Rituales cuánticos, rituales modernos.

Rituales cuánticos…   Sí, has leído bien.

Y sí, probablemente este sea otro de esos artículos que añaden el adjetivo «cuántico» a cualquier cosa, con el fin de dotarla de cierta credibilidad, modernidad y enjundia.

O tal vez no… Puede que sea un artículo de Schrödinger: no sabrás si es una chorrada o una genialidad hasta que lo termines de leer.

rituales cuánticos

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Cárcel autoimpuesta.

Hablar de cárcel autoimpuesta puede parecer absurdo, pero para mí no lo es.  Para mí es algo real. Muy real.  Porque yo llevo mucho tiempo viviendo en ella. De hecho, aún «sufro» condena.

/Modo confesión ON.

Mi propia cárcel autoimpuesta.

Me he dado cuenta de que yo soy las dos cosas: soy presa y carcelera.  De hecho, soy mi propia carcelera: no me dejo ser, no me dejo brillar… No me dejo VIVIR.

Seguramente esta situación pueda tener mil traducciones, pero mi subconsciente es así de friki y así es como me ha representado la situación, incluso en alguna Lectura de Registros Akáshicos.  Yo soy mi propia funcionaria de prisiones y mantengo a una parte de mí misma prisionera.

Y no soy cualquier carcelera, no… Soy especialmente cruel conmigo.  Como si me tuviera a mí misma retenida en un campo de concentración nazi.

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Cuando hay un conato de rebelión o un plan de fuga por parte de la encarcelada, la carcelera aplica un correctivo.  Normalmente este correctivo adopta la forma de autoboicot: un enorme, rotundo y desesperanzador «te lo dije, no lo conseguirás, no te vas a escapar, no vas a cambiar».  ¿Te suena?

Realmente no sé qué delito cometí para condenarme a mí misma a este arresto domiciliario que dura ya más de la cuenta, pero el caso es que me condené y me encadené a mí misma y así sigo.  Lo he visto un montón de veces cuando he profundizado en mi subconsciente.

Probablemente a la gente «normal», que disfruta de la vida, la goza y la adora, a esa gente positiva que tira para delante con lo que sea y que puede con todo, le suene a chino lo que estoy contando.  Pero a lo mejor tú eres también de los que tiene a una parte de sí mismo encarcelada.  Encarcelada y «hasta las pelotas» (permitidme la expresión).  A lo mejor sólo en una faceta casi insignificante de vuestra vida.  O a lo mejor, como yo, en unas cuantas y no precisamente insignificantes.

¿Cómo saber si tienes una cárcel autoimpuesta?

Seguramente sólo al leerme ya lo estarás reconociendo.  Si no lo has hecho, te dejo esto que escribí el otro día desde mis Registros Akáshicos:

«A veces sentimos que somos prisioneros de algo que no nos deja avanzar. Encadenados a un muro invisible. Rodeados por paredes fantasmas. Incapaces de movernos, presos de la parálisis, sin poder ni caminar.

Muy probablemente la causa no sea real sino una creencia limitante o algún miedo. A salir de la zona de confort, a cambiar, a lo desconocido que podemos encontrarnos… Y, o bien nos paralizamos, o bien nos estancamos en una rutina suicida, haciendo lo mismo una y otra vez, una y otra vez, uno y otra vez. Dándonos todo el rato de cabezazos contra una misma pared.

Esta situación acaba produciendo desánimo, depresión y desesperación en quien la padece.  Hasta el punto de no ser capaz de ver más allá.  La miopía se acrecienta, la visión se reduce.  Y nos cansamos de luchar.

La Tristeza y la apatía hacen mella en nosotros y nos abandonamos, perdida toda esperanza.

Cualquier intento de salir de esta situación termina resultando infructuoso y sólo genera más desesperación y más dolor.

Esperamos que algo o alguien nos eche una mano, que nos saque del pozo, y no nos damos cuenta de que, en realidad, no nos estamos dejando ayudar.  Que somos nostros los únicos que podemos liberarnos porque fuimos nosotros los que nos metimos en prisión en primer lugar.»

O a lo mejor te viene a la mente alguien a quien le cuadra esto perfectamente.  Si es así, por favor, envíale este artículo.

¿Para qué?

