El misterio y la aventura de las relaciones.

El otro día vi un par de documentales en La2 (concretamente en “La Noche Temática”) que me dejaron un poco en shock.  Uno iba sobre la minifalda y el otro sobre la aparentemente universal fascinación de las mujeres hacia los zapatos.

Los caminos de mi mente son inexcrutables (vamos, que no los entiende ni dios) y ambos dos documentales me llevaron a la reflexión que a acontinuación os comparto.

: (dos puntos)

Lo femenino es misterioso y lo masculino aventurero.  (Y tan ancha que me he quedado).

Y, como siempre, no estoy hablando exclusivamente de mujeres cuando hablo de “femenino” ni exclusivamente de hombres cuando hablo de “masculino”.  Sólo estoy describiendo facetas de ambas energías.

El misterio

Lo femenino es lo oculto, lo oscuro, la cueva.  La noche, la Luna.  Es una energía estática, magnética.

Biológicamente, llevamos nuestros componentes sexuales “por dentro”.  (Aparte de que no hay quien nos entienda).  Vamos, que sería “lo misterioso”.  En su versión “revenía” podríamos hablar también de “morbo”.  Y la tentación, por su puesto.  (Gracias, Eva).

Y ya, si nos ponemos un velo…  Rematamos la jugada del misterio.  Que se nos vean los ojos nada más.  Para eso nos pintamos los ojos como mapaches, para resaltarlos.  Un día de estos inventarán unas pestañas postizas que  obligarán a ir al gimnasio y levantar pesas con los párpados antes de ponérselas pero, una vez las domines… ¡Imagina la seducción y el misterio!   (Esguinces de párpado aparte).

Casi todas las grandes divas del cine clásico tenían algo de misterioso.

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Las vírgenes por lo general no se aparecen en mitad de la plaza del pueblo, o en el lineal de lácteos del Mercadona.  No ¿verdad?  Se aparecen el lugares recónditos.  Y muchas veces, cerca de cuevas.  (Que llueva, que llueva, la virgen de la cueva).  Que la cueva es muy de femenino también.  Suelen aparecerse en plena naturaleza, en lugares poco transitados, en lugares Sagrados (quédate con la copla).  Lo Sagrado tiene que ver mucho con lo femenino también (por aquello del grial, que tiene forma de copa como muestro aparato reproductor).

Además, culturalmente no tenemos un buen concepto de lo femenino “ofrecío”. (De esto me he dado cuenta mientras escribía).

La cara oculta de este misterio o de tanto ocultamiento puede ser encierro la cárcel o incluso la locura (acabo de entender que la carta del tarot de La Luna indique cárcel).

Proteger algo puede derivar fácilmente (y si se te va la pinza), en encerrarlo para siempre, para que no le pase nada (una madre sobreprotectora puede tiener un efecto devastador).

La aventura.

Lo masculino por otra parte es lo luminoso, clarito, sencillo, se ve (genitales por fuera).  Es el día, el Sol, el rayo, el movimiento, el descubrimiento, el buscar nuevos territorios… Lo que viene siendo la aventura.  Es una energía dinámica, eléctrica.

Si lo femenino es la cueva (y los manantiales también, no me digas por qué, pero piensa mal y acertarás); lo masculino es la montaña.  Que lo femenino siempre piensa qué coño se le habrá perdido a nadie en la cima del Everest (¿que no tienen casa?); pero lo masculino, si no sube hasta la cima, revienta.

Ese afán tan masculino (repito, no es patrimonio exclusivo de los hombres) de explorar y de ir más allá, nos ha hecho llegar a América, aprender a hacer transplantes de corazón, encontrar la vacuna de la viruela e incluso ir a la Luna.  (Entre otras cosas).  Pero también nos ha llevado a crear armas nucleares y a dejar nuestro planeta hecho unos zorros.

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Las relaciones

Esta simplificación misterio-aventura nos permite entender algunas formas de relacionarnos.

