El futuro “es una trampa”.

Si ya me conoces desde hace un tiempecito…  Seguro que no te soprenderá nada lo que te voy a confesar.

Ahí va:

Cada vez que alguien, en consulta de Registros o de Tarot, me hace una pregunta sobre futuro… me viene a la mente la cabeza de un calamar galáctico gigante.  Vestido de blanco.

Espera.

Antes de que te apresures a llamar a loquero de guardia, te diré que no se trata de la cabeza de cualquier cefalópodo marino sino la del mismísimo Almirante Ackbar de Star Wars, gritando “¡es una trampa!”

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El efecto NOMPILOF

Suena a experimento científico realizado en alguna universidad ex-soviética pero no, en realidad, el efecto NOMPILOF es algo muy nuestro.

AVISO:  El siguiente artículo contiene lenguaje explícito y puede herir la sensibilidad del lector. Está escrito en clave de humor pero si comes ajos, mejor no lo leas, por si te picas.

El efecto clásico

Este efecto NOMPILOF se aplica en la física clásica a esas collejas espontáneas que nacen en unas circunstancias muy concretas del espacio-tiempo newtoniano: justo cuando acabas de terminar de fregar el suelo y viene algún listo y te lo pisa antes de que se seque.

Es esa guantá con la mano vuelta que surge de las profundidades de tu transgeneracional, con cuya energía de por lo menos 300 ancestras se podría iluminar una ciudad de 10.000 habitantes durante dos días enteros.  (Ríete tú de los reveses de Nadal).

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El súper poder de elegir.

.Envidio a los que tienen el súper poder de elegir como si nada, fluyendo y sin despeinarse.

¿Te cuesta elegir?

A mí, sí.  Una barbaridad.

Cada vez que tengo que elegir en qué enfocarme de entre varias cosas, me vuelvo loca.  Me cuesta horrores.  Ya me ocurría en mi faceta repostera: si me apuntaba a un reto creativo, siempre elaboraba más de una posibilidad.  Me resultaba casi imposible ceñirme solo a una opción.

Cuando tengo que dar fecha a un taller, me pasa tres cuartos de lo mismo.  No suelo saber dónde ponerlo y acabo poniéndolo en el peor día posible (cuando nadie puede asistir por lo que sea).

Vaya, que esto tiene pinta de ser un patrón en toda regla: tener miedo a elegir y terminar eligiendo “lo peor”.

El caso es que, esta mañana, mientras me duchaba, me he dado cuenta de algo que me ha dejado loca y que te comparto por si también te sirve:  ELEGIR EMPODERA.

El miedo a elegir “mal”.

Yo tengo requeteinstalado el miedo a equivocarme al elegir.  El miedo a elegir mal y a las consecuencias de esa elección.

Por eso elegir me cuesta tanto.

También, curiosamente, eso es justo lo que me suele llevar a escoger la “peor” opción.

En lugar de escuchar a mi corazón o a mi Ser o como quieras llamarlo para ver qué es lo que de verdad me nace hacer, elijo en función a una supuesta prediccción de los posibles resultados.

Pero, claro, como quiero evitar los resultados “negativos”, en realidad me estoy enfocando en ellos y así es más fácil que los atraiga y los acabe manifestando.

Tengo instalada la creencia de que hay opciones acertadas y opciones incorrectas y que, si elijo “mal”…

Puede parecer un poco exagerado, pero díselo a mi inconsciente…

Decisiones “buenas” y “malas”.

Creo que esto es algo bastante común:  

tendemos a condicionar nuestras decisiones basándonos en el jucio que hacemos del posible resultado de las mismas.

Que luego nos reímos de las pitonisas de la tele, pero estamos jugando a los adivinos igualmente.

En realidad son tantos los factores que pueden afectar al resultado de nuestras decisiones, que la mayoría de las veces es imposible preveerlos.  Por eso es tan difícil “acertar” con las decisiones cuando decides basándote en los posibles resultados.

