Radio patio del Bosque

Cómo sentir más (y tal vez mejor).

Este artículo sobre cómo sentir más está especialmente dedicado a nuestro querido y expansivo Júpiter, que transita en estos meses por el intenso signo de Escorpio (un beso desde aquí para el gigante gaseoso).

Escribo esta reflexión con todo el “cariño” desde mi yonki interior, directamente al tuyo (si lo tienes, que no todos somos iguales ni tenemos los mismos peligros potenciales).  Si eres un sibarita entrenado, esto no va contigo pero puede que te ayude a comprender a los que tendemos a ser un poco yonkis.

Vamos a hablar de “la insoportable insaciabilidad del sentir“.  Me refiero a eso que nos lleva a beber, comer, fumar o follar como cosacos o a tirarnos desde un puente cada vez más alto para conseguir nuestro chute.  De adrenalina, de lucecitas, de emoción…

En la otra polaridad, lo mismo puede llevarnos a ver 4 temporadas seguidas de una serie (mi caso) para anestesiarnos y no sentir.  No nos olvidemos de que vivimos en plena dualidad y las monedas tienen dos caras.

Antes de seguir.  Sé que el título puede llevar a engaño así que, si has llegado a este artículo buscando porno, te has equivocado.  ¿O tal vez no?

Sigo.

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Una tarde de cuento.

Es lo que propongo: una tarde de cuento. Para que puedas ser consciente del cuento que te estás contando de la forma más sencilla y divertida: jugando.

No se trata de venir a un cuenta cuentos sino de crear un espacio en el que ser consciente de ese cuento que te cuentas todo el rato y, si es posible y la cosa se da, incluso cambiarlo.

¿Cómo?  Utilizando esa herramienta mágica con la que nos programaron de pequeños: los cuentos y el juego.  La época no puede ser más apropiada: se acercan las navidades y, en algún rincón de nuestro inconsciente, se nos activa la magia.

Una tarde para disfrutar y jugar, como cuando éramos niños.

¿Te imaginas la típica cabaña de película en invierno?  La chimenea encendida, el chocolate calentito en las manos, esos calcetines gorditos y gustosos mateniendo tus pies en la gloria, la nive cayendo fuera… Y tú en pijama, tan agustito, a salvo bajo tu manta más cariñosa y disfrutando del bendito calor del hogar, dejando volar la imaginación con tus historias favoritas.

una tarde de cuento
O tal vez escenificando esas mismas historias, como en el teatro, jugando a princesas, caballeros, dragones, brujas y hechiceros.  Con esa ilusión y fantasía que solo los niños poseen…

Espera.

¿Cómo que solo los niños?  ¡Y yo!  Y tú también, seguro.

No me digas que no molaría volver a sentirse así y vivir esas historias y escenificarlas, jugando.  Jugar a que eras un hada o un guerrero… un dragón que se los come a todos..  ¿O tal vez un pirata? ¡O un jedi!

¿Sabes qué?  Que, de alguna forma, ya lo hacemos.

Cada uno tenemos nuestro cuento:

Esa historia que nos contamos una y otra vez y que acabamos viviendo y repitiendo día tras día sin ser conscientes de ello.  Eso sí, no siempre es un cuento de hadas, a veces estos cuentos que nos contamos son auténticas pesadillas.  Te pongo unos cuantos ejemplos:

Imagínate que llevas… no sé ¿30 años? siendo la Bella Durmiente.  Y que resulta que, al más puro estilo isla desierta en mitad del océano, no estás en ruta de ningún barco/príncipe encantador que venga a despertarte con un beso.  Tic tac tic tac tic tac… el tiempo pasa, princesa, y no hay ni rastro de príncipe encantador en millas a la redonda… ¿vas a seguir durmiendo?

una tarde de cuento

O tal vez estás jugando a Blancanieves sin saberlo y te pasas la vida muerta de miedo y dejando de brillar para el mundo, no sea que despiertes la envidia de alguna madrastra malvada y le dé por arrancarte el corazón.

O puede que seas un príncipe encantador buscando rescatar a una princesa en un reino feminista donde eso de ir salvando princesas no está precisamente bien visto porque vienen todas “salvadas” ya de casa.

¿No te gustaría descubrir cuál es tu cuento?

