Receptividad versus exigencia.

Hoy, en “femenino revenío” hablaremos de “receptividad versus exigencia”.  (A veces me siento como Coco en Barrio Sésamo).

Una de las cualidades típicas de lo femenino es la receptividad.  Insisto “güanmortaim”: cuando hablo de “femenino” no estoy hablando sólo de las mujeres.  “Femenino” y receptivo tenemos todos.  Y, cuando esa cualidad se “reviene”, pasamos a su cara B: la exigencia.

Exigencia desde el femenino de “dame y dame y dame, que ya veré yo si me das suficiente para darte” y exigencia del masculino de “vas a recibir cuando yo quiera darte, estés receptiva o no”.

¿De dónde me vienen a mí estas reflexiones?  Yo qué sé… Esta en concreto ha surgido de algo muy en boga hoy en día y que el porno refleja muy bien: la consabida frase “¡dámelo todo!”  Que lo mismo te vale para una peli de adultos que para un atraco a mano armada.

Al actor porno (que refleja algo de todos nosotros) seguramente “le ponga” que la actriz porno le diga “siiiií, dámelo todo”.  ¿A qué ego no le ensancha escuchar algo así?  Pero luego escuchas a lo masculino quejarse de que lo femenino “le deja seco”.

A ver.  ¿En qué quedamos?

Y es que, una cosa es recibir, y otra (muy distinta) exigir.

No es lo mismo “ponerse ofrecía” que “verse obligao”.

Este “dámelo todo” tiene también una cara B que genera una tensión tremenda a lo masculino, que quiere demostrar, pero que no sabe si va a poder.  Porque, además, ese “todo” del “dámelo todo” es muy genérico.  Demasiado genérico.  ¿Qué te doy? ¿La sal? ¿El ketchup? ¿Una guantá? ¿Un meneo? ¿Mi sangre? ¿La vida?  A lo masculino le gusta lo concreto…  ¡Qué estrés!

Es una trampa

Como diría el almirante Ackbar: “¡es una trampa!”

Como casi siempre, la “cara B” surge cuando no se respeta la naturaleza de la “cara A”.  Y es que, en esta, nuestra dualidad, la cara B sana de la receptividad es un “NO” como una casa.

Me explico.

No puedes estar siempre receptiva.  Si todo el rato recibes y recibes y recibes… Rebosas.  Llega un momento en que tienes que parar.  Te llenas.  No cabe más.  Además, no siempre “tienes el chichi para farolillos”.

Permitidme la referencia escatológica pero es la más clara: no puedes comer y comer y comer sin defecar.  Reventarías.  Morirías de un atasco.  (Curioso…  Ahora que lo pienso: las mujeres solemos ser más susceptibles al estreñimiento.  Qué cosas.)

No es lo mismo ser “receptiva” que tener la obligación de estar “abierta al público” las 24 horas de los 365 días del año (366 en caso de año bisiesto).

Respetando los ciclos

A veces es necesario e imprescindible estar “poco o nada receptivos”.  Para eso se inventaron los ciclos lunares, benditos sean.

Si todo el rato fuese de día o todo el rato fuese de noche, estaríamos achicharrados o congelados.  Nuestro planeta es tan habitable y tan mono en parte gracias a estos ciclos.

Respetar esos ciclos es fundamental para estar sanos.  Igual que necesitamos dormir para poder rendir cuando estamos despiertos, a veces necesitamos decir “no” si queremos ser receptivos de verdad cuando sea el caso.

Todo sería mucho más fácil si naciéramos con un cartelito de esos reversibles que se ponen en las puertas de las tiendas, que por un lado pone “ABIERTO” y por el otro “CERRADO”.  Ninguno de los dos suele ser permanente, por eso suelen ser reversibles.

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En fin, que saber decir que NO es una necesidad imperiosa para tener un “receptivo” (femenino) sano.

Apoyémonos en la biología.  El óvulo es reflejo de lo femenino ¿verdad?  Pero cuando dice que NO, es que NO.  Ya pueden ir todos los espermatozoides del mundo con pancartas y arietes, que no lo fecundan ni de coña.

Cuando un niño dice que no quiere más papilla…  No abre la boca ni aunque lo tortures.  Es más fácil abrir una caja fuerte.

Entonces ¿por qué nos forzamos a ser receptivos cuando no toca?

