Más allá de la ciencia.

Vaya por delante que este artículo es de reflexión y que da para ríos de tinta, lo sé.  Sobre todo con las polémicas que últimamente han saltado a los medios de comunicación.  Lo suelto sin editar ni nada, tal y como me sale.  Porque llevo mucho tiempo reteniéndolo.

La ciencia es el dominio de la razón y de lo empírico.  Del hemisferio izquierdo.  De lo masculino.

Del patriarcado.  (Y no, no me vengas con lo “ya salió la feminazi”, que no van por ahí los tiros).

Surge como opción para zafarse del omnipresente poder de la Iglesia para meterse en todo.  Y tiene su función.  Y esa función f(x) es estupenda.

Peeeeeeero…  Al correr de los siglos hete aquí que la Iglesia va perdiendo fuelle y ¿quién ocupa ese espacio?  Sorprendentemente, la ciencia.

Si en la Edad Media todo aquello que contradijera las leyes de la Iglesia era motivo de hoguera, ahora sucede lo mismo con la ciencia.  Antes la ciencia era pecado.  Ahora lo es la espiritualidad o todo aquello que no sea tangible y demostrable y se salga del tiesto de la ciencia.

Si la ciencia no lo explica ni contempla, no existe.  Y si te crees que sí, deberías estar estar en la cárcel (lo de la hoguera no se lleva).

Amoavé, criaturicas.  Que la ciencia no lo pueda explicar solo significa eso: que la ciencia todavía no llega.  No que no exista ni que no sirva, ni que no funcione.  Solo que no sabemos cómo.  O que no sabemos por qué en unos casos sí o en otros no.  Nada más.

Más allá de la ciencia hay todo un mundo fenomenológico de cosas que suceden aunque no sepamos explicarlas todavía.

El arte.  El amor.  Otras medicinas…  La materia oscura, la energía oscura.  Un sinfín de campos en los que investigar con mente abierta.

Hay otras formas de aproximarse al mundo que no son racionales ni científicas sino intuitivas, desde el hemisferio derecho.  Y no son menos válidas simplemente porque no sepamos explicarlas.

Desde tiempos inmemoriales, el hombre ha sabido utilizar las plantas para curar.  ¿Te ves tú a los indios del Amazonas haciendo baterías de pruebas en un laboratorio para saber para qué coño se usa cada planta y probando dosificaciones con cobayas?  Pues no.  Utilizaban otra vía.  Accedían a comunicarse con la planta desde otro lugar y la planta les “hablaba”.  Y la planta les decía para qué se podía utilizar y cómo.

Vía femenina.  Caótica.  Imprevisible.  Irreproducible en el laboratorio.  Pero no por ello menos válida.

Así han curado generaciones y generaciones de seres humanos a sus congéneres.  Así se ha sabido para qué funcionaba cada planta, cada cosa.  Por “intuición”.

Seguramente exista una explicacion perfectamente racional para ello.  Seguramente la información de la planta, del mineral, de todo, está ahí.  Y seguramente nuestro cerebro tiene los receptores adecuados para conectar con esa información y traducirla para utilizarla.  Lo llevamos haciendo desde siempre.  Aunque no sepamos explicar el mecanismo de manera científica (todavía).

Entonces ¿por qué excluir todo esto de nuestra vida simplemente porque todavía no sabemos explicar por qué o por qué no funciona?

El “patriarcado” (entendiendo como tal el poder absolutista de todo lo masculino en nuestra cultura y la ausencia total de valores femeninos en la misma) está instalado hasta en la medicina y en la propia raíz de nuestra forma de “pensar”.  Y de excluir todo lo que no sea “pensable” y sea más sutil que ese pensamiento y ese determinismo materialista.

Porfaplis…  “Give me hueco” para la energía femenina.  Dejad que la intuición se manifieste, para que se pueda investigar después aquello que nos diga.