A lo largo de la historia no sólo se ha encerrado a psicópatas, asesinos y malhechores; también muchas buenas almas han acabado en prisión.  Por envidia, porque estorbaban a los intereses de otros, por miedo a lo diferente, o incluso para proteger un secreto, como en «el hombre de la máscara de hierro».

Los manicomios han hecho también las veces de prisiones; «protegiendo» a la sociedad de personas perturbadas que podían dañar a otros, sí.  Pero en muchas ocasiones, simplemente «retirando de la circulación» a personas incómodas, por sus cualidades o puntos de vista exóticos, incomprendidos, poco usuales, o incluso a genios.

Los muros de las prisiones protegen a los que están fuera de los que están dentro; pero también a los que están dentro de lo que está afuera (esa variable también hay que tenerla en cuenta).  Y da igual que la amenaza sea real o imaginaria; el subconsciente no entiende esas diferencias.

Puede que en algún momento de tus existencias tuvieras una experiencia traumática (o varias).  Puede que esas experiencias te llevaran a deducir y decidir que, sólo por ser como eras, resultabas un peligro para la humanidad o para aquellos a los que amabas. O tal vez que, mostrándote tal y como eras, sólo generabas conflictos, envidias, incomprensión, rechazo e incluso muerte.

La reclusión no sólo aisla elementos peligrosos de la sociedad para que no lastimen a nadie (asesinos, violadores, psicópatas varios).  También sirve para ocultar lo deforme o lo feo («El Jorobado de Notre Dame») o para «proteger» aquello que resulta demasiado hermoso o precioso para que nadie lo lastime o porque nos resulta una amenaza.

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En los cuentos infantiles tenemos mil ejemplos. Blancanieves, con su ingenuidad, juventud y belleza, resulta una amenaza para su madrastra, que la manda ejectuar.  La Cenicienta, lo mismo, su belleza se «tapa» y es condenada a trabajos forzados (como sirvienta) para que deje de brillar y así no eclipse a sus hermanastras. Incluso Elsa de «Frozen» es recluída y encerrada porque su «don» se interpreta como un peligro para otros.

La literatura infantil está plagada de ejemplos como estos.

Prisión preventiva

Es posible entonces, que decidieras encarcelarte a ti mismo, estableciendo algo así como una «prisión preventiva» voluntaria, para esas partes de ti (no necesariamente negativas, a veces todo lo contrario) que generaron tanto dolor y conflicto.  Y puede que en algún momento te sirviera: que te protegieras a ti mismo y a los que amabas, gracias a tener a raya a esa parte tuya.

Pero puede que ahora te duela (y mucho) esa prisión.  Porque las circunstancias han cambiado.  Porque son muchas vidas escondiendo esa parte de ti tan tuya.  Sientes la necesidad imperiosa de reconciliarte con ellas, de traerlas a ti de nuevo, de integrarlas en tu vida, de vivirlas.

Puede que sea el momento de salir de prisión.

Pero tienes tan arraigada la condena, que no sabes cómo.

Te asusta.  Prefieres la tortura.  Prefieres seguir en tu mazmorra.

No sabes despedir al carcelero porque el carcelero eres tú mismo y porque estas tán acostumbrado a vivir en prisión, que no sabrías cómo vivir fuera de ella.

Pero sabes que, en el fondo, ha llegado el momento de destruir los muros de esa prisión para siempre.

Que quieres volver a sentir la luz del sol en tu cara, la brisa meciendo tus cabellos.

Que anhelas LA LIBERTAD.

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Cada día que pasas en prisión, en esa prisión autoimpuesta, esa lucha entre preso y carcelero internos te desgarra por dentro hasta que no puedes más.

¿Plan de fuga?

Soy consciente de que esto es un poco raro y que no está nada bien visto.  La tortura es algo que nos repugna y esto, en muchos sentidos, es una forma de auto tortura.  Además de cierto rechazo, genera mucha incomprensión y frustración en el prójimo, que ve cómo te machacas día tras día y además te regodeas en ello.  Y no lo entienden.  No entienden tus «no puedo».  No entienden esa negatividad funesta que siempre te acompaña.

Tampoco tú lo entiendes, y eso que la lucha sucede en tu interior.

Pero esa incomprensión no evita la realidad de lo que sientes.