En realidad, las decisiones las juzgamos siempre a posteriori.

¿Qué el resultado nos ha molado?  Buena decisión.
¿Que el resultado nos ha jodido?  Decisión nefasta (“mala” dicisión).

Y ya sabes lo que pasa con el juicio…  que SIEMPRE lleva detrás su correspondiente castigo asociado.

¿Y si el “fallo” está en el sistema de elección?

Decidir basándote exclusivamente en los posibles resultados puede paralizarte.  ¿Entonces?  ¿Cómo decides?

De pequeño haces un poco lo que te da la gana.  Eliges desde lo que te nace.  Pero es probable que te lleves unos cuantos sustos y llegue un momento en que aprendas a “predecir” posibles resultados (por aquello de la supervivencia…)

Te pongo un ejemplo.

Por mucho que te apetezca curiosear en esos agujeritos tan interesantes que hay en la pared… en algún momento aprendes a recordar que la última vez que metiste allí los deditos, tu madre te dio de azotes en el culo diciendo “los enchufes no se tocan”. Y así, mil situaciones más.

O sea: acabas asociando causas con efectos y terminas aprendiendo a “reprimir” o modular tus impulsos por temor a las consecuencias de tus actos.  Cada uno en su medida, que no todos somos igual de responsables ni de aventureros.

Algunos olvidamos casi por completo esa elección por impulso y nos quedamos enganchados en la elección en función de los posibles resultados.

¿Desde dónde elegir entonces?

Tampoco es cuestión de desechar este aprendizaje y vivir a lo loco, haciendo lo que nos dé la gana… también hay que tener en cuenta ciertas cosas.  Como casi siempre, el punto medio suele tener la clave.

Por muchas ganas de matar a alguien que tenga, segurament elija no hacerlo.

No siempre es perfecto dejarse fluir…

Pero no solo de “tener cabeza” y sentido común viven nuestras decisiones.  A veces conviene añadir este factor “corazón”.  Sobre todo para las personas que siempre intentamos decidir en plan previsión.

El consejo sería el siguiente:  

para, respira y escúchate, para ver qué sientes y qué quieres.

Se trata de “escuchar al corazón” (por decirlo de alguna manera).  Escuchar esa vocecita interna de manera sincera, te puede ayudar mucho a elegir.

Elegir desde el amor y no desde el miedo.

Desde dentro y no desde fuera.  Si eliges desde dentro, desde lo que te gusta, desde lo que “te nace”, es más probable que, sean cuales sean los resultados, te sientas mejor y más coherente con tu decisión.

Podríamos decir que este tipo de decisión es una decisión hecha desde el amor y no desde el miedo.

En este tipo de decisiones, los posibles resultados están en un segundo plano.  No son tan importantes.  Te hacen estar más enfocado en el motivo interno de tu decisión, en ese impulso que te mueve (más en el camino que en la meta, por así decirlo).

Si te fijas en tu vida diaria, tomas muchas más decisiones de este tipo de lo que crees.

Nos pasamos la vida eligiendo.

De hecho, es esa vocecita la que suele elegir todo el tiempo.  En lo que compras, en lo que escuchas, en lo que haces…

Los estudios de marketing confirman que nuestras decisiones de compra (un ejemplo de decisiones) suelen ser poco o nada racionales: 

compramos por impulso y luego nos justificamos. 

En la elección de pareja “por amor” ocurre tres cuartos de lo mismo.

Estamos eligiendo todo el tiempo.  De manera inconsciente casi siempre, pero eligiendo al fin y al cabo.  A veces elige nuestra zona de confort por nosotros, pero sigue siendo una elección nuestra.

Vale. Si es algo que hacemos todos y lo hacemos todo el tiempo e incluso de manera inconsciente… entonces ¿dónde está el súper poder?

La elección y el empoderamiento.