Respetar tu receptividad implica necesariamente respetar los momentos en los que no estás para nadie.

La Tierra también tiene ciclos

Mirando otra vez la biología o la naturaleza, la tierra también tiene sus ciclos.  Si siembras fuera de la época adecuada, probablemente tu cosecha será mucho peor que si aprovechas y siembras en el momento propicio, cuando la tierra está más receptiva.  Y no está receptiva cuando a ti te da la gana ni la puedes “obligar”.

Si una de las caras B de lo femenino receptivo es exigir; la “cara B” de la “cara B” es que se le exige a lo femenino estar receptivo SIEMPRE.  El “ven acá p’acá que te lo quiero dar todo y te lo vas que quedar sí o sí”…  No ha lugar.  Ese es un masculino “revenío”, que obliga y no respeta.

El “receptivo” femenino suele tomarse como pasivo, pero no lo es.  Es un receptivo que nutre, que aporta, que enriquece.  (Un “femenino Avecrem”, dice mi subconsciente friki).  Recoge, contiene, reconforta, arropa.  Pero si abusas de él, igual que si abusas de una tierra sembrando y sembrando sin parar… Se agota.  Deja de dar fruto.  Se queda sin nutrientes.  Necesita descansar y reponerse.  Necesita cuidados.

pe07Imagínate un agricultor que se pasa los ciclos por el forro y que va a su bola.  Una noche, en pleno invierno y borracho perdido, llega a su terreno, coge unas semillas de un bote sin saber ni lo que son (calabacín), echa un puñado de ellas de cualquier manera por el terreno, y se va a dormir la moña.  Ni sabe qué ha plantado, ni riega, ni abona, ni hace nada después.  ¿Te parecería lógico que, llegado el verano, el agricultor se enfadara con su tierra y empezase a insultarla porque no le da tomates?

Pues algo así hacemos los unos con los otros.  Y nosotros con nosotros mismos.  Nos exigimos y nos exigimos sin saber qué hemos sembrado y sin habernos cuidado, dejado descanso, regado y abonado.

Querido géminis:  si un día llegas con ganas de jarana y tu mujer dice que le duele la cabeza…  ¿Te acordaste de regarla? ¿De abonarla? ¿Qué has estado sembrando?  ¿Quién está siendo exigente?

Amor ¿incondicional?

Lo femenino exigente ha perdido la naturaleza receptiva incondicional de la tierra.  Se acostumbra a recibir ciertas cosas y las exige como condición.  Es una especie de chantaje o de peaje.  Es una receptividad con cuentagotas, estudiada y calculada. Una receptividad con precio.  Como si la tierra cobrase al agricultor por sus frutos o dependiera de su total capricho el dar frutos o no.  Como una lotería.

Ejemplo.  Un día, querida sagitario, se presenta tu churri con un pedazo de ramo de rosas que te deja la cabeza rodeada de corazoncitos flotantes como en los dibujos animados.  Te pones receptiva a más no poder y lo pasáis pipa.  Y, a partir de ese, día, si no hay rosas, tu churri duerme en el sofá.  Llega un día en que las rosas no bastan, también quieres champán.  Y bombones.  Y joyas.  ¿No será que estás vendiendo tu receptividad a precio de mercado?

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El amor es incondicional.  La exigencia es totalmente condicional y arbitraria: da o no da según el capricho del momento; es un juego de poder.

En el presente

Recibir y acoger implica estar en el presente, en el aquí y ahora, chequeando lo que ES.  Exigir nos situa en el pasado o el futuro, comparando lo que es con lo que hubo, o esperando algo que podría ser o que “tendría” que ser.

Esto de estar en el presente, sin embargo, implica que las cosas pueden cambiar de un momento para el otro.  Que lo que en un principio es un “sí” porque las circunstancias parecen favorables, a los cinco minutos puede ser percibido como un “no”.  Entiendo que eso es difícil de aceptar por lo masculino, pero es así.

De hecho, seguramente la palabra más repetida en las pelis porno es “sí”.  Y el porno suele estar hecho para el masculino.  Al masculino le aterroriza el “no”, pero ese “no” forma parte de un receptivo sano.

Y “hasta aquí puedo leer”.  Me quedo reflexionado sobre esto último que acabo de escribir, lidiando con ese “NO” tan incómodo de aceptar.

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