Porque, lo creas o no, así de “puñeteros” pueden llegar a ser nuestros cuentos.  Lo peor es que… si no sabes qué cuento te cuentas ¿cómo lo vas a neutralizar?  Para eso abro este espacio mágico en nuestro Bosque: para que puedas ser consciente de qué cuento te estás contando de forma sencilla y divertida: JUGANDO.

Como broche de oro, jugaremos también para actualizarlo o neutralizarlo, para cambiar la historia o tal vez para reescribir el final, quién sabe…

En resumen:

¿Te vienes a jugar conmigo?

Te convoco a las cuatro.
Haremos un descanso sagrado: la MERIENDA (que corre de mi cuenta).


Y seguiremos jugando hasta que nos cansemos (calculo que a eso de las ocho, aunque dependerá de cómo lo sintamos).

Como es una actividad “Beta” (es mi primera vez), el precio inaugural lo he dejado en 10 euretes.  Con merienda y todo.

Cuando acabemos, como siempre, iremos a tomar algo a nuestra taberna mágica favorita: el mesón del Águila, a dos pasos del Bosque.  Tienen una cerveza estupenda y unos vermuses de grifo… épicos.  Por no hablar de su cocina.  😉

Espero jugar contigo pronto.  Ojalá en el próximo encuentro.

(Por cierto, creo que no te lo he dicho… ¿sabías que jugar es mágico?  No te lo creas, ven a comprobarlo).

 

Me duele la realidad. Me duele la 3D.

Y no me refiero a ninguna vértebra dorsal.  Me refiero a la pura y cruda realidad.

Cuando estoy reventada tiendo a utilizar expresiones del tipo “me duelen hasta las pestañas” o “me duele hasta el carnet de identidad”.  Estos días…

Me duele la realidad.

“Me duele” la matrix, la 3D.

Los incendios, la codicia, el odio, el separatismo, la insesatez, la ceguera, la intransigencia…  Me entra una extraña desesperación al pensar que no tenemos arreglo.  ¿De verdad somos tan cenutrios como Humanidad?

Esto se intensifica cuando, además, eres una personas de las que se interesa en cosas raras como la multidimensionalidad.  Tanto amor incondicional de 5D, tanto salir de la Matrix y tanta puñeta están muy bien pero  ¿cómo rayos se implementa eso en la 3D?  En la realidad material parece que estamos todos “a por uvas”… (yo, la primera).

Ayer me pasé todo el día con música de lluvia de fondo, para ver si mis ánimos inflamados se aplacaban un poco.  (Y para convocar la lluvia, que buena falta que hace).  Hoy sigo en lo mismo.

Lo de los incendios forestales provocados es algo que no puedo entender y que, desde mi punto de vista, merece la más feroz de las condenas.  Es algo que me subleva, es como si hicieran daño a mi madre, a mi familia, a algo que para mi es SAGRADO.  Me parece puro y duro TERRORISMO.  Con todas las letras.

Hoy estoy pensando que a lo mejor lo que me enciende tanto es la frustración.  La impotencia.  El no poder hacer nada mientras nuestro patrimonio natural queda reducido a cenizas.

Mirándome un poco, me he dado cuenta de que ese “no poder hacer” nada esconde en realidad un “tenéis que hacer las cosas como yo lo diga”.  Tiene que llover cuando yo diga y cuando a mí me parezca.  Se va a construir donde yo diga y vais a castigar a los pirómanos como a mí me parezca.

Avitaminosis de aceptación.

Detrás de todo esto se esconde una verdad muy incómoda: una falta total de amor y de aceptación hacia “lo que es”.  Sea como sea.  Se manifieste como se manifieste.  Al fin y al cabo, lo hemos creado entre todos.

¿Y si todo esto nos sirve para ver la incompetencia de nuestro gobierno o lo necesario de llevar a cabo estrategias de protección medioambiental?  Los seres humanos nos distinguimos por aprender a base de catástrofes (y a veces, ni por esas…)

Mira que sé que la de la aceptación es una de las 7 vitaminas más valiosas para el empoderamiento

Me duele la realidad

Pero a veces se me olvida tomarme mi propia medicina.