Esto lo he elegido yo“.  Es la frase que me ha dejado KO esta mañana.  Es un mantra cojonudo (perdón por la expresión, ya me conoces) porque te empodera y te devuelve las riendas de tu vida.

elegir responsablementeAl fin y al cabo, si esto que estás viviendo lo has elegido tú, lo habrás elegido por algo y, sobre todo (y esta es la clave) PUEDES elegir otra cosa.

Un chute de vitamina R en toda regla…  la vitamina del empoderamiento, la que te conecta con la Responsabilidad.

Así que me voy a recordar a mí misma siempre que pueda que “esto lo he elegido yo” (aunque no sepa muy bien en qué nivel ni para qué).  Y, de la misma manera que lo he elegido, puedo dejar de hacerlo.

Te pega un subidón de poderío… Pero no me creas, pruébalo.  Y luego me lo cuentas, a ver qué tal lo sientes.

elegir te da súper poder

Recuérdatelo.

Whenever, wherever, whatever (cuando sea, donde sea y lo que sea)… recuerda que esto lo has elegido tú.  Sácale el jugo y el aprendizaje a la situación (porque, si lo has elegido, ten por seguro que es para algo) y revisa si quieres seguir eligiendo lo mismo.

Hay elecciones inconscientes muy puñeteras, es verdad.  Por ejempo algunas que tomamos por fidelidad familiar.  Pero también son decisiones y, siendo conscientes de ellas, podemos dejar de hacerlas.

Por eso es tan importante elevar nuestros niveles de consciencia.  Para que también nuestras decisiones sean cada vez más nuestras y conscientes en lugar de ser decisiones “ciegas” heredadas del clan, la sociedad o el inconsciente colectivo.

Saber te hace libre.

¿Recuerdas aquello de “el saber te hace libre”?  Pues para mí que tiene que ver con todo esto y que ese “saber” se refiere más a consciencia a que ecuaciones diferenciales de segundo grado.

Herramientas para tomar consciencia de en qué nivel has hecho tu elección si esta te fastidia, no faltan.  Cada vez hay más y en El Bosque te ofrezco unas cuantas en forma de consultas o de talleres.

¿Que no sabes qué talleres se hacen en El Bosque?  Eso tiene fácil remedio:

  • Apúntate a la newsletter haciendo clic aquí  (y te llevas una guía de regalo).
  • O hazte fan de la página de Facebook y sus eventos, haciendo clic aquí.

Te recomiendo lo primero, así no dependes de los algoritmos de Facebook.

 

 

 

 

Cómo sentir más (y tal vez mejor).

Este artículo sobre cómo sentir más está especialmente dedicado a nuestro querido y expansivo Júpiter, que transita en estos meses por el intenso signo de Escorpio (un beso desde aquí para el gigante gaseoso).

Escribo esta reflexión con todo el “cariño” desde mi yonki interior, directamente al tuyo (si lo tienes, que no todos somos iguales ni tenemos los mismos peligros potenciales).  Si eres un sibarita entrenado, esto no va contigo pero puede que te ayude a comprender a los que tendemos a ser un poco yonkis.

Vamos a hablar de “la insoportable insaciabilidad del sentir“.  Me refiero a eso que nos lleva a beber, comer, fumar o follar como cosacos o a tirarnos desde un puente cada vez más alto para conseguir nuestro chute.  De adrenalina, de lucecitas, de emoción…

En la otra polaridad, lo mismo puede llevarnos a ver 4 temporadas seguidas de una serie (mi caso) para anestesiarnos y no sentir.  No nos olvidemos de que vivimos en plena dualidad y las monedas tienen dos caras.

Antes de seguir.  Sé que el título puede llevar a engaño así que, si has llegado a este artículo buscando porno, te has equivocado.  ¿O tal vez no?

Sigo.

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Me duele la realidad. Me duele la 3D.