A veces utilizas planes de fuga «sintéticos» y te «drogas».  No necesariamente con psicotrópicos.  Puede ser con comida, con televisión, con relaciones, metiéndote en situaciones peligrosas… Cualquier cosa que te permita «evadirte» y no sentir tus cadenas.

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Sabes que no sirve.  Cuando vuelves a la dura realidad, vuelves a sentir los grilletes, la angustia…

Llega un momento en que dejas de evadirte y lo sientes con toda su crudeza.  Te enfrentas a ello.  Y aún así, nada cambia.

Porque ya no es cuestión de «darse cuenta»; es cuestión de DECIDIR, de darte la LIBERTAD.  De dar la condena por terminada.

Absolución

Sí.  Siento que se trata de eso: de perdonarte, de darte la absolución.

Al fin y al cabo, el origen de todo esto es un juicio: una percepción errónea que tuvimos de la realidad, en la que nos juzgamos de determinada manera.  Ese juicio desembocó en condena, en castigo.  Y eso es lo que estás viviendo.  Pero ¿es necesario que ese castigo y esa condena sean eternos?

¿Te resuena?  ¿Te sientes así ahora mismo en alguna faceta de tu vida?  ¿Sientes que, por mucho que hagas, por muchas terapias a las que asistas, por muchos consejos que te den, no terminas de salir de ahí (en el fondo porque no te da la gana)?  Yo, sí.

Por eso se me ha ocurrido un curso «de los míos» en el que vamos a escenificar esto para sentirlo, para ponerlo fuera, para darle forma.  Y para, así, darnos la oportunidad de dejarlo marchar.  De certificar nuestra libertad.

No sabía qué fecha ponerle y el otro día me apareció la perfecta: el 28 de diciembre.  Sí, el día de los INOCENTES.

Se trata de hacer «entender» y aceptar a nuestro subconsciente que la condena ha terminado.  Para que podamos «liberar» nuestros dones por fin y compatirlos con el mundo.  Ya es hora.  ¿Vienes?

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Príncipes azules y dónde encontrarlos.

Podría ser el título de la nueva peli inspirada en la saga de Harry Potter… Total, son casi tan esquivos como los animales fantásticos.  😉

Saber quién es tu príncipe azul con todo lujo de detalles, debería darte las pistas que necesitas para averiguar dónde encontrarle.  ¿Verdad?  Se supone…

Y aún así, casi todas somos conscientes de que, respecto a nuestro príncipe azul, lo más posible es que terminemos tal que así:

 

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Desaprender jugando.

¿Te imaginas que pudieras desaprender jugando?

Nos pasamos la vida acumulando conocimientos, pero eso no nos hace necesariamente más felices.  De hecho, a veces esos «conocimientos» nos limitan más que nos liberan.

Para rizar el rizo, hay aprendizajes (la inmensa mayoría) que no hemos realizado conscientemente.  Los instalamos de pequeños, como si fueran programas automáticos, y ya ni nos acordamos de que están ahí.

Algunos de estos «programas» nos molestan e inscluso nos duelen pero, si ni siquiera sabemos que están ahí, no podemos hacer mucho para desinstalarlos.

¿Y si el juego nos pudiera ayudar con esto?  Es la herramienta natural que utilizamos para aprender, ¿podría servirnos para hacer el camino contrario?

Por un lado, nos puede servir de pantalla para ver lo que llevamos programado y tomar consciencia de ello.  Por el otro, al ser una herramienta natural de aprendizaje, nos puede ayudar a reprogramarlo.

¿Te imaginas?  Es una hipótesis que tengo pero, si estoy en lo cierto…  ¡Ya estamos tardando!  ¿Qué hacemos que no estamos jugando ya?  😉

Te cuento cómo lo veo y por qué pienso que necesitamos desaprender algunas cosas..

Todos los niños saben jugar

Dice mi familia que, cuando era pequeña, me sentaba en la puerta de la casa de mis abuelos, en el pueblo, y no me cortaba un pelo en decirle a cualquier niño o niña que pasara por allí: “hola ¿quieres jugar conmigo?

Imagino que a ti te habrá pasado lo mismo.