Para solucionarlo , me he recetado tres vitaminas de las siete, que me parecen las más adecuadas:

  • Vitamina V (aceptación) para ayudarme a aceptar lo que hay, por difícil de tragar que sea.
  • Mucha Vitamina N (neutralidad) para no posicionarme ni echar más leña a ninguno de los fuegos, que ya bastante bien arden solitos.
  • Vitamina H (en su versión de “Hacer”).  Porque la neutralidad no implica quedarse parado.  La vitamina H, además, es la que lidia con la sombra y ahora, más que nunca, toca lidiar con ella.  Si no ves dónde está la “mierda”, resulta bastante complicado limpiarla.

Quicir: lo que hay es lo que hay.  De nada me sirve agarrar una pataleta en plan niña chica.  Eso no va a cambiar nada.  Y más vale ver “lo que hay” porque es mucho más peligroso no verlo.

Si ves que algo está mal, tienes la oportunidad de esquivarlo o corregirlo.  Si no lo ves… Te lo tragas.

Aún así,  todavía me pillo con la vena hinchada a reventar y echando espumarajos por la boca de cuando en cuando.  Después de sacar la rabia como en ese momento pueda, miro en mi sombra, a ver qué me molesta y “qué es lo que me estoy creyendo”.   Y, normalmente, lo que suele ocurrir es que…

Me creo que tengo razón.

Pero razón de verdad, absoluta.

¿Acaso soy tan lista que tengo la solución para el mundo?  Va a ser que no.  Casi siempre acabo descubriendo que, en realidad, no tengo ni la más remota idea de “qué es lo mejor”.  Ni para mí, ni muchos menos para el mundo.

Ojo.  Aquí entra una de las facetas más importantes de la vitamina H:

Una vez visto y sacado a la luz lo que haya que sacar, el no juzgar o ser neutral no quita que no haga lo que tenga que hacer.  Insisto.

Protestar, manifestarme, firmar peticiones para que lleguen a quien tengan que llegar…  Aportar ideas, soluciones, lo que sea que considere alineado y coherente con mi sentir.  Sin violentar a nadie.  Sin imponer.  Simplemente “siendo”.

En cuanto se me va la pinza al imponer…  Me estoy volviendo dictadora.  Me está saliendo el fascista que llevo dentro, el tirano, el “por mis cojones”.  Y ese personaje y esa actitud ya han causado suficiente sufrimiento en el mundo.

Hitler, Musolini, Mao, Stalin…  Estoy segura de que todos ellos estaban absolutamente convencidos de que tenían razón y soluciones.

Algunas líneas son tan finas…  Las traspasas sin darte ni cuenta.  Y la línea que separa la sensación de tener la razón de la tentacion de imponerla es una de las más finas de todas.

Y yo me veo encima de la línea cada dos por tres en los últimos días.  Es tan fácil entrar al trapo…

¿Y tú?  ¿Cómo llevas todo lo que está pasando?

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Los chicos también lloran.

El movimiento feminista se queja (y con razón) de la tremenda opresión a la que se han visto sometidas las mujeres a lo largo de la historia, como resultado del patriarcado imperante.  Pero lo que pocas veces nos paramos a pensar es en si los hombres han sufrido también por culpa de este sistema patriarcal.

Y la respuesta es que sí.  Y mucho.  Incluso de maneras más sibilinas, porque se supone que “ellos” han tenido el poder, el dinero, los privilegios…  Pero todo disco tiene su cara B y el patriarcado no puede ser menos, por muy rayado que esté.

En realidad, ese poder y esos privilegios, por lo general, estaban (y siguen estando) en manos de un círculo muy reducido de personas.

La herida masculina.

Desde la perspectiva femenina, esto que os voy a contar puede resultar bastante difícil de entender.  Desde el punto de vista de las mujeres, los hombres han tenido siempre toda la libertad, los privilegios, el poder, han hecho lo que les ha dado la gana.  ¿De qué puñetas se pueden quejar?

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Honrando lo masculino.

Gracias por cuidarme, por tu protección, por tu alerta.

Gracias.

Gracias por hacer guardia en la puerta de la cueva para protegernos de los depredadores.

Gracias por arriesgar tu vida en cada cacería para que todos pudiéramos comer.