Por ejemplo:  eso tan tópico de que al hombre le mola la consquista pero, cuando ha conquistado el territorio (a la dama en la versión relacional del tema), pierde el interés.  Y entonces tiene que conquistar a otra, y a otra, y a otra…  Y nunca es suficiente.  El síndrome de Don Juan.  Lo mismo se aplica a mujeres con un lado masculino muy activo.

Ese afán explorador se “reviene” cuando se convierte en “conquistador”.  A la fuerza, me refiero.  En cuestiones territoriales sería una conquista como la de Norteamérica: puliéndose a todo indio que estorbase, extinguiendo búfalos y sin respetar nada de lo que se encuentra.  En cuestión relacional, podría ser un coquistador (o conquistadora) compulsivo o un violador (o violadora).  El de la conquista a la depredación.

También esto de la exploración explicaría esa atracción de algunos por las chicas vírgenes, por aquello de poner los pies (bueno, no precisamente los pies) donde nadie más lo ha hecho.

El lado femenino “revenío” podría ser perfectamente lo que se conoce como “loca del coño”.  (Perdonadme, pero no conozco un término médico ni científico para denominarlo, así que recurro al chascarrillo popular).  Una de estas que te monta el pollo tomatero por cualquier cosa y, a la pregunta asustada del masculino (que no entiende nada) sobre la razón, suelta aquello de “pues tú sabrás”.

Y ¿qué hacemos con esto?

Llevamos ya demasiado tiempo con esto de la guerra de sexo.  ¿No es tiempo ya de firmar un armisticio?

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Tendemos a encasillarnos y a parapetarnos en nuestro género y en cómo es nuestro género.  Nos escudamos y excusamos en el “es que los hombres son así” o “es quelas mujeres son asao”.  Hacemos piña porque mola tener la razón (y porque entre nostros nos entendemos). Es una tendencia natural del ser humano: buscar a aquellos que te den la razón: si eres del atleti, buscas atléticos (salvo para armar bronca o meterte con otros).  Si eres de derechas, buscarás a los que piensen como tú.  Es algo que hacemos.

Las mujeres nos reunimos para ponerles a caldo a ellos y apoyarnos unas otras (porque “es lo que hay que hacer”) y, pobrecillos, ni les preguntamos cómo se sienten o qué coño les pasa.  Y a la mínima…. ¡¡ ZAS !!  Le castramos.  A mala leche.  Inconsciente muchas veces, pero a mala leche.  En lugar de honrar esa parte suya tan exploradora y buscadora de lo nuevo.

Otro tanto ellos (imagino), que simplemente aceptan que las mujeres “estamos como cabras” y que no hay quien nos entienda.  Se topan con frustraciones varias sin entender nada y bueno… No sé qué harán con ellas (las frustraciones) porque en esta vida no soy tío.

Y digo yo: ¿no será más fácil si lo hablamos?  ¿Y si nos escuchamos tranquilamente unos a otros y compartimos lo que sentimos?  Sólo conociéndonos mejor podremos honrarnos.  Tanto en nuestra parte femenina como masculina.  Lo mismo así dejamos de hacernos tanto la puñeta y empezamos a potenciarnos en lugar de boicotearnos.

Honrar las diferencias.

No somos iguales.  Nuestros cuerpos no son iguales.  Nuestras hormonas no son iguales.  Las energías masculina y femenina tampoco son iguales.  Muchos estamos en el tema de la integración, de la trascendencia… Creo que, para lograrlo, hay que hacer algo con estas dos enegías: hay que re-conocerlas para recolocarlas y honrarlas en nostros.  Sólo así podremos transcenderlas.  Al fin y al cabo, es una forma de trascender la dualidad.

Molaría, ¿verdad?  Pues estamos “trabajando en ello”.  Permanece atento.  Y, si no lo has hecho ya, aprovecha y suscríbete a nuestros eventos para que te enteres el primero (o la primera) de charlas y talleres que daremos sobre esto.  Sólo tienes que hacer clic aquí y dejarnos tus datos, te avisaremos por email de todo lo que organicemos.

 

 

 

 

 

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