Y no me refiero a ninguna vértebra dorsal.  Me refiero a la pura y cruda realidad.

Cuando estoy reventada tiendo a utilizar expresiones del tipo “me duelen hasta las pestañas” o “me duele hasta el carnet de identidad”.  Estos días…

Me duele la realidad.

“Me duele” la matrix, la 3D.

Los incendios, la codicia, el odio, el separatismo, la insesatez, la ceguera, la intransigencia…  Me entra una extraña desesperación al pensar que no tenemos arreglo.  ¿De verdad somos tan cenutrios como Humanidad?

Esto se intensifica cuando, además, eres una personas de las que se interesa en cosas raras como la multidimensionalidad.  Tanto amor incondicional de 5D, tanto salir de la Matrix y tanta puñeta están muy bien pero  ¿cómo rayos se implementa eso en la 3D?  En la realidad material parece que estamos todos “a por uvas”… (yo, la primera).

Ayer me pasé todo el día con música de lluvia de fondo, para ver si mis ánimos inflamados se aplacaban un poco.  (Y para convocar la lluvia, que buena falta que hace).  Hoy sigo en lo mismo.

Lo de los incendios forestales provocados es algo que no puedo entender y que, desde mi punto de vista, merece la más feroz de las condenas.  Es algo que me subleva, es como si hicieran daño a mi madre, a mi familia, a algo que para mi es SAGRADO.  Me parece puro y duro TERRORISMO.  Con todas las letras.

Hoy estoy pensando que a lo mejor lo que me enciende tanto es la frustración.  La impotencia.  El no poder hacer nada mientras nuestro patrimonio natural queda reducido a cenizas.

Mirándome un poco, me he dado cuenta de que ese “no poder hacer” nada esconde en realidad un “tenéis que hacer las cosas como yo lo diga”.  Tiene que llover cuando yo diga y cuando a mí me parezca.  Se va a construir donde yo diga y vais a castigar a los pirómanos como a mí me parezca.

Avitaminosis de aceptación.

Detrás de todo esto se esconde una verdad muy incómoda: una falta total de amor y de aceptación hacia “lo que es”.  Sea como sea.  Se manifieste como se manifieste.  Al fin y al cabo, lo hemos creado entre todos.

¿Y si todo esto nos sirve para ver la incompetencia de nuestro gobierno o lo necesario de llevar a cabo estrategias de protección medioambiental?  Los seres humanos nos distinguimos por aprender a base de catástrofes (y a veces, ni por esas…)

Mira que sé que la de la aceptación es una de las 7 vitaminas más valiosas para el empoderamiento

Me duele la realidad

Pero a veces se me olvida tomarme mi propia medicina.

Para solucionarlo , me he recetado tres vitaminas de las siete, que me parecen las más adecuadas:

  • Vitamina V (aceptación) para ayudarme a aceptar lo que hay, por difícil de tragar que sea.
  • Mucha Vitamina N (neutralidad) para no posicionarme ni echar más leña a ninguno de los fuegos, que ya bastante bien arden solitos.
  • Vitamina H (en su versión de “Hacer”).  Porque la neutralidad no implica quedarse parado.  La vitamina H, además, es la que lidia con la sombra y ahora, más que nunca, toca lidiar con ella.  Si no ves dónde está la “mierda”, resulta bastante complicado limpiarla.

Quicir: lo que hay es lo que hay.  De nada me sirve agarrar una pataleta en plan niña chica.  Eso no va a cambiar nada.  Y más vale ver “lo que hay” porque es mucho más peligroso no verlo.

Si ves que algo está mal, tienes la oportunidad de esquivarlo o corregirlo.  Si no lo ves… Te lo tragas.

Aún así,  todavía me pillo con la vena hinchada a reventar y echando espumarajos por la boca de cuando en cuando.  Después de sacar la rabia como en ese momento pueda, miro en mi sombra, a ver qué me molesta y “qué es lo que me estoy creyendo”.   Y, normalmente, lo que suele ocurrir es que…

Me creo que tengo razón.