Gracias por defender nuestro territorio arriesgando tu propia vida.

Gracias por tu fuerza.  Gracias por tu coraje.  Gracias por tu arrojo.  Gracias por tu foco, por tu agudeza, por tu inteligencia.

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Más allá de la ciencia.

Vaya por delante que este artículo sobre más allá de la ciencia es de reflexión y que da para ríos de tinta, lo sé.  Sobre todo con las polémicas que últimamente han saltado a los medios de comunicación.  Lo suelto sin editar ni nada, tal y como me sale.  Porque llevo mucho tiempo reteniéndolo.

¿Otra manifestación del patriarcado?

La ciencia es el dominio de la razón y de lo empírico.  Del hemisferio izquierdo.  De lo masculino.

Del patriarcado.  (Y no, no me vengas con lo “ya salió la feminazi”, que no van por ahí los tiros).

Surge como opción para zafarse del omnipresente poder de la Iglesia para meterse en todo.  Y tiene su función.  Y esa función f(x) es estupenda.

Peeeeeeero…  Al correr de los siglos hete aquí que la Iglesia va perdiendo fuelle y ¿quién ocupa ese espacio?  Sorprendentemente, la ciencia.

Si en la Edad Media todo aquello que contradijera las leyes de la Iglesia era motivo de hoguera, ahora sucede lo mismo con la ciencia.  Antes la ciencia era pecado.  Ahora lo es la espiritualidad o todo aquello que no sea tangible y demostrable y se salga del tiesto de la ciencia.

Si la ciencia no lo explica ni contempla, no existe.  Y si te crees que sí, deberías estar estar en la cárcel (lo de la hoguera no se lleva).

Amoavé, criaturicas.  Que la ciencia no lo pueda explicar solo significa eso: que la ciencia todavía no llega.  No que no exista ni que no sirva, ni que no funcione.  Solo que no sabemos cómo.  O que no sabemos por qué en unos casos sí o en otros no.  Nada más.

Más allá de la ciencia hay todo un mundo fenomenológico de cosas que suceden aunque no sepamos explicarlas todavía.

El arte.  El amor.  Otras medicinas…  La materia oscura, la energía oscura.  Un sinfín de campos en los que investigar con mente abierta.

Otras vías.

Hay otras formas de aproximarse al mundo que no son racionales ni científicas sino intuitivas, desde el hemisferio derecho.  Y no son menos válidas simplemente porque no sepamos explicarlas.

Desde tiempos inmemoriales, el hombre ha sabido utilizar las plantas para curar.  ¿Te ves tú a los indios del Amazonas haciendo baterías de pruebas en un laboratorio para saber para qué coño se usa cada planta y probando dosificaciones con cobayas?  Pues no.  Utilizaban otra vía.  Accedían a comunicarse con la planta desde otro lugar y la planta les “hablaba”.  Y la planta les decía para qué se podía utilizar y cómo.

Vía femenina.  Caótica.  Imprevisible.  Irreproducible en el laboratorio.  Pero no por ello menos válida.

Así han curado generaciones y generaciones de seres humanos a sus congéneres.  Así se ha sabido para qué funcionaba cada planta, cada cosa.  Por “intuición”.

Seguramente exista una explicacion perfectamente racional para ello.  Seguramente la información de la planta, del mineral, de todo, está ahí.  Y seguramente nuestro cerebro tiene los receptores adecuados para conectar con esa información y traducirla para utilizarla.  Lo llevamos haciendo desde siempre.  Aunque no sepamos explicar el mecanismo de manera científica (todavía).

Entonces ¿por qué excluir todo esto de nuestra vida simplemente porque todavía no sabemos explicar por qué o por qué no funciona?

El “patriarcado” (entendiendo como tal el poder absolutista de todo lo masculino en nuestra cultura y la ausencia total de valores femeninos en la misma) está instalado hasta en la medicina y en la propia raíz de nuestra forma de “pensar”.  Y de excluir todo lo que no sea “pensable” y sea más sutil que ese pensamiento y ese determinismo materialista.

Un poquito de apertura.

Porfaplis…  “Give me hueco” para la energía femenina.  Dejad que la intuición se manifieste, para que se pueda investigar después aquello que nos diga.

