Los chicos también lloran.

El movimiento feminista se queja (y con razón) de la tremenda opresión a la que se han visto sometidas las mujeres a lo largo de la historia, como resultado del patriarcado imperante.  Pero lo que pocas veces nos paramos a pensar es en si los hombres han sufrido también por culpa de este sistema patriarcal.

Y la respuesta es que sí.  Y mucho.  Incluso de maneras más sibilinas, porque se supone que “ellos” han tenido el poder, el dinero, los privilegios…  Pero todo disco tiene su cara B y el patriarcado no puede ser menos, por muy rayado que esté.

En realidad, ese poder y esos privilegios, por lo general, estaban (y siguen estando) en manos de un círculo muy reducido de personas.

La herida masculina.

Desde la perspectiva femenina, esto que os voy a contar puede resultar bastante difícil de entender.  Desde el punto de vista de las mujeres, los hombres han tenido siempre toda la libertad, los privilegios, el poder, han hecho lo que les ha dado la gana.  ¿De qué puñetas se pueden quejar?

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Honrando lo masculino.

Gracias por cuidarme, por tu protección, por tu alerta.

Gracias.

Gracias por hacer guardia en la puerta de la cueva para protegernos de los depredadores.

Gracias por arriesgar tu vida en cada cacería para que todos pudiéramos comer.

Gracias por defender nuestro territorio arriesgando tu propia vida.

Gracias por tu fuerza.  Gracias por tu coraje.  Gracias por tu arrojo.  Gracias por tu foco, por tu agudeza, por tu inteligencia.

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Vivimos en un sistema penecéntrico

Anoche me di cuenta de algo muy curioso:

Nos sentimos muy orgullosos y muy científicos por haber reivindicado a Copérnico y Galileo y por defender “la verdad” del sistema heliocétrico.  Esto nos hace sentir muy superiores a los pobres, catetos y miserables hombres medievales, que se creían que la tierra era el centro del Universo.  Jajajaja.  Mindundis…  Qué lelos.  Pobrecitos ignorantes, bajo el yugo de la Iglesia Católica.

Pues hoy vengo a rebatir la teoría heliocéntrica, lo siento mucho.

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El karma volador

Tengo varios artículos en mente que os iré compartiendo según vaya estructurando.  Uno de ellos tiene que ver con el arquetipo de la diosa madre.  En él estaba pensando anoche cuando me retiré a mis aposentos.  Con consecuencias bastante surrealistas que os relato a continuación.

Justo antes de apagar el ordenador para irme a dormir, estuve trasteando por el FB.  Lo último que vi fue esta viñeta de Miss Borderlike.  (A veces el humor burráncano me arranca la carcajada).

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Mi subconsciente, que va a su bola y hace unas asociaciones muy curiosas, me lió una de las suyas.

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Masculino sagrado, la esencia.

Os comparto este texto sobre el masculino sagrado que me acabo de encontrar.

“La esencia masculina sagrada

Todos los hombres tienen la esencia del verdadero masculino, una esencia tan profunda y poderosa, tan pura y protectora, que envuelve a toda la tierra en la seguridad de sus brazos. Es la cualidad sobre la que se ha escrito desde tiempos antiguos, en todos los mitos a través de las eras – es la esencia del héroe.

Este héroe es un hombre humano, sin superpoderes, excepto por su corazón puro, su integridad, su sabiduría y valentía, y el código de honor grabado en su propio ser.

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Enfrentamiento de género.

Esta semana me he puesto delante un montón de… ¿Cómo llamarlo? “Odio” es demasiado fuerte. “Enfrentamiento” es la palabra que más se acerca. Enfrentamiento de género. Desde el autobús naranja de marras que todos conocéis, hasta un video en el que una mujer culpaba a los hombres de la violencia de género y les exigía que, ya que ellos la generan, que lo arreglen entonces ellos.

Para mí todo esto es un síntoma. Un síntoma de un rechazo generalizado hacia lo femenino. No se le considera ni se le tiene en cuenta. Y esto se personaliza en la mujer, que es quien lo encarna en este momento.

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Receptividad versus exigencia.

Hoy, en “femenino revenío” hablaremos de “receptividad versus exigencia”.  (A veces me siento como Coco en Barrio Sésamo).

Una de las cualidades típicas de lo femenino es la receptividad.  Insisto “güanmortaim”: cuando hablo de “femenino” no estoy hablando sólo de las mujeres.  “Femenino” y receptivo tenemos todos.  Y, cuando esa cualidad se “reviene”, pasamos a su cara B: la exigencia.

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¡Y una leche, libres!

Reconozco que me engorilo mucho a veces.  Y que, cuando me toco las narices a través del prójimo, muchas veces me sale esta vena “Bruce Lee yendo al baño” porque me doy cuenta de que no soy nada libre.  Pero nada de nada.  ¿Libre?  ¡Y una, leche, libre!

(Mira que he visto veces este doblaje de Bruce Lee de “El Informal”, pero lo de “¡una leche corten!” siempre me hace reír).

Esta vez el detonante ha sido la vestimenta de hombres y mujeres, a raíz de las campanadas de Nochevieja y las posteriores críticas al vestido de “la Predroche”.

Si me fijo, en los programas de TV más “informales”, los hombres pueden salir con camiseta o camisa y unos vaqueros, con un look bastante natural: el maquillaje justo para no dar brillo en cámara y calculadamente despeinados, muy monos ellos.  Pero las mujeres tienen que salir con tacones imposibles y pintadas como puertas.  Y, si no pasan por ese aro…  ¿Qué pasa si no pasan por ese aro?  Que no salen.  Tan fácil como eso.

Eso no es igualitario, al menos desde mi punto de vista.

El día en que un hombre pueda salir a presentar las campanadas con un traje de lentejuelas y la mujer con traje chaqueta, a lo mejor seremos libres;  no ya iguales, sino libres.  Libres de ponernos lo que nos dé la santísima gana.  Libres de no tener que pasar dos horas por chapa y pintura porque si no, nos estamos presentables ni “arregladas”.  ¿Acaso estamos rotas que tenemos que “arreglarnos” para salir a escena?  Libres de no tener que sufrir la tortura de unos tacones ni la incomodidad de ciertas indumentarias.

El día que salgan “un Pedroche” y “una Chicote” a dar las campanadas, habremos superado un poco más la diferencia de género que todavía está grabada a fuego en nuestra cultura y en nuestra creencia.

No es lógico que un hombre tenga que ir a una boda en agosto con camisa, chaqueta y corbata, cuando están cayendo cuarenta grados a la sombra.  Ni tampoco que una mujer tenga que ir a una fiesta de cotillón en minifalda y tirantitos mientras cae una helada del quince.

¿Libres?  ¡Y una leche, libres!  Estamos tan condicionados que ni lo vemos.