Pero razón de verdad, absoluta.

¿Acaso soy tan lista que tengo la solución para el mundo?  Va a ser que no.  Casi siempre acabo descubriendo que, en realidad, no tengo ni la más remota idea de “qué es lo mejor”.  Ni para mí, ni muchos menos para el mundo.

Ojo.  Aquí entra una de las facetas más importantes de la vitamina H:

Una vez visto y sacado a la luz lo que haya que sacar, el no juzgar o ser neutral no quita que no haga lo que tenga que hacer.  Insisto.

Protestar, manifestarme, firmar peticiones para que lleguen a quien tengan que llegar…  Aportar ideas, soluciones, lo que sea que considere alineado y coherente con mi sentir.  Sin violentar a nadie.  Sin imponer.  Simplemente “siendo”.

En cuanto se me va la pinza al imponer…  Me estoy volviendo dictadora.  Me está saliendo el fascista que llevo dentro, el tirano, el “por mis cojones”.  Y ese personaje y esa actitud ya han causado suficiente sufrimiento en el mundo.

Hitler, Musolini, Mao, Stalin…  Estoy segura de que todos ellos estaban absolutamente convencidos de que tenían razón y soluciones.

Algunas líneas son tan finas…  Las traspasas sin darte ni cuenta.  Y la línea que separa la sensación de tener la razón de la tentacion de imponerla es una de las más finas de todas.

Y yo me veo encima de la línea cada dos por tres en los últimos días.  Es tan fácil entrar al trapo…

¿Y tú?  ¿Cómo llevas todo lo que está pasando?

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Los chicos también lloran.

El movimiento feminista se queja (y con razón) de la tremenda opresión a la que se han visto sometidas las mujeres a lo largo de la historia, como resultado del patriarcado imperante.  Pero lo que pocas veces nos paramos a pensar es en si los hombres han sufrido también por culpa de este sistema patriarcal.

Y la respuesta es que sí.  Y mucho.  Incluso de maneras más sibilinas, porque se supone que “ellos” han tenido el poder, el dinero, los privilegios…  Pero todo disco tiene su cara B y el patriarcado no puede ser menos, por muy rayado que esté.

En realidad, ese poder y esos privilegios, por lo general, estaban (y siguen estando) en manos de un círculo muy reducido de personas.

La herida masculina.

Desde la perspectiva femenina, esto que os voy a contar puede resultar bastante difícil de entender.  Desde el punto de vista de las mujeres, los hombres han tenido siempre toda la libertad, los privilegios, el poder, han hecho lo que les ha dado la gana.  ¿De qué puñetas se pueden quejar?

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Más allá de la ciencia.

Vaya por delante que este artículo sobre más allá de la ciencia es de reflexión y que da para ríos de tinta, lo sé.  Sobre todo con las polémicas que últimamente han saltado a los medios de comunicación.  Lo suelto sin editar ni nada, tal y como me sale.  Porque llevo mucho tiempo reteniéndolo.

¿Otra manifestación del patriarcado?

La ciencia es el dominio de la razón y de lo empírico.  Del hemisferio izquierdo.  De lo masculino.

Del patriarcado.  (Y no, no me vengas con lo “ya salió la feminazi”, que no van por ahí los tiros).

Surge como opción para zafarse del omnipresente poder de la Iglesia para meterse en todo.  Y tiene su función.  Y esa función f(x) es estupenda.

Peeeeeeero…  Al correr de los siglos hete aquí que la Iglesia va perdiendo fuelle y ¿quién ocupa ese espacio?  Sorprendentemente, la ciencia.

Si en la Edad Media todo aquello que contradijera las leyes de la Iglesia era motivo de hoguera, ahora sucede lo mismo con la ciencia.  Antes la ciencia era pecado.  Ahora lo es la espiritualidad o todo aquello que no sea tangible y demostrable y se salga del tiesto de la ciencia.