La ciencia y la tecnología son cojonudas para muchas cosas, pero mirad cómo tenemos el planeta.  Hecho unos zorros.  Se me abren las carnes cada vez que veo un documental de astronomía y el espacio (que me encantan) y escucho a los científicos decir que la única esperanza de la raza humana es hacer habitable otros planetas.  ¡¡¡¡ Pedazo de cenutrios, cuidemos el que tenemos, que lo estamos destrozando !!!!

¿Ves?  La energía femenina cuidaría primero de su casa.  Y luego ya, si quieres ir a explorar a otros planetas, lo haces por gusto, pero no por necesidad.  Hombre por dios…

Pero todas las civilizaciones que tenían algo de femenino han sido borradas del planeta.

Chicos, por favor (digo “chicos” pero me dirijo al lado masculino de todos nosotros), abrid los corazones y las orejas.  Qué hay “vida” más allá de la ciencia…

Muchas veces la ciencia no explica determinados fenómenos porque no busca donde debería.  Si perdió el reloj en la espesura del bosque, lo está buscando debajo de la farola simplemente porque allí hay luz.  Es difícil que lo encuentre…

La efectividad de muchas terapias no está en la medicina sino en la persona que recibe el tratamiento.  Pero claro, allí no se mira…  La “magia” está en el medicamento, en la sustancia.  Pues no. La clave está en el paciente, señoras y señores.  No en la homeopatía ni en el Reiki ni en el omeprazol ni en su puta madre (con perdón, que me enciendo).  Está en la persona.  Persona que en ningún momento tenemos en cuenta y a la que tratamos como una rata más de laboratorio a la que sacarle los cuartos con los tratamientos.

Si a alguien le va bien la homeopatía, pues que la tome.  Si alguien prefiere los antibióticos a lo bestia (yo soy de esas, que conste), pues que los disfrute.  Si otros prefieren sanación reconectiva, Reiki o lo que sea, pues adelante con ello.  Mientras se curen… ¿qué más da?  Cualquier otra cosa es una dictadura.  Es un “te vas a curar con lo que yo te diga, y si no te curas por mis medios, te jodes y te mueres o te aguantas con los efectos secundarios”.

Dejad que nos curemos con lo que nos más resuene, por favor.  Que no estamos en la Edad Media.  Antes te curabas “si estaba de dos”.  Ahora te curas “si está de la ciencia”.

Cualquier medicina no científica tiene la obligacion de sanar al 100% de sus pacientes.  Como “se te muera uno” (que tenemos la mala costumbre de morirnos cuando menos conviene) vas a la cárcel de cabeza.  Porque le has engañado, no le curaste.  Como si la medicina tradicional occidental y científica curase al 100% de la gente…  Que no me cura nadie.  Me curo yo.  Déjame que lo haga como mejor sienta.

Que sí.  Que una apendicitis me la va a operar un cirujano mejor que nadie (benditos sean).  Que no reniego de los avances.  Pero tampoco reniego de otras medicinas.  De otros métodos de diagnóstico menos invasivos.  De otras formas de curar con menos secuelas.  Que para bajarte el colesterol te joden la vista.  Que para que no te duela algo te joden el hígado o los riñones… Que te pones a mirar los prospectos de las medicinas y no sabes si tomártelas o hacerte el hara kiri directamente.  Que te arreglan una cosa y te fastidian siete.

Si puedo encontrar una forma alternativa de curarme ¿me la vas a negar?

Francamente.  No me fío de una industria que gana dinero si la gente se enferma.  Permíteme que desconfíe de sus motivos.

De un acupuntor en la China antigua a quien cortaban la cabeza si alguien del pueblo enfermaba… Me fío.  De unos señores cuyos yates y cuentas en Suiza dependen de que la gente compre sus medicinas… Me cuesta.  Malpensada que es una.

 

Rituales cuánticos, rituales modernos.

Rituales cuánticos…   Sí, has leído bien.

Y sí, probablemente este sea otro de esos artículos que añaden el adjetivo “cuántico” a cualquier cosa, con el fin de dotarla de cierta credibilidad, modernidad y enjundia.