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No tienes más que salir a cualquier parque y observar a los niños pequeños para ver que casi todos son así.  Les importa un pimiento la raza, la edad, el estatus o cualquier otra puñeta de esas que tanto nos importan a los adultos.

Sólo quieren jugar. Con otros niños, con mascotas, con muñecos, con una caja de cartón… incluso contigo.  😉

Se involucran al 100% en lo que estén haciendo.  Están 100% presentes, sea lo que sea lo que hagan (reír, llorar o patalear).

Los niños aprenden jugando.

Configuran sus cuerpos y sus cerebros jugando.

Lo cual significa que:

El juego es una forma natural de aprendizaje.

Y no solo del ser humano.  Los perros, los gatos, los lobos…  todos aprenden sobre el estatus, la caza, la lucha y sobre casi todo de la misma manera: jugando.  Observa a los cachorrillos de cualquier especie (sobre todo mamíferos).  Aprendemos jugando y practicando.

Un niño puede llenar y vaciar un cubo de arena diecisiete veces y volver a llenarlo y vaciarlo otra vez como si fuera la primera, hasta que lo domina y lo deja de lado.

Los niños se dejan llevar por la curiosidad y la intuición para aprender.  No tienen ideas preconcebidas sobre lo que pueden hacer y lo que no, sobre todo en los primeros años.  (Por eso los peques entre 1 y 3 años hacen esas trastadas).

Hacen lo que les divierte y les fascina, mientras les divierta y les fascine.  Ellos mismos eligen a qué quieren jugar (qué quieren aprender o entrenar) y aprenden a su ritmo, el ritmo natural de cada uno.

Cuando aprendes por curiosidad y por placer, aprendes más y aprendes mejor.  Enfocado así, el aprendizaje es más un placer que una obligación.  Un juego.

 

Desaprender jugando

 

Peero… Hay algo que diferencia a los humanos del resto de animales: los humanos son los únicos con capacidad, vocación y conciencia de ENSEÑAR.

Los cachorros (humanos y no humanos) aprenden jugando, por observación e imitación.  Pero solo los humanos tenemos conciencia de enseñar y además somos estupendos organizando.

Así que, un día, en lugar de enseñar según los cachorros lo van pidiendo, nos inventamos los colegios y pasamos a enseñarles a todos lo mismo y al mismo tiempo.

En ese momento, el aprendizaje dejó de ser un juego divertido y el juego acabó siendo relegado al olvido.

[taq]No dejamos de jugar por ser mayores, nos hacemos mayores porque dejamos de jugar.[/taq]

En algún momento, pasamos de un inocente e infantil “hola ¿quieres jugar conmigo?” a un adulto y cargado de connotaciones “por favor, no juegues conmigo”.

¿Cuándo pasa el juego a ser algo tan negativo?

Jugar pasa a ser una tontería, algo superfluo, cosa de niños, no de adultos serios y responsables (consolas aparte). Hay que madurar, ganarse la vida, ser respetable, fuerte, racional, lógico…

Desaprender jugando

De aprender jugando, pasamos a jugar para ganar y aprender para aprobar.

Más que jugar, los adultos compiten (mus, el póker, fútbol…) o se entretienen (monopoly, parchís, oca…)  Salvo la interacción social, no hay mucho aprendizaje en ese juego.

El aprendizaje queda relegado a determinadas instituciones (colegios, institutos, universidades y academias) que son las que certifican tus conocimientos.

No sé tú.  Yo terminé harta.  Después de 20 años inmersa en el sistema “estudio-examen-titulación”, juré (en plan Escarlata O’Hara) que nunca jamás me metería a aprender nada más en mi vida simplemente por no pasar más exámenes.

Qué triste.  Porque, en realidad…

[taq] A nuestro cerebro le encanta aprender porque le encanta la novedad.  [/taq]

Le chifla descubrir cosas nuevas.  Para él, la novedad es casi una adicción.  Y lo hace por puro placer, no para aprobar un examen.

Nuestro «aprendizaje» condicionado.

Este condicionamiento es el sistema “estudio-examen-titulación” y lo tenemos muy bien instalado.

Tanto que, incluso cuando te pica el gusanillo “espiritual” o de desarrollo personal, sigues en la misma dinámica:  inconscientemente, una parte de ti espera conseguir la felicidad o la iluminación como el que «se saca» un título.

