki), la copa no suele estar sola y su color, su forma, su tamaño y todo lo que la rodea te suele aportar información. Información que va tomando forma en función del contexto que te aporta la pregunta del consultante y el consultante en sí.

Las cartas te sirven para ir creando una historia.

Si tienes demasiada imaginación y eres muy mental (como es mi caso) tendrás que ir acotando la historia con la ayuda del consultante. Si no es así, puedes acabar yéndote por los cerros de Húbeda con mucha facilidad.

Aprovecho para decir que yo no soy para nada profesional del tarot y que los que se dedican a esto profesionalmente sí que NECESITAN tablas para que el personal no les toree, que los seres humanos (como diría mi abuela) somos “muy cojonudos” y manipulamos hasta a los tarotistas para que nos digan lo que queremos oír. Hay que estar muy al loro para que eso no pase si te dedicas a esto profesionalmente.

4. El permiso.

Yo no utilizo el tarot en modo predictivo. Por un lado porque me parece peligroso condicionar al consultante (si alguna vez me has consultado y te ha condicoinado mi lectura, te pido disculpas, no era mi intención). Por el otro, el futuro es algo que tú vas construyendo con tus decisiones.  Se puede ver (a mí me lo han visto). Y se pueden ver, sobre todo, tendencias. Pero a mí me parece más interesante utilizarlo como herramienta, para que te ayude a tomar decisiones y, sobre todo, a ver lo que no estás viendo (a veces eso que no ves forma parte de tu sombra). Y para eso se necesita PERMISO.

El hecho de que una persona acuda a una lectura, ya es un permiso en sí. Si te piden que les eches las cartas, ya te están dando permiso para mirar. Pero una sesión de tarot te puede permitir mirar muy en profundidad ciertas cosas incómodas y, a veces, ese permiso se retira y, por mucho que mires… te das cuenta de que hay algo que se te escapa. Suele ser algo inconsciente, pero sucede. Igual que sucede con los Registros y en terapia.

5. El holograma.

La tirada de cartas es una especie de proyección holográfica simbólica de la realidad del consultante relacionada con la pregunta o situación motivo de la consulta. Como asomarse a un espejo. Por eso da igua usar las cartas que las runas que una bola de cristal, aunque los dibujitos aportan más información.  La tirada te muestra algo así como una peli o un cómic que va tomando sentido poco a poco y cuyo argumento y guión tienes que ir afinando con el consultante.

Es muy curioso que una misma tirada (las mismas cartas en la misma posición) las puedas leer con un sentido para una persona y con otro distinto para otra persona diferente en otras circunstancias. ¡¡ Exactamente las mismas cartas !! Por eso no es científico: no existe una correlación directa, la tirada necesita ser interpretada y esa interpretación es un arte.

Tú pones una maciza tumbada en un diván como modelo y no te la pinta igual Goya que Picasso que Mingote ¿verdad? Pues lo mismo pasa con el tarot. Cada tarotista hace su interpretación.

Y… hasta aquí puedo leer por hoy, que se me acaba la hora. Si se me ocurre algo más, mañana sigo.

Por cierto ¿y tú? ¿Utilizas las cartas? ¿Te encaja esto que te he contado o tú lo entiendes de otra manera? Cuenta, cuenta… que estaré encantada de leerte.

Cuéntame: ¿cómo lo ves tú?

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