Cárcel autoimpuesta.

Hablar de cárcel autoimpuesta puede parecer absurdo, pero para mí no lo es.  Para mí es algo real. Muy real.  Porque yo llevo mucho tiempo viviendo en ella. De hecho, aún “sufro” condena.

/Modo confesión ON.

Mi propia cárcel autoimpuesta.

Me he dado cuenta de que yo soy las dos cosas: soy presa y carcelera.  De hecho, soy mi propia carcelera: no me dejo ser, no me dejo brillar… No me dejo VIVIR.

Seguramente esta situación pueda tener mil traducciones, pero mi subconsciente es así de friki y así es como me ha representado la situación, incluso en alguna Lectura de Registros Akáshicos.  Yo soy mi propia funcionaria de prisiones y mantengo a una parte de mí misma prisionera.

Y no soy cualquier carcelera, no… Soy especialmente cruel conmigo.  Como si me tuviera a mí misma retenida en un campo de concentración nazi.

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Cuando hay un conato de rebelión o un plan de fuga por parte de la encarcelada, la carcelera aplica un correctivo.  Normalmente este correctivo adopta la forma de autoboicot: un enorme, rotundo y desesperanzador “te lo dije, no lo conseguirás, no te vas a escapar, no vas a cambiar”.  ¿Te suena?

Realmente no sé qué delito cometí para condenarme a mí misma a este arresto domiciliario que dura ya más de la cuenta, pero el caso es que me condené y me encadené a mí misma y así sigo.  Lo he visto un montón de veces cuando he profundizado en mi subconsciente.

Probablemente a la gente “normal”, que disfruta de la vida, la goza y la adora, a esa gente positiva que tira para delante con lo que sea y que puede con todo, le suene a chino lo que estoy contando.  Pero a lo mejor tú eres también de los que tiene a una parte de sí mismo encarcelada.  Encarcelada y “hasta las pelotas” (permitidme la expresión).  A lo mejor sólo en una faceta casi insignificante de vuestra vida.  O a lo mejor, como yo, en unas cuantas y no precisamente insignificantes.

¿Cómo saber si tienes una cárcel autoimpuesta?

Seguramente sólo al leerme ya lo estarás reconociendo.  Si no lo has hecho, te dejo esto que escribí el otro día desde mis Registros Akáshicos:

“A veces sentimos que somos prisioneros de algo que no nos deja avanzar. Encadenados a un muro invisible. Rodeados por paredes fantasmas. Incapaces de movernos, presos de la parálisis, sin poder ni caminar.

Muy probablemente la causa no sea real sino una creencia limitante o algún miedo. A salir de la zona de confort, a cambiar, a lo desconocido que podemos encontrarnos… Y, o bien nos paralizamos, o bien nos estancamos en una rutina suicida, haciendo lo mismo una y otra vez, una y otra vez, uno y otra vez. Dándonos todo el rato de cabezazos contra una misma pared.

Esta situación acaba produciendo desánimo, depresión y desesperación en quien la padece.  Hasta el punto de no ser capaz de ver más allá.  La miopía se acrecienta, la visión se reduce.  Y nos cansamos de luchar.

La Tristeza y la apatía hacen mella en nosotros y nos abandonamos, perdida toda esperanza.

Cualquier intento de salir de esta situación termina resultando infructuoso y sólo genera más desesperación y más dolor.

Esperamos que algo o alguien nos eche una mano, que nos saque del pozo, y no nos damos cuenta de que, en realidad, no nos estamos dejando ayudar.  Que somos nostros los únicos que podemos liberarnos porque fuimos nosotros los que nos metimos en prisión en primer lugar.”

O a lo mejor te viene a la mente alguien a quien le cuadra esto perfectamente.  Si es así, por favor, envíale este artículo.

¿Para qué?

A lo largo de la historia no sólo se ha encerrado a psicópatas, asesinos y malhechores; también muchas buenas almas han acabado en prisión.  Por envidia, porque estorbaban a los intereses de otros, por miedo a lo diferente, o incluso para proteger un secreto, como en “el hombre de la máscara de hierro”.

Los manicomios han hecho también las veces de prisiones; “protegiendo” a la sociedad de personas perturbadas que podían dañar a otros, sí.  Pero en muchas ocasiones, simplemente “retirando de la circulación” a personas incómodas, por sus cualidades o puntos de vista exóticos, incomprendidos, poco usuales, o incluso a genios.

Los muros de las prisiones protegen a los que están fuera de los que están dentro; pero también a los que están dentro de lo que está afuera (esa variable también hay que tenerla en cuenta).  Y da igual que la amenaza sea real o imaginaria; el subconsciente no entiende esas diferencias.

Puede que en algún momento de tus existencias tuvieras una experiencia traumática (o varias).  Puede que esas experiencias te llevaran a deducir y decidir que, sólo por ser como eras, resultabas un peligro para la humanidad o para aquellos a los que amabas. O tal vez que, mostrándote tal y como eras, sólo generabas conflictos, envidias, incomprensión, rechazo e incluso muerte.