O tal vez no… Puede que sea un artículo de Schrödinger: no sabrás si es una chorrada o una genialidad hasta que lo termines de leer. 😉

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Vivimos en un sistema penecéntrico

Anoche me di cuenta de algo muy curioso:

Nos sentimos muy orgullosos y muy científicos por haber reivindicado a Copérnico y Galileo y por defender “la verdad” del sistema heliocétrico.  Esto nos hace sentir muy superiores a los pobres, catetos y miserables hombres medievales, que se creían que la tierra era el centro del Universo.  Jajajaja.  Mindundis…  Qué lelos.  Pobrecitos ignorantes, bajo el yugo de la Iglesia Católica.

Pues hoy vengo a rebatir la teoría heliocéntrica, lo siento mucho.

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El karma volador

Tengo varios artículos en mente que os iré compartiendo según vaya estructurando.  Uno de ellos tiene que ver con el arquetipo de la diosa madre.  En él estaba pensando anoche cuando me retiré a mis aposentos.  Con consecuencias bastante surrealistas que os relato a continuación.

Justo antes de apagar el ordenador para irme a dormir, estuve trasteando por el FB.  Lo último que vi fue esta viñeta de Miss Borderlike.  (A veces el humor burráncano me arranca la carcajada).

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Mi subconsciente, que va a su bola y hace unas asociaciones muy curiosas, me lió una de las suyas.

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El hombre primitivo no era tan primitivo.

Últimamente pienso que, a lo mejor, el hombre primitivo no eran tan primitivo.

Tenemos la puñetera manía de considerar que los hombres primitivos prehistóricos (entendiendo por historia el período del cual tenemos referencia escrita) eran unos seres desarrapados, sucios y medio lelos, que se arrastraban por el mundo como podían.

No hablo de los neanderthales (no tenemos registro histórico de cómo eran ni de cómo era su cultura, sólo nos quedan algunos huesos y un poco de herencia genética).  No.  Hablo del homo sapiens sapiens, nuestra especie.  Una especie que, según la arqueología ortodoxa, lleva unos doscientos mil años dando tumbos por el planeta.

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Enfrentamiento de género.

Esta semana me he puesto delante un montón de… ¿Cómo llamarlo? “Odio” es demasiado fuerte. “Enfrentamiento” es la palabra que más se acerca. Enfrentamiento de género. Desde el autobús naranja de marras que todos conocéis, hasta un video en el que una mujer culpaba a los hombres de la violencia de género y les exigía que, ya que ellos la generan, que lo arreglen entonces ellos.

Para mí todo esto es un síntoma. Un síntoma de un rechazo generalizado hacia lo femenino. No se le considera ni se le tiene en cuenta. Y esto se personaliza en la mujer, que es quien lo encarna en este momento.

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Receptividad versus exigencia.

Hoy, en “femenino revenío” hablaremos de “receptividad versus exigencia”.  (A veces me siento como Coco en Barrio Sésamo).

Una de las cualidades típicas de lo femenino es la receptividad.  Insisto “güanmortaim”: cuando hablo de “femenino” no estoy hablando sólo de las mujeres.  “Femenino” y receptivo tenemos todos.  Y, cuando esa cualidad se “reviene”, pasamos a su cara B: la exigencia.

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¡Y una leche, libres!

Reconozco que me engorilo mucho a veces.  Y que, cuando me toco las narices a través del prójimo, muchas veces me sale esta vena “Bruce Lee yendo al baño” porque me doy cuenta de que no soy nada libre.  Pero nada de nada.  ¿Libre?  ¡Y una, leche, libre!

(Mira que he visto veces este doblaje de Bruce Lee de “El Informal”, pero lo de “¡una leche corten!” siempre me hace reír).

Esta vez el detonante ha sido la vestimenta de hombres y mujeres, a raíz de las campanadas de Nochevieja y las posteriores críticas al vestido de “la Predroche”.