Si la ciencia no lo explica ni contempla, no existe.  Y si te crees que sí, deberías estar estar en la cárcel (lo de la hoguera no se lleva).

Amoavé, criaturicas.  Que la ciencia no lo pueda explicar solo significa eso: que la ciencia todavía no llega.  No que no exista ni que no sirva, ni que no funcione.  Solo que no sabemos cómo.  O que no sabemos por qué en unos casos sí o en otros no.  Nada más.

Más allá de la ciencia hay todo un mundo fenomenológico de cosas que suceden aunque no sepamos explicarlas todavía.

El arte.  El amor.  Otras medicinas…  La materia oscura, la energía oscura.  Un sinfín de campos en los que investigar con mente abierta.

Otras vías.

Hay otras formas de aproximarse al mundo que no son racionales ni científicas sino intuitivas, desde el hemisferio derecho.  Y no son menos válidas simplemente porque no sepamos explicarlas.

Desde tiempos inmemoriales, el hombre ha sabido utilizar las plantas para curar.  ¿Te ves tú a los indios del Amazonas haciendo baterías de pruebas en un laboratorio para saber para qué coño se usa cada planta y probando dosificaciones con cobayas?  Pues no.  Utilizaban otra vía.  Accedían a comunicarse con la planta desde otro lugar y la planta les “hablaba”.  Y la planta les decía para qué se podía utilizar y cómo.

Vía femenina.  Caótica.  Imprevisible.  Irreproducible en el laboratorio.  Pero no por ello menos válida.

Así han curado generaciones y generaciones de seres humanos a sus congéneres.  Así se ha sabido para qué funcionaba cada planta, cada cosa.  Por “intuición”.

Seguramente exista una explicacion perfectamente racional para ello.  Seguramente la información de la planta, del mineral, de todo, está ahí.  Y seguramente nuestro cerebro tiene los receptores adecuados para conectar con esa información y traducirla para utilizarla.  Lo llevamos haciendo desde siempre.  Aunque no sepamos explicar el mecanismo de manera científica (todavía).

Entonces ¿por qué excluir todo esto de nuestra vida simplemente porque todavía no sabemos explicar por qué o por qué no funciona?

El “patriarcado” (entendiendo como tal el poder absolutista de todo lo masculino en nuestra cultura y la ausencia total de valores femeninos en la misma) está instalado hasta en la medicina y en la propia raíz de nuestra forma de “pensar”.  Y de excluir todo lo que no sea “pensable” y sea más sutil que ese pensamiento y ese determinismo materialista.

Un poquito de apertura.

Porfaplis…  “Give me hueco” para la energía femenina.  Dejad que la intuición se manifieste, para que se pueda investigar después aquello que nos diga.

La ciencia y la tecnología son cojonudas para muchas cosas, pero mirad cómo tenemos el planeta.  Hecho unos zorros.  Se me abren las carnes cada vez que veo un documental de astronomía y el espacio (que me encantan) y escucho a los científicos decir que la única esperanza de la raza humana es hacer habitable otros planetas.  ¡¡¡¡ Pedazo de cenutrios, cuidemos el que tenemos, que lo estamos destrozando !!!!

¿Ves?  La energía femenina cuidaría primero de su casa.  Y luego ya, si quieres ir a explorar a otros planetas, lo haces por gusto, pero no por necesidad.  Hombre por dios…

Pero todas las civilizaciones que tenían algo de femenino han sido borradas del planeta.

