Una civilización huérfana (de madre).

Esto de ser una civilización huerfana (de madre) es una reflexión extraña.  Me ha asaltado esta mañana.  Como tantas otras, venía yo caminando hacia El Bosque con mis Registros abiertos y me ha venido ese flashazo: somos una civilización huérfana (me refiero a la civilización occidental en general).

Me explico.

Llevamos impresos en la piel y el ADN unos cuantos siglos de monoteísmo impuesto a base de Iglesia e Inquisión.  Un monoteísimo de Dios “Padre.

Un Padre bastante autoritario, por cierto, lleno de reglas y normas: los diez mandamientos, ir a casa de Padre a comer todos los domingos y fiestas de guardar estés donde estés…

¡Y mucho ojito con transgredir algo!  El castigo puede ser eterno, que no es que te quedes sin salir una semana, es que te vas al infierno para siempre.  Por toda la eternidad.  Con un par.  Sin posibilidad de libertad condicional ni nada.

 

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El Gran Hermano del cielo.

Un padre que se lo monta tan bien que es omnipresente (que está en todas partes, vaya) y no te libras de su implacable escrutinio ni cagando (con perdón).  Seguro que tiene cámaras de videovigilancia también en el baño.  Inventó el Gran Hermano antes de crear Tele5 siquiera.

Que llega un momento en que lo tienes tan interiorizado que, en cuanto te saltas alguna norma y caes en la cuenta, sales corriendo a confesarlo.  Porque, cuando te la saltas, eres consciente de que te la has saltado “y lo sabes”.  Que el Julio Iglesias – ¡¡¡ Iglesias !!! – interno te lo dice insistentemente.

Buscas con ansiedad un confesionario de guardia a la mínima.  Para liberarte de la culpa, y también, por si hay suerte y, por pronto pago, hay rebaja de condena (que siempre viene bien, todo hay que decirlo).  Porque si al Padre le viene bien lo que has hecho (aunque en principio estuviera “mal”), te lo perdona. Que para eso es Padre y omnipotente.

Matar es pecado.  En principio.  Pero si matas “para él”… Oye, lo mismo hace la vista gorda.

Con este Dios-Padre tan arbitrario (me recuerda a algo ¿nuestro sistema político-judicial tal vez?) se ha criado nuestra civilización.  Y ha llegado un momento en que parte de la civilización ha llegado a la adolescencia (algunos ya son adultos, otros siguen en la niñez).  En esta época tan difícil, se han rebelado y empezado a pasarse por el forro tanta norma y tanta puñeta.  Es natural.  Ley de vida, que se suele decir.

Mamaaaaaaaaaaá.

Pero (y ahí es donde entraba mi reflexión)  ¿dónde está la Diosa Madre?  ¿Dónde está nuestra Madre?  Esa parte femenina de la divinidad, la madre a la que llamas cuando te haces pupita ¿dónde está?

Porque oye, que yo sepa, para dar vida hacen falta macho y hembra, hombre y mujer, femenino y masculino.  En casi todos los procesos de la naturaleza, hacen falta ambas energías para que la vida salga a delante.  Salvo que seas Sheldon Cooper y te reproduzcas por mitosis al comer demasiada comida tailandesa, que toda regla tiene sus excepciones.

Pues… va a ser que no tenemos referencia femenina.  Somos huérfanos de madre.

Mamá no está.  Ha desaparecido.  Dios Madre no existe.

O sea, que Dios Padre está más solo que la una (claro, de ahí tanta norma, estará amargado el pobre).  No se le conoce mujer.  ¿Entonces?

Vale, sí.  Estaba apretando el botón “pulse peatón” de un semáforo y en el “espere verde” me he dado cuenta de que tenemos a La Virgen María.  Una señora guapísima pero como muy lejana, muy perfecta y muy peripuesta ella, siempre con un rictus de solemnidad y sufrimiento por el mundo en general.  Muy sacrificada y muy doliente.  Muy de unos mantos de oros con bordados que cualquiera le da un niño para que eche los aires y le pote en un brocado tan precioso.

Una civilización huérfana.

No.  A la Virgen, tal y como nos la pintan, no la veo yo de madre.  De madre “de las de verdad”.

No la veo yo dándole el potito al niño, ni con la pinza en la nariz para cambiarle los pañales, ni descojonada de la risa con sus ocurrencias, ni sacándole a jugar al parque, ni diciéndole “ay, ¿quién es lo más bonito del mundo? ¿quién?” mientras le estruja los carrillos.

Es más como una tía lejana, aristocrática, ricachona y dada a las obras de caridad, que anda siempre llorando y quejándose de lo triste que es este mundo.

una civilización huérfana

Pues vaya modelo femenino que tenemos…  Todo el día llorando y sin conocer varón.  🙁  No sé tú, maja, a mí no me apetece mucho imitarlo.

Es más, si esta señora (María) es virgen ¿cómo rayos puede ser madre?  ¿Acaso somos una civilización probeta?  ¿Un experimento genético?  ¿Somos descendientes de Anakin Skywalker?  ¿Se aburrían los midiclorianos y dijeron “vamos a hacer un niño, a ver si nos sale“?

Algo me falla…  Aquí tiene que haber gato encerrado.

¿Qué le pasó a la Diosa Madre?

Me pregunto si a lo mejor esta mujer (nuestra Diosa Madre) murió de parto o algo, y Dios Padre se quedó tan tocado que no ha levantado cabeza.

Tal vez le puso los cuernos. O hizo algo tan grave que la borraron del mapa y nunca más se habló de ella (en las familias pasan estas cosas).  A lo mejor era demasiado rebelde y no encajaba.

No sé.  Nunca nos han contado la historia, pero algo raro tiene que haber.

Sea como sea, han pasado cientos de años (si no miles) y lo mismo ya va siendo hora de superarlo.

Estoy por crearle a Dios Padre un perfil de eDarling o en Meetic, a ver si se encuentra una Diosa estupenda para que por fin tengamos padre y madre.   Aunque a lo mejor Dios Padre no está ya para trotes y prefiere “abdicar” y quedarse en el papel más benevolente de Dios Abuelo y dejar que otra generación ocupe el lugar que le corresponde…

Modern family.

Con una Diosa Madre y un Dios Padre más jóvenes y modernos, que se aman, se respetan y se tratan como iguales, a lo mejor la Nueva Humanidad tiene más claro esto del amor y de la igualdad de derechos y oportunidades.

A lo mejor conseguimos un poquito más de equilibrio.

A lo mejor una Nueva Humanidad nacida en una familia que no sea tan disfuncional, tiene un poco más de éxito a la hora de cooperar y respetarse los unos a los otros y al planeta.

Eso sí, no me apetece nada que me impongan una figura divina, ni masculina ni femenina.  Esta vez tenemos que crear nosotros a la Diosa Madre y al Dios Padre, un poco en plan “democracia”, dejando hueco en nosotros a esos nuevos Femenino Divino y Masculino Divino para que a través de nosotros se manifiesten como un reflejo de lo que somos.

Ahí es nada…  ¿Empezamos?

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