La ciencia y la tecnología son cojonudas para muchas cosas, pero mirad cómo tenemos el planeta.  Hecho unos zorros.  Se me abren las carnes cada vez que veo un documental de astronomía y el espacio (que me encantan) y escucho a los científicos decir que la única esperanza de la raza humana es hacer habitable otros planetas.  ¡¡¡¡ Pedazo de cenutrios, cuidemos el que tenemos, que lo estamos destrozando !!!!

¿Ves?  La energía femenina cuidaría primero de su casa.  Y luego ya, si quieres ir a explorar a otros planetas, lo haces por gusto, pero no por necesidad.  Hombre por dios…

Pero todas las civilizaciones que tenían algo de femenino han sido borradas del planeta.

Chicos, por favor (digo “chicos” pero me dirijo al lado masculino de todos nosotros), abrid los corazones y las orejas.  Qué hay “vida” más allá de la ciencia…

Muchas veces la ciencia no explica determinados fenómenos porque no busca donde debería.  Si perdió el reloj en la espesura del bosque, lo está buscando debajo de la farola simplemente porque allí hay luz.  Es difícil que lo encuentre…

La efectividad de muchas terapias no está en la medicina sino en la persona que recibe el tratamiento.  Pero claro, allí no se mira…  La “magia” está en el medicamento, en la sustancia.  Pues no. La clave está en el paciente, señoras y señores.  No en la homeopatía ni en el Reiki ni en el omeprazol ni en su puta madre (con perdón, que me enciendo).  Está en la persona.  Persona que en ningún momento tenemos en cuenta y a la que tratamos como una rata más de laboratorio a la que sacarle los cuartos con los tratamientos.

Libertad de elección.

Si a alguien le va bien la homeopatía, pues que la tome.  O si alguien prefiere los antibióticos a lo bestia (yo soy de esas, que conste), pues que los disfrute.  Y si otros prefieren sanación reconectiva, Reiki o lo que sea, pues adelante con ello.  Mientras se curen… ¿qué más da?  Cualquier otra cosa es una dictadura.  Es un “te vas a curar con lo que yo te diga, y si no te curas por mis medios, te jodes y te mueres o te aguantas con los efectos secundarios”.

Dejad que nos curemos con lo que nos más resuene, por favor.  Que no estamos en la Edad Media.  Antes te curabas “si estaba de Dios”.  Ahora te curas “si está de la ciencia”.

Cualquier medicina no científica tiene la obligacion de sanar al 100% de sus pacientes.  Como “se te muera uno” (que tenemos la mala costumbre de morirnos cuando menos conviene) vas a la cárcel de cabeza.  Porque le has engañado, no le curaste.  Como si la medicina tradicional occidental y científica curase al 100% de la gente…  Que no me cura nadie.  Me curo yo.  Déjame que lo haga como mejor sienta.

Que sí, lo sé: una apendicitis me la va a operar un cirujano mejor que nadie (benditos sean).  No reniego de los avances.  Pero tampoco reniego de otras medicinas.  De otros métodos de diagnóstico menos invasivos.  De otras formas de curar con menos secuelas.  Que para bajarte el colesterol te joden la vista.  Para que no te duela algo te joden el hígado o los riñones… Te pones a mirar los prospectos de las medicinas y no sabes si tomártelas o hacerte el hara kiri directamente.  Que te arreglan una cosa y te fastidian siete.

Si puedo encontrar una forma alternativa de curarme ¿me la vas a negar?

Francamente.  No me fío de una industria que gana dinero si la gente se enferma.  Permíteme que desconfíe de sus motivos.

De un acupuntor en la China antigua a quien cortaban la cabeza si alguien del pueblo enfermaba… Me fío.  De unos señores cuyos yates y cuentas en Suiza dependen de que la gente compre sus medicinas… Me cuesta.  Malpensada que es una.

 

El ego espiritual.

Aprovecho todo el mogollón del cogreso “Being One” para reflexionar un poco sobre las trampas del desarrollo personal.

Os dejo con Borja Vilaseca, que lo explica muy ricamente.  Lo hace con mucha gracia y desde el eneagrama, pero da igual que no sepas de qué va la vaina.  Seguro que te puedes sentir reflejado en más de una…  😉  A mí me ha pasado.