La reclusión no sólo aisla elementos peligrosos de la sociedad para que no lastimen a nadie (asesinos, violadores, psicópatas varios).  También sirve para ocultar lo deforme o lo feo (“El Jorobado de Notre Dame”) o para “proteger” aquello que resulta demasiado hermoso o precioso para que nadie lo lastime o porque nos resulta una amenaza.

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En los cuentos infantiles tenemos mil ejemplos. Blancanieves, con su ingenuidad, juventud y belleza, resulta una amenaza para su madrastra, que la manda ejectuar.  La Cenicienta, lo mismo, su belleza se “tapa” y es condenada a trabajos forzados (como sirvienta) para que deje de brillar y así no eclipse a sus hermanastras. Incluso Elsa de “Frozen” es recluída y encerrada porque su “don” se interpreta como un peligro para otros.

La literatura infantil está plagada de ejemplos como estos.

Prisión preventiva

Es posible entonces, que decidieras encarcelarte a ti mismo, estableciendo algo así como una “prisión preventiva” voluntaria, para esas partes de ti (no necesariamente negativas, a veces todo lo contrario) que generaron tanto dolor y conflicto.  Y puede que en algún momento te sirviera: que te protegieras a ti mismo y a los que amabas, gracias a tener a raya a esa parte tuya.

Pero puede que ahora te duela (y mucho) esa prisión.  Porque las circunstancias han cambiado.  Porque son muchas vidas escondiendo esa parte de ti tan tuya.  Sientes la necesidad imperiosa de reconciliarte con ellas, de traerlas a ti de nuevo, de integrarlas en tu vida, de vivirlas.

Puede que sea el momento de salir de prisión.

Pero tienes tan arraigada la condena, que no sabes cómo.

Te asusta.  Prefieres la tortura.  Prefieres seguir en tu mazmorra.

No sabes despedir al carcelero porque el carcelero eres tú mismo y porque estas tán acostumbrado a vivir en prisión, que no sabrías cómo vivir fuera de ella.

Pero sabes que, en el fondo, ha llegado el momento de destruir los muros de esa prisión para siempre.

Que quieres volver a sentir la luz del sol en tu cara, la brisa meciendo tus cabellos.

Que anhelas LA LIBERTAD.

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Cada día que pasas en prisión, en esa prisión autoimpuesta, esa lucha entre preso y carcelero internos te desgarra por dentro hasta que no puedes más.

¿Plan de fuga?

Soy consciente de que esto es un poco raro y que no está nada bien visto.  La tortura es algo que nos repugna y esto, en muchos sentidos, es una forma de auto tortura.  Además de cierto rechazo, genera mucha incomprensión y frustración en el prójimo, que ve cómo te machacas día tras día y además te regodeas en ello.  Y no lo entienden.  No entienden tus “no puedo”.  No entienden esa negatividad funesta que siempre te acompaña.

Tampoco tú lo entiendes, y eso que la lucha sucede en tu interior.

Pero esa incomprensión no evita la realidad de lo que sientes.

A veces utilizas planes de fuga “sintéticos” y te “drogas”.  No necesariamente con psicotrópicos.  Puede ser con comida, con televisión, con relaciones, metiéndote en situaciones peligrosas… Cualquier cosa que te permita “evadirte” y no sentir tus cadenas.

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Sabes que no sirve.  Cuando vuelves a la dura realidad, vuelves a sentir los grilletes, la angustia…

Llega un momento en que dejas de evadirte y lo sientes con toda su crudeza.  Te enfrentas a ello.  Y aún así, nada cambia.

Porque ya no es cuestión de “darse cuenta”; es cuestión de DECIDIR, de darte la LIBERTAD.  De dar la condena por terminada.

Absolución

Sí.  Siento que se trata de eso: de perdonarte, de darte la absolución.

Al fin y al cabo, el origen de todo esto es un juicio: una percepción errónea que tuvimos de la realidad, en la que nos juzgamos de determinada manera.  Ese juicio desembocó en condena, en castigo.  Y eso es lo que estás viviendo.  Pero ¿es necesario que ese castigo y esa condena sean eternos?

¿Te resuena?  ¿Te sientes así ahora mismo en alguna faceta de tu vida?  ¿Sientes que, por mucho que hagas, por muchas terapias a las que asistas, por muchos consejos que te den, no terminas de salir de ahí (en el fondo porque no te da la gana)?  Yo, sí.

Por eso se me ha ocurrido un curso “de los míos” en el que vamos a escenificar esto para sentirlo, para ponerlo fuera, para darle forma.  Y para, así, darnos la oportunidad de dejarlo marchar.  De certificar nuestra libertad.

No sabía qué fecha ponerle y el otro día me apareció la perfecta: el 28 de diciembre.  Sí, el día de los INOCENTES.

Se trata de hacer “entender” y aceptar a nuestro subconsciente que la condena ha terminado.  Para que podamos “liberar” nuestros dones por fin y compatirlos con el mundo.  Ya es hora.  ¿Vienes?

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