En alguna parte de nuestra programación queda escrito que para llegar a algo en la vida, lo más importantes es SABER.  Tener conocimientos.  Y títulos, muchos títulos.  Cuanto más, mejor.

Así, te dedicas a hacer millones de cursos, viajes y cosas «raras»: meditación, Reiki, chakras, Registros akáshicos, India, Machu Pichu, Egipto…

Lees todos los libros y vas a cuanta conferencia se pone a tiro. Venga ayunos, venga cantos de mantras, venga retiros, venga sanaciones.  Un poco como si acumularas créditos académicos.

¿Es el conocimiento la clave de todo?

Llega un momento en que te das cuenta de que llevas años coleccionando formaciones y conocimientos y ni has llegado a la iluminación, ni al Nirvana, ni leches.   Sigues igual de ceporra y cayendo en lo mismo de siempre.

A veces te desesperas y te dan ganas de mandarlo todo a la porra.  Pero sigues acumulando créditos como para siete doctorados, porque es lo que estás acostumbrado a hacer.

Hay algo que te sigue impulsando a buscar.  Y, como la costumbre (o el condicionamiento) que tenemos es buscar conocimientos, pues te sigues metiendo a cursos y a leer como un poseso.

Pero… Espera.

En realidad, en tiempos de Buda todos estos cursos no existían.

¿A ver si va a ser que tampoco hacen falta?

No digo que no molen.  Ni que no sirvan para nada.  De hecho, yo sigo aprendiendo porque me encanta.

Pero a veces me planteo si estorban más que ayudan porque mucha teoría, mucha teoría…  pero en mi vida, nada cambia.

De aprender a desaprender.

Un día, así como por casualidad, me encontré con un concepto curioso:

No hace falta que le metas más conocimientos a tu mente, ya estás «iluminado».  Sólo tienes que darte cuenta de que lo estás y eso sólo es posible en el aquí y ahora.  A lo mejor lo que te toca es: “desaprender”.

 

O sea: ¿Peeeeeeerdona?

Oiga, que todo el tinglado de educación que tenemos montado es para “aprender”, que de “desaprender” no hay nada en ninguna parte… ¿Cómo coñññññio se hace eso? (Perdón por el taco, es fruto de la intensidad del momento).

Entré en el típico blucle-barrena mental: “¿Y entonces? ¿Las meditaciones, las sanaciones, la energía? ¿Los diplomas? ¿Mi gurú? ¿Mi maestro? ¿A dónde voy? ¿Cómo que dentro? ¿Que aquí y ahora ni qué ocho cuartos? ¿Eso dónde está? ¿Cómo se llega? ¿Quién me lo va a enseñar? ¿Cómo sé lo que tengo que desaprender? ¿Cómo? ¿Eh? ¿Cómo? ¿Pero no era el llegar a la iluminación la que lo iba a solucionar todo?

¿Cómo se desaprende?

Tú te apuntas a una academia de idiomas para aprender inglés, y te enseñan inglés.  Puedes ser más o menos hábil con los idiomas, pero te lo enseñan. Te apuntas a una academia de baile para aprender ritmos latinos, y te enseñan salsa.  Pero…

¿A qué “desacademia” te apuntas para “desaprender” si ni siquiera sabes qué es lo que tienes que desaprender?

Que OJO, desaprender y olvidar no son lo mismo.  Ni mucho menos.

A todo esto, el nivel de respuesta mental suele ser más o menos el que sigue:

Vamos, que ni repajolera idea ni del qué ni del cómo.

¿Qué es desaprender en realidad?

Cuando te metes un poco más en profundidad en el asunto del “desaprendimiento” te das cuenta de que se trata de dar con creencias limitantes y cosas así, que te están jodiendo la vida sin que te estés dando ni cuenta.

Algunas las instalaste de pequeño, es cierto, pero hay otras que son heredadas.

Que a veces no tienes prosperidad porque algún ancestro tuyo se fundía la paga en putas, por ejemplo, y por alguna parte del inconsciente familiar se ha quedado grabada a fuego la creencia de que «mejor no ganar dinero, que mira tú la que se lía».

O que de pequeña te decían tanto «ay, quita, que no vales para nada, ya lo hago yo» que se te quitaron las ganas de intentar hacer nada nuevo por los siglos de los siglos.  Por ejemplo.