Chicos, por favor (digo “chicos” pero me dirijo al lado masculino de todos nosotros), abrid los corazones y las orejas.  Qué hay “vida” más allá de la ciencia…

Muchas veces la ciencia no explica determinados fenómenos porque no busca donde debería.  Si perdió el reloj en la espesura del bosque, lo está buscando debajo de la farola simplemente porque allí hay luz.  Es difícil que lo encuentre…

La efectividad de muchas terapias no está en la medicina sino en la persona que recibe el tratamiento.  Pero claro, allí no se mira…  La “magia” está en el medicamento, en la sustancia.  Pues no. La clave está en el paciente, señoras y señores.  No en la homeopatía ni en el Reiki ni en el omeprazol ni en su puta madre (con perdón, que me enciendo).  Está en la persona.  Persona que en ningún momento tenemos en cuenta y a la que tratamos como una rata más de laboratorio a la que sacarle los cuartos con los tratamientos.

Libertad de elección.

Si a alguien le va bien la homeopatía, pues que la tome.  O si alguien prefiere los antibióticos a lo bestia (yo soy de esas, que conste), pues que los disfrute.  Y si otros prefieren sanación reconectiva, Reiki o lo que sea, pues adelante con ello.  Mientras se curen… ¿qué más da?  Cualquier otra cosa es una dictadura.  Es un “te vas a curar con lo que yo te diga, y si no te curas por mis medios, te jodes y te mueres o te aguantas con los efectos secundarios”.

Dejad que nos curemos con lo que nos más resuene, por favor.  Que no estamos en la Edad Media.  Antes te curabas “si estaba de Dios”.  Ahora te curas “si está de la ciencia”.

Cualquier medicina no científica tiene la obligacion de sanar al 100% de sus pacientes.  Como “se te muera uno” (que tenemos la mala costumbre de morirnos cuando menos conviene) vas a la cárcel de cabeza.  Porque le has engañado, no le curaste.  Como si la medicina tradicional occidental y científica curase al 100% de la gente…  Que no me cura nadie.  Me curo yo.  Déjame que lo haga como mejor sienta.

Que sí, lo sé: una apendicitis me la va a operar un cirujano mejor que nadie (benditos sean).  No reniego de los avances.  Pero tampoco reniego de otras medicinas.  De otros métodos de diagnóstico menos invasivos.  De otras formas de curar con menos secuelas.  Que para bajarte el colesterol te joden la vista.  Para que no te duela algo te joden el hígado o los riñones… Te pones a mirar los prospectos de las medicinas y no sabes si tomártelas o hacerte el hara kiri directamente.  Que te arreglan una cosa y te fastidian siete.

Si puedo encontrar una forma alternativa de curarme ¿me la vas a negar?

Francamente.  No me fío de una industria que gana dinero si la gente se enferma.  Permíteme que desconfíe de sus motivos.

De un acupuntor en la China antigua a quien cortaban la cabeza si alguien del pueblo enfermaba… Me fío.  De unos señores cuyos yates y cuentas en Suiza dependen de que la gente compre sus medicinas… Me cuesta.  Malpensada que es una.

 

Rituales cuánticos, rituales modernos.

Rituales cuánticos…   Sí, has leído bien.

Y sí, probablemente este sea otro de esos artículos que añaden el adjetivo “cuántico” a cualquier cosa, con el fin de dotarla de cierta credibilidad, modernidad y enjundia.

O tal vez no… Puede que sea un artículo de Schrödinger: no sabrás si es una chorrada o una genialidad hasta que lo termines de leer.

rituales cuánticos

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Vivimos en un sistema penecéntrico

Anoche me di cuenta de algo muy curioso:

Nos sentimos muy orgullosos y muy científicos por haber reivindicado a Copérnico y Galileo y por defender “la verdad” del sistema heliocétrico.  Esto nos hace sentir muy superiores a los pobres, catetos y miserables hombres medievales, que se creían que la tierra era el centro del Universo.  Jajajaja.  Mindundis…  Qué lelos.  Pobrecitos ignorantes, bajo el yugo de la Iglesia Católica.

Pues hoy vengo a rebatir la teoría heliocéntrica, lo siento mucho.

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