Si me fijo, en los programas de TV más “informales”, los hombres pueden salir con camiseta o camisa y unos vaqueros, con un look bastante natural: el maquillaje justo para no dar brillo en cámara y calculadamente despeinados, muy monos ellos.  Pero las mujeres tienen que salir con tacones imposibles y pintadas como puertas.  Y, si no pasan por ese aro…  ¿Qué pasa si no pasan por ese aro?  Que no salen.  Tan fácil como eso.

Eso no es igualitario, al menos desde mi punto de vista.

El día en que un hombre pueda salir a presentar las campanadas con un traje de lentejuelas y la mujer con traje chaqueta, a lo mejor seremos libres;  no ya iguales, sino libres.  Libres de ponernos lo que nos dé la santísima gana.  Libres de no tener que pasar dos horas por chapa y pintura porque si no, nos estamos presentables ni “arregladas”.  ¿Acaso estamos rotas que tenemos que “arreglarnos” para salir a escena?  Libres de no tener que sufrir la tortura de unos tacones ni la incomodidad de ciertas indumentarias.

El día que salgan “un Pedroche” y “una Chicote” a dar las campanadas, habremos superado un poco más la diferencia de género que todavía está grabada a fuego en nuestra cultura y en nuestra creencia.

No es lógico que un hombre tenga que ir a una boda en agosto con camisa, chaqueta y corbata, cuando están cayendo cuarenta grados a la sombra.  Ni tampoco que una mujer tenga que ir a una fiesta de cotillón en minifalda y tirantitos mientras cae una helada del quince.

¿Libres?  ¡Y una leche, libres!  Estamos tan condicionados que ni lo vemos.

Las serpientes del logo

Os quiero contar el porqué de las serpientes del logo de El Bosque Mágico.

De paso, os felicito el solsticio.

Y como colofón, voy practicando con la webcam que me acabo de instalar para poder atenderos por skype si es menester…  😉  La calidad es un poco cutre de momento, sorry, pero por algo hay que empezar.

Cuando creas un proyecto, tienes que darle un nombre.  Es como cuando nos dan nombre a nosotros: con ese nombre reconoces que el proyecto “ha nacido”.  En el caso de “empresas” y similares, además del nombre necesitas darle un logotipo; un logo (“letras que representan el nombre de una empresa” en su etimología) para utilizar como imagen de perfil en las redes sociales, en las tarjetas de visita, etc.

No se me ocurría nada.

Pero nada de nada.

Una noche, con los Registros abiertos, me vinieron las serpientes “a visitar”, empecé a buscar imágenes con serpientes en internet y me acabé decantando por el Auryn que ahora mismo aparece como distintivo del Bosque Mágico.

las serpientes del logo

Fue una elección por pura resonancia, sin lógica aparente.  Pero después ha ido tomando sentido.

Resueno muchísimo con las serpientes como símbolo, son muy avaloneras.  En el libro “Las Nieblas de Ávalon” los iniciados en la isla de cristal se reconocían por las serpientes tatuadas en las muñecas.

Crecimiento personal y relación femenino-masculino.

Representan para mí la energía (se mueven como la típica onda electromagnética, de forma sinusoidal) y el crecimiento (deben dejar su piel atrás para crecer).  Entre otras cosas.

Y, dentro de esos dos significados, en el Auryn tenemos dos serpientes: una dorada, a la derecha y otra plateada, a la izquierda.

Para mí, la serpiente dorada significa la energía masculina, solar, ascendente (y en la parte derecha); y la serpiente plateada significa la energía femenina, lunar, descendente (en la parte izquierda).

Ambas entrelazadas y surgiendo la una de la otra (o engulléndose la una a la otra).  Es algo parecido al famoso símbolo yin/yang pero en versión serpentil.  😉

Rematando la jugada, sus cuerpos esbozan el símbolo del infinito y, a la vez, todo parece contenido en un círculo.

¿Se puede pedir más?  Es perfecto para simbolizar una de las misiones de este Bosque Mágico, orientada a la sanación de la relación entre masculino y femenino.