Y que son estas cositas «tan lindas» las que te conviene desaprender.

O sea, que desaprender es algo parecido a desprogramar o reprogramar tus creencias.  Sobre todo las inconscientes, que son las más «peligrosas» porque no sabes que están ahí.

Desprogramación.

También te das cuenta de que algo que has aprendido y que tienes incrustado y grabado a fuego en tus caminos neuronales o incluso en tu genética, a lo mejor no se desactiva así como así.

A ver, que tuviste que llenar de arena tu tarrito cuarenta veces cuando tenías dos años para aprender cómo se hacía…

De hecho, a veces [taq]parece más fácil desactivar una bomba de un millón de cables en el último minuto, que desactivar una creencia o cambiarla por otra.[/taq]

Es como intentar borrar un video de internet: una vez subido a la nube y compartido por doquier en vaya usted a saber qué servidores, es difícil de erradicar.  Te crees que lo has borrado de Youtube pero resulta que alguien lo subió a Facebook y que diez personas se lo descargaron y que lo subieron a otra plataforma y lo enviaron por whatsapp y… ¡¡ Buf !!

Algunas creencias además son verdaderas artistas del camuflaje… Sobre todo si forman parte del “patrimonio” familiar, esas suelen ser las peores.  O si están tan aceptadas en tu cultura y tu sociedad que para ti son tan naturales como el respirar y ni te planteas su existencia.

Vaya, que lo más difícil de todo esto es darse cuenta de que la puñetera creencia está ahí, que suele estar tan mimetizada con el ambiente, que pasa desapercibida.

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Pues vale.  ¿Y cómo le metemos mano a esto?  Porque no es ni mucho menos una ciencia, más bien es todo un arte.

Ahí es donde pensé: ya que aprendemos jugando… a lo mejor podemos desaprender jugando también.

Desaprender jugando.

Lo sé, ya no tenemos tres años, no podemos jugar igual.  Pero sí que podemos sacar partido a los conocimientos y técnicas que hemos ido incorporando en estos últimos años y hacer de ello Juego Consciente.

¿Qué diferencia este juego del que jugábamos cuando pequeños?

De pequeños, entrábamos enseguida «en situación».  Nos bastaba un «¿valía que?» para entrar en materia y entrábamos con todo, al 100%, sin filtros.  Un niño pequeño no ve a unos señores disfrazados de Reyes Magos, ve a los Reyes Magos DE VERDAD.

De mayores puede que nos cueste un poco más hacer esto porque hemos perdido costumbre, así que nos vamos a montar nuestros teatrillos en forma de escenario, disfraz, rituales, psicomagia, etc.  Para entrar en materia.

Aparte de eso, esa capacidad de entrar al 100% en el papel que teníamos de pequeños fue justo la que posibilitó la programación.  Pero ahora queremos desprogramarnos.  Así que tiene que haber un consciente, un vigilante, un observador.

  • En ese Juego Consciente hay un tú (llámale ego, personaje o llámale X) que es el que se pone a jugar.  Un poco en automático.  Mediante un teatrillo, un ritual, una meditación, una acción…  Ese tú es que se lo va a pasar pipa volviendo a la infancia y haciendo el gamba con todo el permiso del mundo mundial.
  • Pero también tiene que haber otro tú «de guardia» y vigilante (llamale observador, conciencia o llámale Y’), que va a tomar nota de todo lo que esa acción lleva detrás.  Este, el que está «de guardia» y siempre atento y vigilante es el que marcará la diferencia y nos ayudará a «pillarnos» (si nos dejamos) en programas, creencias, comportamientos aprendidos, emociones guardadas, etc.

Dicho todo esto…

¿Te vienes a jugar?

De nada nos sirve toda esta parrafada que te acabo de soltar (gracias por leerme, valiente) si no lo ponemos en práctica para ver si funciona. Y yo sola… pues como que no.  Cuantos más seamos, mejor lo pasaremos ¿verdad?

Así que, desde mi niña interior, te pregunto ¿vienes a jugar conmigo?  Y te invito a merendar.

Nos los vamos a pasar pipa.  Y oye, si de paso tomamos consciente de algo y lo reprogramamos…  ¿Qué más se puede pedir?

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